'Bendito Dios, por fin se hizo justicia'

'Bendito Dios, por fin se hizo justicia'

Familia que fue víctima del abuso por sacerdote de Líbano (Tolima) revela detalles de su infortunio.

notitle
10 de octubre 2015 , 10:01 p.m.

En su casa, con piso de tierra, tejas de zinc y paredes que en realidad son pedazos de cobijas y de plástico, José Manuel Muñoz y su esposa, Luz Dary Salazar, tienen un televisor con una señal que va y viene, pero que les permite ver la misa de los domingos en la mañana. No han perdido la fe.

Ni en Dios.

Ni en la Iglesia Católica.

Hace ocho años, por esa misma fe, se acercaron a la parroquia de San Antonio de Padua, en el Líbano, Tolima, a pedir ayuda porque no tenían cómo mantener a sus hijos. El párroco Luis Enrique Duque Valencia les ofreció cuidar a los dos mayores (eran cuatro niños en total), de 8 y 7 años. La pareja aceptó agradecida. Semanas después descubrieron que, durante los días en que sus hijos permanecían allí, Duque abusaba sexualmente de ellos. (Lea: Se abre el capítulo de los fallos contra la Iglesia por pederastia)

Por este caso, la Iglesia Católica colombiana recibió, el miércoles pasado, la primera condena por pederastia. Dice el fallo de la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia: “(...) El aludido clérigo, aprovechándose de su actividad pastoral y sacerdotal, del respeto a la fe que profesan los fieles, de la credibilidad que ostentaba ante la sociedad y de la inmadurez psicológica de los menores, los sometió y accedió carnalmente en las instalaciones de la misma parroquia”. La decisión, además, obliga a la Iglesia a reparar económicamente a los niños y a su familia.

–Es muy doloroso tener que recordar lo que pasó, pero gracias a Dios el fallo salió a favor de nosotros –dice José Manuel Muñoz, con overol azul y cachucha negra.

Ese es el uniforme que usa para recorrer las calles de San Mateo, en Soacha, como reciclador. Con ese trabajo, de seis de la mañana a seis de la tarde, mantiene a su esposa y sus hijos –que ya son siete– desde que llegaron del Líbano, hace dos años. La vida se les había vuelto insoportable allá: por un lado, sus hijos eran motivo de burla (“a ustedes los violó un cura”, les gritaban otros niños, entre risas) y, por otro, muchos de sus habitantes, sobre todo al comienzo, optaron por apoyar al sacerdote y no creyeron que las agresiones fueran ciertas.

Así empezó la historia:

José Manuel y Luz Dary nacieron en Bogotá. Él hace 51 años, ella hace 49. Los dos estudiaron hasta primero de primaria y desde niños empezaron a buscarse la vida. Se conocieron en Fontibón, se hicieron novios y, cuando descubrieron que a ambos les gustaba más el campo que la ciudad, se fueron hacia el Tolima y terminaron por asentarse en el corregimiento de Santa Teresa. José Manuel se empleó en una finca y todo estaba más o menos bien hasta que los dueños decidieron vender el lote y ellos se quedaron sin un lugar donde vivir. Algunos amigos les aconsejaron irse al Líbano. Allá podrían encontrar trabajo, les dijeron. Llegaron sin nada entre las manos. Los primeros días vivieron de la caridad. Poco después José Manuel consiguió una carretilla y comenzó a trabajar moviendo bultos de un lado a otro, donde lo contrataran. El dinero, de todas formas, no alcanzaba. Una vecina les recomendó que fueran donde el párroco, que él tenía fama de buena persona, que él les daba mercados a los necesitados, que él podía ayudarlos. (Además: Condenan a la Iglesia colombiana por caso de pederastia)

Y fueron.

***

La primera en saber lo que estaba pasando fue Luz Dary. Su hijo mayor (hoy tiene 16 años, en ese momento, 8) le dijo que no quería volver donde el párroco. La ayuda que Duque les había ofrecido consistía en el cuidado de los niños de forma turnada. Una semana, se quedaba con él el niño mayor; la siguiente semana, el otro. Sus papás debían llevarlos y recogerlos. Y así pasaron una, dos, tres semanas. Para la economía de la casa era de gran ayuda. Por eso cuando el niño le dijo que no quería volver, su mamá le preguntó con insistencia por qué.

–¿Si le cuento no me va a pegar? –le preguntó.

–Claro que no, pero diga por qué –le respondió.

El niño le dijo lo que Duque hacía, que entre otras cosas era pedirle que se acostara desnudo en un colchón mientras él, apenas con una bata puesta, lo tocaba. Luego lo obligaba a pasarse a su cama.

Le dijo más.

Mucho más.

