El hundimiento del crucero Indianápolis y sus 1.196 marinos

El hundimiento del crucero Indianápolis y sus 1.196 marinos

Una nave emblemática de la Armada estadounidense fue hundida por los japoneses en julio de 1945.

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08 de octubre 2015 , 08:04 p.m.

“… De los 1.100 hombres que cayeron al agua solo quedamos 316. Los demás los devoraron los tiburones (…) Pero entregamos la bomba”. Así remata el cazatiburones Sam Quint su consagrado monólogo de tres minutos y 44 segundos en Tiburón, el clásico de Steven Spielberg.

Sin embargo, pocos de los millones de espectadores que han visto el filme en sus 40 años de existencia conocen la historia que hay detrás de esas palabras y que es más espeluznante que este ícono del suspenso cinematográfico.

La historia

El 7 de noviembre de 1931, la Corporación Astilleros de Nueva York estaba de gala por el lanzamiento del crucero Indianápolis. De impecable blanco, la tripulación estaba a la distancia precisa para contemplar su inmensidad bélica: 27 cañones, ocho ametralladoras y dos hidroaviones.

También vieron a la bella Lucy Taggart en el ritual de bautizo de la nave. Era la madrina. Seguramente pensaron en un buen destino porque la tradición decía que una mujer le aseguraba al buque protección divina. Trece años, siete meses y 23 días más tarde, esta protección divina se volteó, para muchos, en “maldición divina”.

Ese mismo año, Mochitsura Hashimoto iniciaba, también de imponente gala, su carrera como oficial de la Marina japonesa al recibirse de alférez.

Al otro lado del mundo, Charles Butler McVay III cumplía una década de haber egresado de la Academia Naval de Annapolis, Maryland, en brillante carrera, al punto de que, en 1944, siendo contralmirante, se le asignó el mando del buque insignia de la 5.ª Flota de Estados Unidos, el Indianápolis.

Al mismo tiempo, el capitán Hashimoto tomaba el mando del submarino l-58. Y como el final de estas coincidencias de fechas tenía que ser el encuentro de los dos, este ocurrió un año más tarde, en el Pacífico. Pero no fue amistoso. Fue catastrófico.

El cazador y la presa

A las 11:45 de la noche del 30 de julio de 1945, Hashimoto detectó un crucero enemigo. Navegaba por el golfo Leyte (Filipinas) al mando del I-58. No se alteró sino decidió esperar pacientemente a que estuviera a menos de 600 metros. No quería fallar. A las 00 horas disparó seis torpedos. Dos impactaron al Indianápolis, que se fue a pique sin que sus 1.196 marinos supieran qué sucedía.

Navegaban tranquilos porque, dos días antes, McVay pidió informes sobre riesgos en el sector. La respuesta fue rotunda: la Armada japonesa ya no es amenaza en esas aguas. Además pidió escolta, por carecer de equipo identificador de submarinos. Se le negó. Entonces optó navegar en la táctica antisubmarina del zigzag. Pero 45 minutos antes de ser detectado la suspendió para ahorrar tiempo. Y se convirtió en blanco fácil.

Los dos torpedos destrozaron al buque por la mitad y en apenas doce minutos se fue a las entrañas del mar, llevándose consigo a 316 marinos. Los demás alcanzaron a botarse desde la borda desnudos, o quemados en el incendio desatado por el ataque, o lacerados por pedazos del casco a un peor infierno: allí merodeaban decenas de tiburones.

A las 0:27 del nuevo día, Hashimoto radió un mensaje reportando el hundimiento. Este mensaje lo escucharon en bases norteamericanas cercanas. No se le dio importancia porque creyeron que era una treta japonesa. No había informes de buques suyos en el área. Y mucho menos del Indianápolis porque su travesía era el secreto más secreto que tenía Estados Unidos en ese momento.

El secreto atómico

A comienzos de abril de 1945, el Indianápolis estaba en el dique Mare Island (San Francisco). Cerca, a 85 kilómetros, en Alamogordo (Nuevo México), se realizaban pruebas atómicas. La nave era reparada del ataque de un suicida kamikaze el 31 de marzo. Ese día, un avión monomotor japonés se fue directo al buque con tal velocidad que los artilleros solo tuvieron 15 segundos para montar los cañones. Fue inútil: el piloto descargó una bomba y luego estrelló la nave en la cubierta. La bomba inició su destructiva trayectoria: atravesó el blindaje de la cubierta, volvió añicos gran parte de su acerado esqueleto interno y mató a nueve marinos. Aun así, el Indianápolis navegó hasta un buque de rescate. Luego, como un malherido de guerra cruzó el Pacífico hasta Mare Island, de donde partió hacia su terrible final.

Ese final se lo encontró en el mes julio de 1945, cuando McVay fue citado allí al Comando Naval. Le ordenaron cargar combustible, cancelar permisos y estar listo para zarpar a un lugar que conocería cuando abriera en altamar el sobre lacrado que le fue entregado

Imagen de los sobrevivientes a los torpedos japoneses, el incendio y hundimiento del Indianápolis y el posterior ataque de los tiburones.

