Los testigos vivos de La Escombrera en Medellín

Los testigos vivos de La Escombrera en Medellín

En medio de la falta de pistas sobre desaparecidos un residente habla de esta estrategia de guerra.

notitle
11 de octubre 2015 , 10:41 a.m.

Nadie dice con exactitud qué pasó en una montaña de escombros del barrio Eduardo Santos, comuna 13 de Medellín. Sin pistas claras, nadie tiene certeza de qué pasó en La Escombrera, en la fosa común a cielo abierto más grande del planeta.

¿A cuántas decenas o a cuántos cientos enterraron? ¿Quién ordenó que los desaparecieran? ¿Cuáles eran sus nombres y de qué los acusaban? ¿Les concedieron el tiro de gracia o prolongaron su muerte? ¿Quiénes sepultaron sus cuerpos? ¿Dieron aviso a sus madres o ellas aún los esperan?

Para la Fiscalía, las respuestas están bajo tierra, entre 100.000 metros cúbicos de despojos que por más de una década arrojaron cientos de volquetas y bajo los cuales estaría el rastro de una centena de desaparecidos, sin contar aquellos que registran varias ONG y aún no aparecen en la lista oficial.

También están en el testimonio de algunos desmovilizados de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), quienes aceptaron lo que por años fue un pavoroso rumor: los paramilitares detuvieron a muchos en las calles de la comuna 13, los condujeron a La Escombrera, los asesinaron y allí los enterraron.

Juan Carlos Villa, alias ‘Móvil 8’, exmiembro del bloque Cacique Nutibara, aseguró ante Justicia y Paz que al menos 45 personas desaparecidas entre el 2000 y el 2002 están sepultadas en ese lugar.

El excombatiente señaló, además, tres sitios del sector La Arenera donde el grupo realizó inhumaciones, los mismos que desde el 5 de agosto de este año comenzó a excavar un equipo forense de la Fiscalía, sin hallazgos hasta ahora.

En la histórica hazaña, John Fredy Ramírez, antropólogo forense que encabeza las exhumaciones, tiene el pálpito de que pronto podrá darles algo de descanso a las víctimas. Aunque, por ahora, han removido 5.900 metros cúbicos de tierra y el resultado ha sido: un documento de identidad, retazos de tela, pedazos de juguetes viejos, monedas de 70 centavos y un teléfono Ericson de discado.

Entretanto, para los residentes de Guadarrama, un barrio a pocos metros de La Escombrera, la respuesta está en su memoria y en el relato de los pocos que tras presenciar silenciosos la barbarie por más de 10 años, decidieron hablar.

La vieja casona

Cuando La Escombrera no era polvo, desechos y olor a muerte, los niños del barrio Guadarrama se bañaban en las quebradas, recogían pomas, mangos y guayabas y jugaban a deslizarse desde las crestas de las montañas.

Hasta hace dos décadas, el terreno era una inmensa finca con cafetales y una antigua casona de bareque y madera, fácil de identificar por las tres palmas ancianas que la adornaban y que eran visibles desde otros barrios.

La casona fue, a mediados del siglo pasado, un internado indígena de las hermanas misioneras de la Madre Laura y luego, según la hermana Estefanía Martínez, biógrafa de la santa, terminó siendo ocupada por familias de bajos recursos económicos.

En esta antigua casona de la comuna 13 la población fue testigo de las vejaciones que los grupos armados cometieron contra personas que trasladaban hasta La Escombrera. Foto: Katherin Mack-wen Posada

Las aulas, patios y dormitorios se convirtieron entonces en pequeñas viviendas sin acueducto ni electricidad. Muchos de los pasamanos de madera torneada, amplios zaguanes y puertas fueron desmontados. Incluso, la sacristía de una pequeña capilla anexa se transformó en fábrica de arepas.

Entretanto, con la explotación de arena y la llegada de volquetas que arrojaban toneladas diarias de escombros, el paisaje verde se convirtió en montañas artificiales de deshechos y arrumes de material de construcción.

En Guadarrama, como llamaron a esta casona y a las viviendas construidas alrededor, hubo paz hasta la década del 90 cuando los armados llegaron aprovechándose de la ausencia de Estado, de la frontera idónea entre Medellín y la ruralidad y de la presencia de empresas areneras que pagaban sus ‘vacunas’.

 

La antigua casona frente a La Escombrera conserva parte de su arquitectura. Foto: Katherin Mack-wen Posada

Primero fueron los enfrentamientos entre pandillas barriales por el territorio. Luego, transitó por allí la guerrilla del Eln y en 1997, recuerda Manuel*, uno de sus habitantes, llegaron milicianos de las Farc e hicieron de Guadarrama y La Escombrera uno de sus fortines.

Así fue hasta 2002, cuando los muros fueron marcados con las letras A-u-c y el sonido de las balas y las sirenas fueron cada vez más frecuentes.

“No sabíamos lo que nos esperaba”, advierte Manuel como antesala del relato del día en que los paramilitares se tomaron Guadarrama y los años de horror que siguieron.

La toma ocurrió en junio. La fecha exacta no logra recordarla. En su mente solo está que los paramilitares llegaron con sus radios y fusiles de película, que armaron la ‘plomacera’ y que los guerrilleros se vieron obligados a abrir huecos en los muros “y salir despavoridos monte abajo como ratas”.

