La ECCI, una universidad con especialidad para sordos

La ECCI, una universidad con especialidad para sordos

Desde hace 2 años inició su adaptación para que personas con discapacidad auditiva pudieran acceder.

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05 de octubre 2015 , 02:33 p.m.

-Profe, ¿por qué yo no tengo derecho a la educación superior?”-.

Más que una inquietud fue un reclamo, un reproche, quizá una protesta. Una pregunta de esas para las que no hay respuestas válidas ni justificaciones legítimas.

A William Ariza, la duda se la sembró el personero estudiantil de la Institución Educativa Distrital San Carlos de Tunjuelito en Bogotá. El muchacho era uno de los 12 jóvenes sordos que estudiaba en ese colegio con enfoque inclusivo donde Ariza, como representante de la Escuela Colombiana de Carreras Industriales (ECCI), se encargaba del convenio de articulación entre la educación media y superior. Corría el año 2012.

“A mí esa pregunta me quedó dando vueltas en la cabeza. ¿Cómo no darle respuesta? Se me ocurrió, entonces, que la universidad podía adaptar programas de educación superior para la población sorda”, recuerda Ariza.

El hombre, quien es hoy el coordinador de articulación e inclusión de la ECCI, inició su propia cruzada: buscó intérpretes de la lengua de señas, realizó videos dirigidos a personas en condición de discapacidad auditiva que quisieran realizar estudios superiores y lanzó la convocatoria en las redes sociales. Setenta personas, incluidos los 12 jóvenes del colegio donde nació la idea, respondieron al llamado y el resultado fue sorprendente: una gran mayoría quería estudiar Ingeniería de Sistemas.

 

Con esa demanda, Ariza presentó la propuesta ante la vicerrectoría de la universidad donde tuvo que convencer a muchos escépticos que no creían posible la formación profesional de personas con falencias auditivas en una comunidad ciento por ciento oyente. Pero logró persuadirlos y para el 2013, la ECCI abrió el Programa de Educación Inclusiva para Sordos a Nivel Superior con la carrera tecnológica en Ingeniería de Sistemas como un piloto en el que se matricularon 12 alumnos que hoy están ad portas de graduarse. Una apuesta que se desarrolló en el marco de la convocatoria del Ministerio de Educación Nacional que buscaba la creación o modificación de programas académicos con enfoque de educación inclusiva.

Hoy la universidad ofrece cuatro programas de ese tipo en modalidad nocturna: Diseño de Modas, Mercadeo y Publicidad, Ingeniería de Plásticos e Ingeniería de Sistemas y cuenta con un total de 68 estudiantes, entre los 20 y los 30 años, provenientes de estratos 1,2 y 3, lo que la convierte, según Ariza, en la universidad del país con mayor población sorda, seguida por la Universidad Pedagógica.

Se trata de carreras en las que las personas con discapacidad auditiva pueden desarrollarse eficientemente porque se basan en procesos visuales (diseño, programación, fotografía, dibujo, etc.) y no en procesos que implican comunicación oral. Además, son de bajo costo frente al precio de la matrícula de otras universidades y los estudiantes tienen opciones de financiación, e incluso, oportunidades laborales dentro de la institución en áreas administrativas.

“Lo que hicimos fue un ajuste curricular: sin desconocer el plan de estudios que un profesional debe recibir hicimos énfasis de acuerdo con sus competencias y respetamos su lenguaje de señas”, señala Ariza.

Se trata de alumnos con un gran desarrollo visual tal y como lo explica la profesora Janneth Vera, decana de la Facultad de Diseño Gráfico. “Son estudiantes muy observadores, que cuentan con una mayor abstracción visual, una gran sensibilidad al color, y una enorme destreza manual en las carreras de artes. Además suelen concentrarse con una facilidad mucho mayor que los oyentes”, relata esta docente que ha sido testigo de cómo sus pupilos sordos terminan, incluso, explicándoles a los que sí pueden escuchar.

