Los ayudantes de los buses

Los ayudantes de los buses

Han sido injustamente maltratados por el imaginario popular. Pero prestan un tremendo servicio.

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05 de octubre 2015 , 06:32 p.m.

En la mitad de una calle de Caloto, Cauca, una ancianita que rondaba los ochenta años detuvo un bus intermunicipal; tenía que llevar un tubo de PVC de tres metros de largo y un bulto que parecía muy pesado. El ayudante del bus le ayudó a subir. La ancianita se desgonzó sobre el asiento y resopló su cansancio. El ayudante bajó de nuevo, puso el bulto junto al chofer y bajó una vez más para pensar en qué rayos haría con el tubo. Lo dejó por fuera del bus, asegurándolo de las ventanillas laterales. Cuando subió nuevamente, fue a preguntarle a la ancianita hacia dónde se dirigía.

“El Palo”, dijo. Le dio las gracias, le entregó un billete de dos mil y cayó fundida.

Más adelante, el bus se detuvo frente a una tropa de chiquillos de siete años, con uniforme de algún colegio. El ayudante se bajó y comenzó a lanzar niños hacia adentro del bus con una impecable destreza. En menos de un minuto, seis niños estaban cómodamente sentados. Tres kilómetros adelante, el bus se detuvo frente a una escuela. El ayudante bajó de primero y se hizo en posición de center fielder, para recibir a los niños que se lanzaban a sus brazos con plena confianza. Todos reímos. Los chiquitos eran los más divertidos. Lo disfrutaban como nadie y provocaban la envidia de los niños que ya estaban en el colegio. El servicio de recogida, transporte y atajada de niños frente al colegio no generó ningún cargo para nadie. Se trató de un servicio comunitario, de generación espontánea.

Cuando llegamos a El Palo, el ayudante fue a despertar a la ancianita para preguntarle en qué parte se bajaba. La ancianita espabiló, se agarró de los brazos del ayudante y se incorporó. Él le ayudó a caminar por el pasillo, la levantó y la puso sobre tierra firme. Luego bajó el bulto y se encargó de poner el tubo en la calle. Por último, lanzó un chiflido que hizo salir a un par de hombres de una casa, que en segundos vinieron en ayuda de la anciana.

Hasta ese momento los ayudantes de los buses me eran indiferentes. Si pensaba en ellos, era para caer en el cliché de que son chabacanos y de mal gusto. Nada más alejado de la realidad. Los ayudantes de los buses son un bien social y hacen que transportarse por trochas y carreteras de quinta categoría sea una experiencia de lujo. El servicio de bus con ayudante es capaz de hacer olvidar la incomodidad propia de los buses que necesitan ayudante. Se olvida el pésimo estado del bus para dedicarse a la contemplación del paisaje y a las relaciones humanas. Uno accede al bus sin pensar en la carga que lo acompaña; puede pedirle al ayudante que lo despierte en un lugar específico del camino; o puede obtener información de orden público actualizada, o recibir sugerencias de hoteles y sitios de interés que no aparecen en ninguna parte. Me di cuenta, por ejemplo, de que un ayudante de bus está capacitado para hacer un análisis socioeconómico del pasajero en una fracción de segundo. Sabe que un forastero puede y debe pagar más que lo que puede y debe pagar un habitante de la zona. Es un servicio tan completo –y complejo– que cualquiera puede acceder a él sin importar el grado de escolaridad, la lengua o idioma que practique. En el camino, el ayudante suele vocear los destinos más cercanos y el destino final: “El Palo, Corinto, Miranda y Palmira”, por ejemplo. Todo lo anterior, acompañado de una generosa sonrisa y, a veces, con alguna broma de bienvenida. Son excelentes repentistas.

No obstante todas estas bondades, el servicio de ayudante de bus ha sido injustamente maltratado por el imaginario popular. Pero es tremendo servicio. Compruébelo usted mismo.

Cristian Valencia
cristianovalencia@gmail.com

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