¿El que encuesta elige?

¿El que encuesta elige?

¿La opinión de 11 millones de habitantes en Bogotá puede representarse en mil llamadas telefónicas?

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08 de octubre 2015 , 04:41 p.m.

Sobraría decir que todos creemos en la seriedad, la rectitud y la eficiencia con que las empresas encuestadoras hacen su trabajo de mostrar a la opinión pública las tendencias porcentuales entre los candidatos que disputan el voto de los ciudadanos en cualquier elección. Se piensa que ese anticipo de posibles resultados forma parte del sano ejercicio democrático.

Lo mismo se pensaba en el siglo XIX de un mecanismo electoral, vigente hoy, el escrutinio, concebido como un filtro para garantizar la pureza de las elecciones e impedir el fraude. Hasta que un liberal entrometido, el doctor Ramón Gómez (apodado ‘el Sapo’, por algo sería, además de tener cara de batracio) observó que había serias diferencias entre los resultados electorales arrojados por los colegios y asambleas municipales en los Estados Soberanos de la Unión colombiana, y los que salían del escrutinio final realizado por el Congreso, escrutinio que se conocía como “perfeccionar la elección”. Entonces el doctor Ramón Gómez estampó en un escrito su célebre apotegma ‘El que escruta elige’, que dio origen al ‘sapismo’. Así se rotuló en adelante la práctica de cambiar la voluntad de los electores por la del minúsculo grupo de escrutadores fraudulentos. El ‘sapismo’ originó, o sirvió de pretexto a por lo menos ocho de las nueve guerras civiles colombianas del siglo XIX, incluida la de los Mil Días. Hoy, más refinado y astuto, combinado con otras artes eleccionarias, el ‘sapismo’ sigue haciendo lo suyo. Por eso se dice que Colombia es la democracia más antigua de América. (Un ejemplo del ejercicio del ‘sapismo’ nos lo da detalladamente Adelina Covo en su libro ‘El Chocorazo’, que relata cómo, en las presidenciales de 1904, habiéndolas ganado el general Vélez en la mayoría de las asambleas electorales, resultó elegido en el Congreso su rival el general Reyes. No se crea que estas finuras democráticas ocurren únicamente en Colombia. En las presidenciales de Estados Unidos en el 2000, entre Al Gore y George W. Bush, sucedió algo muy parecido).

Las encuestas no son en sí mismas un mecanismo electoral, como lo es el escrutinio, sino un método de medir el apoyo de la opinión a los distintos candidatos en vísperas electorales. Pulsar la opinión no hay duda de que constituye un excelente ejercicio democrático; pero hay maneras y maneras de pulsar, y con algunas de ellas habría que hacer un esfuerzo desorbitado para considerarlas democráticas.

Veamos, verbigracia, el caso de la última encuesta, realizada por la muy acreditada firma Datexco y publicada en EL TIEMPO el domingo pasado 4 de octubre, con amplio despliegue en la primera página y el título ajustado a los resultados de la encuesta: ‘Se aprieta la elección en Bogotá’. No me interesa aquí referirme a tales apretones. Solamente a algunos aspectos de la metodología, y a contradicciones con otras encuestas, que me generan muchas dudas.

¿Puede ser posible que mil llamadas telefónicas constituyan “opinión nacional” o que marquen una tendencia electoral general definitiva?. ¿Qué espectro de la opinión cubren esas mil llamadas? No lo dice la ficha técnica. ¿Abarcan toda la ciudad? ¿Un sector de la ciudad? ¿La opinión de una ciudad de once millones de habitantes, cuatro millones o más de ellos habilitados para sufragar, puede representarse en mil llamadas telefónicas?

¿Por qué los resultados de Datexco son tan diferentes a los de otras encuestadoras (los de Gallup, por ejemplo) y a los de varias encuestas que conozco, hechas por entidades muy serias para su uso particular? ¿O acaso los encuestados tienen la costumbre de dar opiniones diferentes para encuestadoras diferentes?

Las encuestas, quizá contra la intención de los encuestadores, se han convertido en métodos de inducir la opinión de los electores hacia tal o cual candidato, principalmente porque la están llevando a permanecer atenta a los resultados de la encuesta, de la de quien sea, y a olvidarse de examinar las ideas, los planes de gobierno, las propuestas de los aspirantes. Tanto, que los debates por televisión, por radio, o por la prensa escrita, han perdido toda importancia. Ya ni los candidatos quieren asistir a esos foros, ni los televidentes, los radioescuchas o los lectores les ponen atención. Prefieren guiarse (tal vez lo encuentran más cómodo) por lo que señalan las encuestas. Los que van a elegir (supuestamente) alcalde de Bogotá el próximo 25 de octubre, en buena parte no están pensando en la ciudad, no van a votar un programa de gobierno, no tienen en la cabeza otra imagen que el resultado de encuestas telefónicas hechas a menos del 0,5 por ciento de la población en capacidad de votar.

Vamos bien en el camino de establecer la nueva tradición colombiana ¿democrática? de que “los que escrutan y encuestan, eligen”. (Sin contar las empresas electorales corruptas y mafiosas que invierten fortunas inmensas en las campañas, para imponer sus candidatos a punta de fraude, intimidación, compra de votos, y recuperar después, en contratos megamillonarios, el mil por ciento de lo invertido. A esos ‘empresarios’ parece que la Registraduría y las autoridades les han puesto el tatequieto. Ya veremos).

Enrique Santos Molano

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