Editorial: La campaña sucia

Editorial: La campaña sucia

La ciudadanía debe privilegiar en las urnas a quienes con sus actos, demuestren real compromiso.

12 de octubre 2015 , 07:58 p.m.

Desde la cotidianidad hasta las grandes decisiones, en los últimos años los bogotanos han sido testigos –y en mayor o menor medida partícipes– de una tendencia creciente a las actitudes relajadas y permisivas frente al deber de cumplir las normas y la ética.

Esto ha ocurrido luego de una loable transformación que fue objeto de reconocimiento internacional, liderada por el exalcalde Antanas Mockus, mediante la cual se buscaba armonizar tres factores: ley, moral y cultura ciudadana, para lograr un mayor cumplimiento de la ley a través del autocontrol.

Dicho de otra forma, que no fuera necesaria la presencia de un policía en cada esquina para que las disposiciones que permiten la convivencia y el respeto de lo que es de todos se realizaran.

Tiene que ver con lo anterior el creciente desconocimiento del hecho de que los bienes y recursos públicos son un factor de progreso colectivo, no un botín para repartir, o una fuente de rentas que se ha traducido en numerosos escándalos de corrupción, desde el sonado ‘carrusel’ de la contratación hasta las posibles irregularidades en las alcaldías menores. El innegable descuido que hoy presentan el mobiliario urbano y no pocos espacios como aceras, parques y plazoletas es, a su vez, reflejo y expresión de la creciente apatía, a todo nivel, frente a lo público.

Todo esto para decir que si algo esperan los bogotanos de los aspirantes a suceder a Gustavo Petro, así como de los que quieren llegar al Concejo y a las juntas administradores locales, es que sean capaces de liderar una nueva transformación que permita retomar aquella senda que ya recorrió la ciudad, en la que había sanción social para el que intentaba tomar un atajo, y un grado de consenso importante –con excepciones, claro– sobre lo sagrado del presupuesto distrital.

No obstante, ciertas señales que provienen de diversas orillas, no de un partido en particular, prenden las alarmas sobre la necesidad de que la ciudadanía privilegie en las urnas a quienes con sus actos, más que con sus palabras, demuestren que realmente están comprometidos con un ejercicio de sus cargos ceñido a los cánones éticos.

Cuando hablamos de señales, nos referimos, igualmente, a comportamientos en el marco del proselitismo que violan las normas que rigen tal actividad. Y, de nuevo, las hay de todo tipo. Desde el despliegue de carteles en cantidades y lugares que contravienen lo dispuesto por el decreto que regula la publicidad visual hasta la participación en política de funcionarios. También hay que incluir el preferir difundir mentiras para desprestigiar a los rivales, antes que exponer argumentos para convencer a potenciales votantes.

El llamado es, pues, en dos direcciones. A los bogotanos, insistimos, para que a la hora de tomar la fundamental decisión de a quién respaldar en las urnas, tengan en cuenta hasta qué punto el proceder de los que han sido merecedores de su confianza no contradice sus discursos. Y a los candidatos que por acción u omisión han sido laxos frente a los códigos –morales, éticos y legales–, que muestren capacidad de autocrítica, acompañada de un propósito claro de enmienda, pues la manera como se hace campaña es el mejor indicador de cómo se va a gobernar.

EDITORIAL
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