Editorial: Francisco y la familia

Editorial: Francisco y la familia

No hay que esperar grandes transformaciones. Pero sí señales de que la Iglesia quiere renovarse.

09 de octubre 2015 , 08:19 p.m.

Una semana completarán este lunes los debates que con motivo de la XIV Asamblea General Ordinaria del sínodo de obispos llevan a cabo sus 253 participantes, entre quienes se cuentan sacerdotes, obispos, religiosos, cardenales y laicos. El gran tema: los retos pastorales de la familia.

Y aunque el mismo papa Francisco ha dicho que la intención no es tocar la doctrina sobre el matrimonio y que, en consecuencia, se tratarán otros asuntos, además de la polémica cuestión de si los divorciados pueden volver a comulgar, es obvio que este asunto es el que más expectativa ha generado.

De hecho, a estas alturas ya no es un secreto que un grupo de cardenales, liderado por el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Gerhard L. Müller, se ha constituido en una especie de bloque opositor. Quieren impedir cualquier giro, por leve que sea, que pueda ser interpretado como una señal de apertura.

Por lo pronto, en la primera sesión se planteó la necesidad de la Iglesia de contar con respuestas claras y actualizadas frente a los retos que afectan hoy a las familias, y que no pasan solamente por aspectos de fe, sino que tocan también –y de eso no tienen duda– la economía y las persecuciones, que dan origen a las migraciones.

Una senda en la que será irremediable toparse con cuestiones polémicas, entre ellas la ya referida, pero también la de las nuevas formas de familia y la del lugar de los homosexuales en la Iglesia. Esta última tuvo un inesperado abrebocas, y muy incómodo para la curia romana, con la sorpresiva decisión del sacerdote polaco Krzysztof Olaf Charamsa de hacer pública su condición de homosexual; y no solo eso, sino presentar en sociedad a su pareja. La respuesta fue su retiro de los cargos que, como teólogo, ocupaba en la Congregación para la Doctrina de la Fe, así como en la Pontificia Universidad Gregoriana. De este modo se envió un inoportuno mensaje de intransigencia, justo cuando la expectativa de muchos fieles apuntaba en sentido contrario.

El episodio anterior da una idea de lo tormentoso de las aguas. Aun así, Francisco espera que los padres sinodales bajo su batuta envíen un mensaje que, sin sacudir los cimientos de la fe ni exasperar –aún más– a los tradicionalistas, logre encajar en el que él ha ido construyendo a lo largo de su pontificado. Aquel en el que la misericordia prima sobre el castigo, en el que la Iglesia es más un hospital de campaña que un implacable tribunal.

Para tal fin cuenta con el trabajo previo, un camino que ha labrado con delicadeza, con declaraciones sutiles pero reveladoras sobre la necesidad de transformar la manera como la Iglesia ha afrontado todos estos temas espinosos. Un proceso que, está claro, no resiste giros dramáticos, sino que requiere paciencia y, sobre todo, actos más que palabras.

Así, pues, no hay que esperar para el final del sínodo grandes transformaciones. Sí, en cambio, y en esto coinciden numerosos observadores, nuevas y sutiles señales de que la Iglesia bajo la batuta del Papa argentino quiere renovarse, y para ello se fijará, más que en el pasado o en el dogma, en las realidades que día tras día deben enfrentar los fieles. Lo demás puede llegar por añadidura.

editorial@eltiempo.com

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