Janneth Vera, decana de la Facultad de Diseño Gráfico (centro) destaca la destreza manual y visual de sus pupilos no oyentes. Archivo particular

Para ella, así como para el resto de la comunidad universitaria, la interacción con estos estudiantes le ha significado retos y aprendizajes. “Hemos entendido que la única barrera que ellos tienen es la de la comunicación. Simplemente hablan otro idioma”, añade Vera.

Verdaderamente incluidos

Por eso, desde el cuerpo docente y administrativo hasta el personal de servicios generales y de vigilancia están comprometidos, desde hace dos años, en el aprendizaje del lenguaje de señas. A su vez, la institución cuenta con tres docentes sordos que se contrataron para impartir las clases y ocho intérpretes que apoyan la labor de los profesores oyentes.

Adicionalmente, la universidad inició la adaptación de sus medios de comunicación y de sus espacios físicos como parte de su política de inclusión institucional. Hoy, si se navega por su portal web, se encuentra que varias secciones y pestañas están ‘traducidas’ a lenguaje de señas a través de videos. Así mismo, si se recorren los diversos espacios físicos de la institución se comprueba que están señalizados y cuentan con alarmas visuales en caso de emergencias.

Y si el lenguaje de señas se les respeta plenamente, el español se les imparte como segunda lengua en tres niveles que deben cursar y aprobar como requisito de grado. Una competencia que les garantiza mayor inclusión laboral y social.

Por ese tipo de herramientas es que Jefferson Segura dice que siente que verdaderamente está estudiando al mismo nivel de un oyente. Tiene 25 años y perdió la audición cuando apenas tenía dos como consecuencia de una fiebre severa. Hoy cursa cuarto semestre de Diseño de Modas y sueña con crear su propia marca de ropa, ser empresario y proyectarse internacionalmente.

“La experiencia ha sido enriquecedora, un proceso en el que he recibido mucha orientación y apoyo para lograr mis objetivos. Me han hecho sentir que tengo la capacidad para estar a la par de mis compañeros oyentes y me exigen lo mismo porque saben que tengo todas las habilidades para dar lo mejor”, dice el joven a quien la universidad le ofreció una oportunidad laboral en el área de admisiones y registro, lo que le representa un salario para costear sus estudios.

Daniel Luque, da cuenta de ese nivel de exigencia. Este docente que padece Hipoacusia Bilateral Severa, es decir, una pérdida gradual de la audición, trabaja hace dos años en la ECCI y asegura ser un ‘mano dura’ con sus estudiantes a quienes les exige un rendimiento máximo. El hombre es el encargado del Semillero de Investigación en Lengua de Señas, un proyecto en el que alumnos y maestros trabajan en el diseño de señas que representen las palabras técnicas usadas en el argot de sus carreras. Su objetivo es publicarlo para que otras universidades lo apliquen.

“Lo que se está haciendo aquí debería ser replicado por muchas instituciones, porque se trata de darle acceso a la educación superior a las personas que tenemos una discapacidad física para que podamos salir adelante”, opina Erin Priscila Pinto de 21 años, sorda de nacimiento y estudiante de tercer semestre de Mercadeo y Publicidad.

Ella se enteró porque vio la convocatoria en un video por internet. “Yo no lo podía creer. Siempre me ha gustado la fotografía, la producción, el diseño… pero no imaginaba que pudiera hacer mis sueños realidad porque en este país todavía falta conciencia del acceso a la educación que merecemos las personas sordas”, añade esta joven quien relata que muchos de sus compañeros oyentes se han interesado en aprender su lenguaje. “Así logramos comunicarnos. Afortunadamente yo no sufro de pena”.

La experiencia de la ECCI ha sido presentada como modelo de educación inclusiva en países como México y Puerto Rico y ha servido de referente a muchas universidades nacionales.

Por eso, la institución ampliará su oferta hasta cubrir la mayor parte de las carreras que tiene ofertadas hoy por hoy.

LIZETH SALAMANCA GALVIS
Redacción HUELLA SOCIAL

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