Colombia tuvo un estreno balsámico

Colombia tuvo un estreno balsámico

A partir de su técnico, es una selección seria, confiable y rendidora.

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10 de octubre 2015 , 03:46 p.m.

Colombia navega en aguas seguras. Posiblemente llenará menos el ojo que en la eliminatoria pasada, pero como acontece con Uruguay y Chile, a partir de su técnico ya es una selección seria, confiable y rendidora. Sin duda es menos vistosa de lo que a Pékerman le agradaría, digamos una versión menos artística y más utilitaria, pero remará y remará hasta llegar a Rusia. Se la ve sólida. Tiene una columna vertebral granítica compuesta por un arquero ganador (Ospina), dos centrales aguantadores, sacadores, firmes (Zapata y Murillo) y un gendarme insobornable en el medio (Sánchez); para pasar hay que mostrarle pasaporte. Con esos cuatro, el sistema defensivo está garantizado. El aporte de los demás es todo ganancia. Ya nos animamos a vaticinar que Colombia tendrá la valla menos vencida, como en la eliminatoria pasada.

El de Perú es otro partido más que un conjunto de Pékerman termina con su arco en cero (este es un tópico interesante a develar por los estadígrafos). En el camino a Brasil 2014 no le convirtieron en 7 de los 13 juegos que dirigió. Es un enigma a descifrar por egiptólogos: las selecciones de José proponen, dominan, buscan, van, pero nunca se regalan. Seducen sin siquiera mostrar el escote. El equilibrio, la mesura por encima de las pasiones.

Y los jugadores le creen, le responden. Desde fuera se percibe un buen clima. Es cuestión de ir desandando el camino. El meollo que intenta destrabar el DT es la creación. Hay poca. Y sin James, menos que poca. Se vio en la Copa América y en este debut premundialista. De allí sus palabras de que Colombia “está en construcción” y que trabajan para conformar “otra vez un equipo importante”. También reveló que entrevé algo ilusionante en un futuro cercano: “Tengo la confianza de que vamos a crecer y podemos volver a retomar el buen juego”. Traducido: recuperar las tres patas de su postulado, orden, creatividad y eficacia.

Frente a Perú faltó la del medio. Con la mano en el corazón: por desarrollo era un partido de 1-1. Luego, ese gol postrero de Cardona (buena definición) fue como un toque de photoshop: vino a maquillar la realidad, la mostró más linda. Pero está bien, los goles hay que saber hacerlos. Y saber no recibirlos. Salvo una desgracia, una casualidad, en el gol siempre está presente el mérito. En el primero, está la desatención del hombre que marcaba a Teo (seguramente Ascues), el descuido de Jair Céspedes que se quedó inmóvil y habilitó al barranquillero, y finalmente la astucia del ‘19’ para ir a conectar. La suerte cuenta poco en esto. El segundo no merece análisis porque iban 94 minutos y Perú, con un tiro de esquina favorable, mandó ocho efectivos a buscar el empate. Lo ordena la necesidad. En ese caso, desguarnecerse no revestía ninguna importancia.

Sin deslumbrar, Teófilo Gutiérrez fue figura. Apenas espolvoreó el plato, pero sazonó la comida, le dio gusto. Genera juego, ataca bien los espacios, saca a los zagueros de posición, sabe con la bola, es vivísimo. Y marcó el gol que abrió el triunfo. Hizo quedar bien a su padrino Pékerman. Le ha salido un sosías en Ecuador: Miler Bolaños. Son calcados. Miler es un jugador excepcional, una aparición notable en Ecuador. Hábil, astuto, provocador, con juego, con gol, útil para el colectivo.

Párrafo para Bacca. Buen goleador, como bueno es Jackson. Ambos son ambiciosos, potentes. Han vivido a la sombra (amplia) de Falcao y merecen su chance ahora que el sol no ilumina a Radamel. Y no un partido apenas, tres, cinco, más, para que jueguen con absoluta confianza. Se lo han ganado. Los avala su presente. No obstante, el pico de excelencia de Falcao en la Selección, aquel de los goles a Paraguay por caso, el Falcao del Porto o el Atlético de Madrid, incluso el de la última etapa en River, es una vara muy alta que tal vez nunca puedan alcanzar Bacca o Jackson. Radamel es (o fue, el tiempo lo dirá) un goleador fantástico por potencia, clase, determinación, técnica y olfato. Pero estos son cinco centavos aparte del análisis, tiene que ver con el paladar del periodista.

Ahora hay que dar vuelta la página y encarar el segundo capítulo: Uruguay. La siempre tortuosa tarea de ir al Centenario a discutir, a polemizar, a cinchar, a pulsear el partido con los celestes. Es como que uno se sienta a la mesa y le traen un plato con  macarrones sin salsa, sin queso y sin sal. Indigerible. Pero hay que comerlo como sea. Históricamente, la mejor receta para enfrentar a Uruguay es la posesión. Tener la pelota en el medio, tocarla, moverla. Circulación y toque. Se incomodan.

La duda es si Colombia tiene hoy los hombres para hacerlo (aventuraríamos que no). Va a ser muy complicado. Aún sin Suárez y Cavani, Uruguay es monolítico, llega con la moral en la estratósfera y tiene detrás un pensador como Tabárez, que va por su cuarto Mundial con la Celeste. En su estilo, bien uruguayo, el Maestro es un jugador de póker de grandes ligas.

Salga como salga, ese resultado no cambiará el concepto que deja el estreno colombiano en esta eliminatoria: balsámico, esperanzador. Con relación a la Copa América, Colombia dio un paso adelante, aún soportando la ausencia de James (es como la salud, la apreciamos cuando no la tenemos). Su retorno y el de Aguilar, deberían fortalecer el cuadro, mejorarlo. Pero hay un lúcido timonel y buenos remeros.

Tener jugadores capaces es la condición básica para armar un buen equipo, contar con un gran entrenador resulta indispensable para acometer una empresa exitosa. De los diez conductores de la Eliminatoria, tres están por encima del resto por capacidad, trayectoria y pergaminos: Sampaoli, Pékerman y Tabárez. Uno lo tiene Colombia.

Último tango…

JORGE BARRAZA
Para EL TIEMPO

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