Luz Dary oyó eso y salió corriendo a contarle a su esposo, que todavía estaba en su jornada con la carretilla. Cuando la escuchó, José Manuel fue a hablar con su hijo y le pidió que le mostrara su cuerpo: encontró huellas de abuso. Lo siguiente que hizo –en medio de una serenidad que todavía le agradece a Dios– fue decirle a su esposa que saliera por el otro niño, que seguía en la parroquia. “Le advertí que no le dijera nada al cura, que se inventara una excusa, la que fuera, pero que lo trajera rapidito”. (Lea: Por este caso de abuso a dos menores condenaron a la Iglesia)

Luz Dary llegó a la parroquia, timbró y la atendió la asistente del sacerdote. Le explicó que los padrinos del niño habían llegado de sorpresa y querían ver al ahijado. Le habían traído unos regalos. El niño se demoró en salir. Lo hizo en compañía del cura, que de inmediato le preguntó a Luz Dary por qué no había llevado a su hijo mayor. Ella le respondió que estaba un poco enfermo y pensaban llevarlo al hospital. “Me dijo que no, que al hospital no lo fuera a llevar, que él tenía medicinas ahí”, recuerda ella. De vuelta en casa, José Manuel revisó al niño y también vio señales de abuso. Tuvo claro lo que debía hacer: “Yo me arrimé a la Fiscalía de una vez y denuncié lo sucedido. Después supe de otros papás que se dejaron comprar, pero yo no”, dice.

A partir de ese momento, la Fiscalía, el Instituto de Medicina Legal y Bienestar Familiar reunieron pruebas que determinaban acceso violento. Durante ese periodo, el hijo mayor de José Manuel y Luz Dary tuvo que ser operado. “Su órgano sexual se estaba desgarrando”, dice su padre.

El caso lo llevó desde ese momento el abogado Jaime Berján, que adelanta la mayoría de sus procesos en el Líbano. Berján recuerda que el juicio contra Luis Enrique Duque fue largo y doloroso, sobre todo por los testimonios de los niños y los expedientes que anexaron Medicina Legal y Bienestar Familiar. “Las pruebas eran contundentes. Lo triste fue que la Diócesis, en el Líbano, ni siquiera les pidió disculpas. Nunca. Les vino a doler ahora, cuando les tocaron el bolsillo”, dice el abogado.

Duque Valencia está preso en la cárcel de Bellavista, en Medellín, con una condena de 18 años y cuatro meses por acceso carnal violento agravado. El fallo de la Sala Civil de la Corte, que hace responder también a la Iglesia por este caso, ha sido considerado histórico porque significa que el oficio de los sacerdotes no es un ejercicio individual, sino que es efectuado a nombre de la institución a la que pertenecen, y ésta debe responder civilmente “por los daños ocasionados por el ejercicio abusivo de ese ministerio”. (Lea: Cura dice entender la pedofilia, pero no la homosexualidad)

***

Los dos niños hoy ya son adolescentes: tienen 16 y 14 años. No están estudiando. Cuando llegaron a Bogotá, el dinero les alcanzó todavía menos a los Muñoz Salazar. Durante algunos meses fueron al colegio, pero empezaron a aparecer los pagos de uniformes, de cuadernos, de transporte, y no tuvieron cómo cubrirlos. Ahora ambos apoyan a su papá en el reciclaje: consiguieron una zorra y le ayudan a recoger material. Cartón, botellas, chatarra.

En el Líbano estuvieron en tratamiento psicológico con profesionales de Bienestar Familiar. “Ya están muy recuperados –dice José Manuel–. La terapia les sirvió, sobre todo al mayor, que estaba teniendo unos comportamientos muy difíciles en la casa, con nosotros y con sus hermanos”. Llevaban un buen tiempo sin hablar del abuso. Hasta esta semana, que explotó la noticia del fallo de la Corte y con ello volvió el recuerdo. Pero ellos no quieren traer al presente lo que vivieron en el Líbano. En medio de una conversación con Luz Dary, se alcanzaba a oír la voz del menor pidiéndole a la mamá que no hablara más del tema. “Lo que pasó, pasó”, le repetía.

Ahora la familia vive en “el ranchito”, como le dice Muñoz a su casa, en las lomas de Soacha. Está en una zona de invasión, no pagan arriendo. Se mantienen con los 80 mil pesos semanales que, en promedio, gana José Manuel, más lo que sus hijos logren aportar, o lo que Luz Dary consiga si le salen trabajos de lavar ropa. Esta vida puede cambiarles, cuando el pago que debe efectuar la Iglesia –según la condena confirmada por la Corte– se haga realidad. Es un monto que ellos prefieren no repetir porque temen lo que puede generar en medio del ambiente en el que se mueven. “Este barrio es muy peligroso. Aquí al lado hay una olla”, dice Luz Dary. Hace un mes, los dos adolescentes iban en su zorra y fueron atacados por un grupo de muchachos. La razón aún no se conoce, pero ambos acabaron con puñaladas y atendidos en el hospital de San Mateo. (Además: Editorial: Francisco y la familia)

Ni José Manuel ni Luz Dary pensaban que el fallo fuera a salir a su favor. Después de ocho años, habían perdido la esperanza. “Pero bendito Dios, por fin se hizo justicia”, dicen. Ahora sueñan con comprarse una finca pequeña; en la zona cafetera, puede ser. Que tenga animales, tal vez dos marranos, algunas gallinas. Con cultivo de yuca o de plátano. En realidad quieren una vida tranquila.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.