Editorial: Una lección desde Lima

Editorial: Una lección desde Lima

La reunión del Banco Mundial y el FMI, sucede en medio de una época compleja para América Latina.

10 de octubre 2015 , 08:55 p.m.

No ha pasado mucho tiempo desde las épocas en las que mencionar el nombre del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial en América Latina equivalía a invocar al mismísimo diablo. Para varias generaciones de ciudadanos, las entidades creadas en las postrimerías de la Segunda Guerra eran nada más que un brazo del imperialismo sin corazón, el mismo acusado de subyugar a nuestros países y condenarlos al atraso.

Sin embargo, las cosas han cambiado en la región y, aunque algunos se han quedado en el pasado y tratan de reencauchar discursos trasnochados, la actitud hacia ambos organismos es distinta. Así quedó claro esta semana en Lima, cuando en la urbe convergieron 12.000 delegados de todo el planeta con el fin de participar en la asamblea anual de las llamadas instituciones de Bretton Woods, que usualmente tiene lugar en Washington.

Los reportes del evento muestran que este ha sido más rico en debates de corte académico que en protestas populares. De hecho, los líos más grandes parecen haber sido conseguir un cuarto de hotel, reservar mesa en uno de los afamados restaurantes de la capital peruana o moverse en el tráfico de la metrópoli latinoamericana.

Ese parte de relativa normalidad no esconde, en todo caso, las preocupaciones expresadas por técnicos, funcionarios y banqueros presentes en la cita. Las inquietudes están relacionadas con el descorazonador ritmo de la economía global, cuya tasa de expansión apenas supera el 3 por ciento anual. Tal como dijo Christine Lagarde, la directora del FMI, se trata de una “nueva mediocridad”, que consiste más en sobreaguar que en nadar hacia adelante.

Especialmente inquietante es que las naciones emergentes, que durante buena parte del presente siglo experimentaron un importante auge, han perdido vigor. El caso más notorio es el de China, la cual impuso por cerca de tres décadas un ritmo que les permitió a 500 millones de sus ciudadanos abandonar las filas de la pobreza. Ahora el país más populoso de la Tierra atraviesa una etapa de ralentización que influye sobre los precios de los bienes primarios, cuyas cotizaciones vienen en descenso.

La región más afectada por las nuevas circunstancias es América Latina, pues buena parte de sus exportaciones dependen de los productos primarios, que han registrado una descolgada de precios. Los más diversos analistas coinciden en que, en lugar de avanzar, el 2015 dejará como saldo una contracción en la economía de la zona, que sería del 0,3 por ciento según el Banco Mundial.

Es verdad que el pésimo desempeño de Brasil pesa mucho en el promedio general, así el de Venezuela sea todavía peor. Afectado por una falta de confianza de los inversionistas y en medio de una turbulencia política que le puede llegar a costar el puesto a su presidenta, Dilma Rousseff, el gigante suramericano experimentaría un retroceso del 3 por ciento este año, de acuerdo con el Fondo.

Además, a nadie le está yendo realmente bien. Aunque Centroamérica y el Caribe han tomado cierto aire, su paso no es estelar. Y entre los países más grandes, Colombia es el que pinta menos mal –que es más correcto que decir mejor, en las condiciones actuales– y supera a Perú, Chile y México, nuestros socios en la Alianza del Pacífico.

¿Quiere decir lo anterior que malgastamos los ingresos extraordinarios de la bonanza y hoy estamos como aquel que se ferió el dinero de la lotería? Los expertos dicen que no hay una respuesta única y que el balance es heterogéneo. Junto a casos de manejo responsable, entre los que se incluye el nuestro, también hubo excesos que les costarán caro a sociedades como la argentina o la venezolana.

Aun así, el mensaje que los colombianos deberían escuchar es que el motor del crecimiento será movido por el combustible interno. Puesto de otra manera, en medio de un entorno global adverso, lo que importa son la demanda local y las acciones que se tomen para preservar su salud. Eso quiere decir que hay que mantener la casa en orden, con el propósito de que no se afecte la confianza de los consumidores o de los poseedores de nuestros títulos de deuda.

A su favor, el país cuenta con un ambicioso programa de desarrollo de infraestructura que servirá para compensar el declive en ramos como minería o hidrocarburos. El ajuste en la tasa de cambio debería ayudar a una diversificación productiva que ojalá rinda frutos pronto.

Y tampoco se pueden olvidar las tareas pendientes, orientadas a impulsar la productividad y romper los cuellos de botella que nos hacen poco competitivos. Si vamos a salir adelante, será por nuestro propio esfuerzo y por la adopción de mejores prácticas. En caso contrario, la culpa no se la podremos atribuir a un tercero, como cuando en América Latina se creía que lo malo era responsabilidad del Fondo Monetario y del Banco Mundial. Esa es la lección que viene de Lima.

EDITORIAL
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