Luego llegaron dos camiones. Uno con un contingente de seguridad. En el otro había un contenedor metálico de donde unos oficiales sacaron dos cajas forradas en plomo. Las llevaron a la cabina de McVay, las soldaron al piso y le dijeron que no podían hablar nada porque no sabían nada. Pero, en cambio, sí les transmitían órdenes superiores: si hay que abandonar el buque, las cajas deben ser puestas en el primer bote antes que cualquier tripulante y, en caso de ser hundido en aguas hostiles, deben ser arrojadas al mar. Además, sus hombres no debían acercarse a estas cajas, so pena de muerte sumaria o corte marcial. Al abrir el sobre, supo que debía dirigirse a Tinian, en las islas Marianas, a unos 10 kilómetros de Japón.

Recoger aquella carga fue un mal azar: eligieron el barco por estar cerca del centro nuclear de Alamogordo. Si cualquier otro buque hubiera estado allí le habría ocurrido lo mismo. Y lo mismo fue ser protagonista de la peor catástrofe en la historia de la Armada estadounidense.

La carga fue desembarcada sin que McVay y la tripulación supieran que contenía nada menos que la bomba atómica que arrasó Hiroshima y fulminó a 200.000 de sus habitantes. Y zarparon ignorando que, por ser ese viaje ultrasecreto, nadie conocía su localización. Pocos días después de descargar fue hundido. Y, días más tarde, esta acción le mereció a Hashimoto su ascenso y al contralmirante McVay su degradación.

Cuatro días de agonía

Loel Cox, por el estallido del primer torpedo, salió disparado por los aires y por segundos vio que el mundo bajo sus pies estaba siendo consumido por el fuego y la voracidad del oleaje. Cayó a la cubierta, se encaramó en la parte alta de la nave y se lanzó al agua: “Miré para atrás. El barco estaba hundiéndose en picada”, le contó a la BBC hace cuatro años, a los 85, y reveló que aún seguía con la pesadilla de estar ahogándose.

Desde ese instante, los 874 sobrevivientes no fueron más curtidos marinos de guerra sino olvidados náufragos. Durante cuatro días se les fue acabando la vida en las peores muertes: muchos, con la piel cocinada por el fuego, se dejaron arrastrar por las olas hasta desaparecer. Otros, enloquecidos por beber agua salada, alucinaban con submarinos salvavidas y se hundían en el mar, y muchos más se trenzaban en luchas a muerte para apoderarse de algún salvavidas o porque confundían a sus compañeros con japoneses. Pero la mayoría se convirtió en bocado de las cinco hileras de dientes, de cuatro centímetros y medio de largo, de los escualos.

“Vi varios cuando salió el sol… estaban comiéndose a los muertos. Gracias a Dios había mucha gente muerta flotando… Pero pronto empezaron a atacar a los vivos”, narró.

Y luego: “De nada nos valió patear para alejar los tiburones porque atacaban desde el fondo, desgarrando piernas y estómagos”. Este espanto se sucedió en ataques dispersos, por lo que algunos marinos, ante el tormento de la espera, decidieron ahogarse. Unas 48 horas duró el que es considerado el mayor ataque de tiburones a humanos ocurrido hasta el momento: más de 400 hombres murieron descuartizados. Y hubiera continuado el sacrificio si no ocurre un milagro.

Chuck Gwinn, piloto de un bombardero, andaba a la caza de submarinos cuando vio unos hombres flotando en el mar. Se lo comunicó al mando central, que tras dos horas de duda envió al teniente Adrian Marks en un hidroavión. Mientras volaba, divisó al crucero Cecil Doyle y le dio la localización. Marks tenía la orden de lanzarles botes salvavidas y regresar. Cuando lo iba a hacer descubrió el ataque de los tiburones. Contra la orden militar acuatizó y comenzó a cargar sobrevivientes hasta que no hubo más espacio. Entonces subió a otros a las alas y al fuselaje. Ahí pasaron la noche 56 marinos. Al amanecer llegó el crucero y continuó el rescate. Luego sus marinos siguieron con una tarea para temples de acero: recuperar cadáveres. Pero, por su estado, por la imposibilidad de identificarlos y por el estremecedor espectáculo de torsos, brazos, cabezas y piernas, resolvieron lastrarlos para que se hundieran.

El gobierno de Estados Unidos guardó relativo silencio, considerando que la tragedia sería opacada al anunciar la rendición del Japón. Esto sucedió en septiembre.

Dentro de la Armada continuó la historia. A McVay se le hizo consejo de guerra por no ir en zig-zag. Aunque comprobó las fallas de sus superiores, fue degradado. En el juicio sobresalió el honor militar de Hashimoto. Como prisionero se le citó en calidad de testigo y aseguró que, aunque el buque hubiera estado navegando en zigzag, lo habría hundido. En 1999 lamentó públicamente que McVay hubiera sido deshonrado “por cumplir con su deber”.

Por esos años, Hunter Scott, un joven estudiante de sexto grado, quedó impresionado por el monólogo del personaje de Quint, en la película Tiburón, y decidió investigar. Entrevistó a más de 150 sobrevivientes, revisó 800 documentos y se presentó al Congreso a pedir su exoneración. Lo logró.

En octubre de 2000, el presidente Clinton le devolvió la honra militar al contraalmirante Charles Butler McVay III.

Pero esto ocurrió 32 años después de que la policía de Litchfield, Connecticut, atendiera un caso de suicidio: McVay no soportó la humillante degradación y su cuerpo yacía en el jardín de su casa, con un disparo en la cabeza, una pistola en una mano y en la otra un muñeco vestido de marinero…

RENÉ PÉREZ

Especial para EL TIEMPO

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