Jóvenes que superaron la vanidad y han donado su cabello

Jóvenes que superaron la vanidad y han donado su cabello

Las historias de tres jóvenes que ayudaron a mujeres que perdieron el pelo por la quimioterapia.

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05 de octubre 2015 , 10:32 a.m.

Según los expertos en reconocimiento del lenguaje corporal, la mejor herramienta de seducción que tienen las mujeres es su pelo. Dicen que basta con un leve movimiento de los dedos entre sus fibras para hacer languidecer al más reacio de los pretendidos.

Culturalmente es bien sabido el poder de esta parte del cuerpo femenino, sobre todo si resalta por su color, salud y longitud. No en vano, religiones como el islam prohíben a sus mujeres exhibir sus melenas, pues con ellas, dicen basados en sus sagradas escrituras, incitan a los hombres a caer en el pecado.

Sin embargo, y pese a estas fuertes connotaciones sociales y a otras más que giran en torno al pelo como uno de los pilares de la vanidad femenina, hay mujeres que por su propia cuenta deciden renunciar a él con el único propósito de darles algo de alegría a otras que atraviesan por el duro camino del cáncer, y que empiezan a perderlo por la acción indiscriminada en el organismo de la quimioterapia, que mata las células cancerígenas, pero también otras sanas, como las capilares.

Este es el caso de Juliana Londoño, una caleña de 25 años que decidió olvidar su larga cabellera cuando Martha, su mamá, empezó este tratamiento para un cáncer de seno que le fue diagnosticado a principios del 2015. Juliana cuenta que con la decisión tomada, dudó un par de veces antes de ir a la peluquería para que la tijera hiciera lo suyo y poder recoger esos mechones con los que Funcáncer fabricaría una peluca que, aunque no iba directamente a su mamá, sí adornaría la cabeza de otra mujer que estuviese pasando por una situación similar.

“Solo quienes han vivido con una persona que se encuentra en tratamiento de quimioterapia entienden el significado de la palabra impotencia. Más allá de la rabia o el dolor, uno se siente impotente de no poder hacer o decir algo que haga que el ambiente sea un poco más digerible. Es como si no estuvieras a la altura”. Con estas palabras Juliana describe cómo se sintió cuando a su mamá le descubrieron el tumor, y explica que mientras la acompañaba a las citas médicas, y tenía contacto con otras pacientes, pudo ver cómo su mamá entendía el trauma que para otras mujeres significaba perder su cabello: “Era como si perdieran su identidad; se sentían feas, extrañas, enfermas”, dice.

Veinte días después de la primera sesión de quimioterapia, Martha, entonces de 55 años, empezó a dejar manojos de pelo por toda la casa, por lo que le pidió a su hija que la rapara, porque no se sentía cómoda yendo a un salón de belleza. “Era mi primera vez con la máquina –cuenta Juliana–, pero salió bien; no tiene mucho misterio. El secreto estuvo en no llorar y seguir respirando aun con el nudo en la garganta”. Luego de ver el dolor en la mirada de su madre, Juliana pidió su tercera cita en la peluquería, y esta vez no estaba dispuesta a cancelarla.

“Una lágrima hizo la aparición estelar en mis ojos mientras la tijera cortaba. Disimuladamente miré a mi mamá y su sonrisa brillaba, así que pensé: Si esta acción hace que otra persona sonría de la misma forma, esto vale la pena”.

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De acuerdo con la Liga Colombiana contra el Cáncer, en Colombia, cada año son diagnosticados 7.600 nuevos casos de cáncer de seno –lo que lo convierte en el tipo de cáncer más común entre las mujeres del país–, y hay unas 2.600 muertes por esta enfermedad en el mismo tiempo. La mayoría de estas pacientes, en algún momento de su tratamiento terminan con quimioterapia, por tratarse de uno de los mecanismos que han probado mayor eficacia en la cura de la enfermedad. Sin embargo, de todos los efectos secundarios de la quimio, uno de los que más impactan el estado emocional de las pacientes, porque afecta directamente su autoestima, es la alopecia o pérdida del cabello. De ahí la importancia de iniciativas que apoyen las diferentes etapas de la fabricación de pelucas oncológicas, desde la donación del pelo hasta la entrega de las mismas.

Según el médico oncólogo Haroldo Estrada, un 75 por ciento de las mujeres que se someterán a quimioterapia antes de la cirugía sufrirán de alopecia, esto debido a que el medicamento más utilizado para las sesiones es la antraciclina, que ataca las células de rápido crecimiento, característica que comparten las de tipo cancerígeno y las de los folículos pilosos, donde nace el pelo. De este modo, mientras esta medicina de color rojo vivo recorre la sangre y ataca los tumores, a los quince días de la primera aplicación, las mujeres empezarán a ver cómo una de las partes de su cuerpo que más quieren se deshace en pelusas y débiles manojos.