Las más de 50 familias que entonces vivían en Guadarrama pasaron la noche debajo de las camas, hasta que a primera hora del día siguiente llegó una tanqueta de la Policía con un comandante que les advirtió: “Vea hombre, esta gente viene es a acabarlos a ustedes, lo mejor es que busquen para dónde irse”.

Manuel y su familia, que nada debían, decidieron quedarse, llevándose la sorpresa de que ese mismo comandante y varios de sus hombres se cambiaban el camuflado en las noches y daban órdenes a las Auc, que instalaron trincheras y un puesto de mando permanente en Guadarrama.

Desde entonces y hasta después de la desmovilización de las Autodefensas, varias veces tacharon a los habitantes de guerrilleros y amenazaron con matarlos. Saquearon sus tiendas y viviendas, así como las empresas de la zona. Los combates sorpresivos y prolongados alejaban de la escuela a los niños hasta por 20 días consecutivos, y se volvió común que los pequeños jugaran con los casquillos de las balas.

Cualquier movimiento debía ser consultado. Si alguien caminaba por territorio “prohibido”, le respondían con un disparo en los pies desde las montañas y, sobre todo, la gente de Guadarrama tenía prohibido ir a La Escombrera.

Los subían amarrados y no regresaban

Desde la ventana de su casa, cuando sacaba la basura o en las conversaciones cotidianas de los uniformados, Manuel entendió porqué el hermetismo con ese botadero de escombros sobre el que volaban de manera permanente bandadas de aves carroñeras.

“Alcancé a ver que subieron unas 70 u 80 personas. Es lo que pude ver en el día, pero en la noche se escuchaban muchas cosas”, recuerda el vecino. “Hay muertos enterrados por todos lados aquí, inclusive en la casona”, continúa, agregando que hablar por primera vez de esos años de terror con alguien ajeno al barrio es liberador.

La lógica, según enumera, era la siguiente: “Los paramilitares patrullaban, desde aquí, desde las lomas, hasta la estación del metro de San Javier. En esos recorridos cogían a la gente y la subían para acá en camionetas. No solo eran jóvenes, también había niños, mujeres en embarazo y gente ya mayor. A veces no los mataban de una, los tenían metidos en esas piezas durante días, a las mujeres las aprovechaban sexualmente y a algunos los dejaban desnudos para que no se volaran”.

Eligieron dos habitaciones como sitios de tortura: una estaba en una casa y otra en una pequeña empresa de fundición de metales. “Se escuchaban los quejidos tan espantosos. Cuando pudimos, nos asomábamos y veíamos que con los aerosoles con los que ellos pintaban los muros les prendían candela en los ojos, que tenían que hablar, que tenían que decir quienes eran guerrilleros”, cuenta Manuel.

Según testimonio de un habitante de Guadarrama, en dos sitios de la gran casona, los paramilitares practicaban actos de tortura antes de llevar a sus víctimas a La Escombrera. Foto: Katherin Mack-wen Posada

También era frecuente que los paramilitares pasaran por las casas pidiendo palas y cuchillos prestados. “Eran tan salvajes que nos devolvían todo eso con la sangre y la carne fresca”, continúa el hombre, y afirma que después de la tortura subían a la gente, solos o en pequeños grupos, amarrados con lazos o cabuyas, y regresaban sin ellos, u obligaban a los conductores de volquetas a cargar los muertos y a sepultarlos entre escombros.

Manuel no entiende cómo las autoridades dejaron crecer las dimensiones de La Escombrera a sabiendas de las fosas. No entiende cómo todavía operan empresas allí, aún cuando cubrieron con desechos, indiscriminadamente, una laguna donde era bien sabido que había cuerpos, o movieron con sus retroexcavadoras huesos largos y cráneos (según vieron personas cercanas a él en sus jornadas laborales).

Si bien en septiembre del 2013 el Tribunal Superior de Medellín emitió un auto donde ordenó a la Alcaldía cerrar las operaciones comerciales en La Escombrera, la empresa constructora El Cóndor continúa trabajos y según le dijo a EL TIEMPO, no dará declaraciones al respecto.

Adriana Arboleda, abogada de la Corporación Jurídica Libertad, que ha acompañado a las víctimas de desaparecidos de La Escombrera, dice que cada día es más difícil un proceso de intervención en la zona por la presencia de Cóndor y de Bioparques, otra de las compañías que se había comprometido a acatar el auto.

Por el hecho de que los derechos de las víctimas priman sobre un permiso de explotación minera, dice, tiene que haber voluntad política y judicial para que se cumpla la decisión del Tribunal Superior, al tiempo que la Fiscalía deberá indagar más hondo y con nuevas fuentes sobre qué pasó en La Escombrera.

Desde la casona, que aún conserva un viejo reloj sin manecillas y balcones y escaleras de madera rancia, Manuel puede ver los bultos de tierra, la retroexcavadora roja de la Fiscalía, el vaivén de dos volquetas y las carpas donde se resguardan el personal judicial y un grupo de víctimas que asiste cada día para cerciorarse de que las operaciones marchen bien.

También señala con su mano los otros lugares donde cree que pudo haber inhumaciones y se pregunta por qué a su barrio, testigo obligado de las torturas, asesinatos y desapariciones, nadie le ha preguntado qué pasó en La Escombrera.

*Nombre modificado por seguridad

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
marrol@eltiempo.com
@marianaesrol

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.