Un empujón más

Un empujón más

El esfuerzo para que la política maneje la rebelión terminará con acuerdos sobre institucionalidad.

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09 de octubre 2015 , 04:30 p.m.

En Colombia ha habido rebelión desde la Conquista y la Colonia, en la Independencia y la República, y después de la caída de la república liberal contra el gobierno conservador. La que se negocia tuvo dos vertientes: una, la anticolonial de posguerra en América, Asia y África; la otra, inspirada por la polarización ideológica de guerra fría, cuyo punto fue contra la institucionalidad y sus agentes, que para los partidarios del colectivismo contra el individualismo era tan inadecuada como adversa a su concepción socioeconómica, doctrina con tendencias diversas. Inicialmente, la comunista, apéndice soviética; luego, en su variables troskista, maoísta, cubana. Característica común de tal insurrección ha sido su maximalismo del todo o nada, favorecido en esta sociedad por falta del término medio, consecuencia de la rendición liberal al unanimismo oficialista del Frente Nacional; además, porque la izquierda no armada ha sido también dogmática, el país entre extremos, fracasados además proyectos alternativos desde el MRL y Anapo o con resultados discutibles como los del Polo en Bogotá.

Ensuciada con responsabilidad de sus protagonistas merced a concesiones al terrorismo, el narcotráfico y sobre todo el paramilitarismo, como es de su naturaleza, la guerra se ha enderezado a aniquilamiento del adversario, de un lado desde la concepción de la clase única y del otro, desde la doctrina de seguridad nacional del enemigo interno, cuya anunciada desactivación sería otro logro del término de la rebelión. Aunque importante sería que la invalidez institucional crónica por culpa de ineptitud, politiquería y militarismo de sus agentes vaya siendo desplazada por política como opinión divergente pero razonable, algo de lo que Colombia ha carecido, como lo prueba el autocratismo de la oposición del fraccionamiento oficialista, prevalentes tradicionalmente fuerza o hegemonía, por ejemplo la excepcionalidad de estado de sitio. La política seria puede distinguir que uno es desarmar la rebelión y otro, paz como democracia social y reconocimiento institucional de la hostilidad que ha escondido la desatención al desorden que explica la anomalía de un enfrentamiento prolongado más por su origen que por su deformidad.

La política también puede garantizar que la desgracia no haya sido en vano y que unas y otras partes alteren su pensamiento y práctica, incidente la experiencia frentenacionalista cuando el bipartidismo no solo escabulló su responsabilidad sino que se valió de su autoabsolución para hegemonizar el Estado, con poca incidencia en la experiencia de tragedia y causas. Si institucionalidad cuestionada y ahora pactada asume reparar y reorientar sociopolítica y socioeconomía, habría paz como desarrollo equitativo y la política que no sirvió para impedir que la rebelión pueda detenerla y aprovecharla. Si van prevaleciendo esfuerzos políticos sucesivos por sobreponerle política a la fuerza, vale el que las cosas se reparen como se dañaron, también que para que no aturdan ignorancia y mala fe se ponga tanta atención al bosque como a los árboles.

Jorge Restrepo

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