Pilar Fernández, coordinadora del programa de pelucas de la Liga Contra el Cáncer, explica que las cabelleras postizas son un alivio tremendo para las pacientes ante este momento traumático: “Solo unas pocas mujeres logran sobrellevar esta parte de su proceso sin prestarle mucha atención a su pelo. La gran mayoría, en cambio, además de sentirse frágiles físicamente, están deprimidas, con la autoestima por el piso producto del reflejo que ven en el espejo. Por eso, para nosotros es muy satisfactorio ayudar a este grupo a que por lo menos se vean con pelo, que es una parte tan importante de su feminidad”.

En Colombia hay varias organizaciones y fundaciones que se dedican a gestionar la elaboración de pelucas oncológicas y los requisitos que exigen para hacerlo son sencillos: que el pelo tenga un largo mínimo (entre 25 y 30 cm) y esté sano. De hecho, no importa si este es tinturado. Algunas de estas instituciones son Alquimia y Fundayama, en Medellín; la Liga Colombiana contra el Cáncer, que hace campañas en diferentes ciudades; Mujeres por tus Senos, en Cartagena; y la Fundación María José y Segundos de Vida, en Bogotá.

A esta última ha ido dos veces a desprenderse de su preciada melena Angie Ramírez, una bogotana de 22 años, impulsada, al igual que Juliana, por un cáncer de seno que tuvo su mamá, Maddy Valdés, quien hace dos años se quedó totalmente calva por los efectos de la antraciclina. Hoy, con la dolencia de su mamá superada casi en su totalidad, la joven aspirante a abogada dice, convencida, que su vanidad nunca predominó sobre su fe ni sobre la solidaridad hacia mujeres que han tenido que vivir la odisea del cáncer.

“En la vida –cuenta– hay cosas que van y vienen, y aunque la vanidad es importante para las mujeres, considero que esta es una de ellas, que es efímera. Cortarme el cabello para donarlo fue un acto de agradecimiento a Dios por seguir permitiéndome tener a mi mamá a mi lado. Si ella tuvo la valentía de terminar esa caída diaria, yo sentí que debía hacer algo similar por alguien más”.

Angie Ramírez (Der.) y Maddy, su mamá, quien logró superar el cáncer y ahora luce, orgullosa, su pelo natural.

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Para fabricar una peluca se necesitan, por lo menos, 4 o 5 donaciones diferentes, y en el proceso intervienen varios actores, desde la donadora (o donador, porque también los hombres que tienen el pelo largo se han despojado de él en solidaridad con las afectadas por el cáncer), pasando por la organización gestora o promotora de las campañas, los fabricantes de la peluca y la receptora.

El costo de fabricación de una peluca oncológica puede llegar a dos millones de pesos. Este elevado precio, que no está incluido en el Plan Obligatorio de Salud, debe sumarse a los otros gastos propios de una enfermedad cuyo tratamiento puede prolongarse por años. Además, estas pelucas tienen ciertas características que las diferencian de las artificiales y las hacen menos asequibles.

Preferiblemente, el pelo de estas debe ser del mismo color que el de la paciente y conservar otras cualidades, como el volumen, el brillo, e incluso las canas. Así lo explica Martha Romero, de la fábrica Pelos y Pelucas, con más de 20 años de experiencia en la elaboración de este tipo de productos.

Romero cuenta que ellos manufacturan dos tipos de pelucas, unas con un molde de silicona que tienen un aspecto mucho más natural –conservan el camino que forma el pelo en el cráneo–, y otras más artesanales, que son más económicas. Romero describe el procedimiento, que tarda ocho días y cuenta con la intervención hasta de cuatro personas:

“Lo primero que hacemos cuando recibimos las colas de caballo es pasarlas por una cardadora (que es como un cepillo de agujas) y los seleccionamos por tamaños, porque los pelos de cada mechón, aunque no parezca, son diferentes. Luego los limpiamos, tejemos, desinfectamos, lavamos por tres horas en vinagre y después con champú y acondicionador. Después pasamos el pelo por otra máquina que lo deja como una tira de unos doce metros de largo y, finalmente, armamos la peluca”. Si las donaciones son de buena calidad –agrega– solo se necesitan unos tres mechones, que pueden ser tinturados de colores oscuros, nunca decolorando, porque esto maltrata el cabello.

Por la complejidad del proceso –aunque las donadoras lo quieran–, resulta muy difícil hacer que la destinataria de una peluca sea la persona que las motivó a obsequiar su pelo, aunque puede haber excepciones. En los casos de Juliana y Angie, por ejemplo, sus madres no tuvieron pelucas con pelo de ellas.

No obstante, este no fue el caso de Claudia Medina y Laura Peraza. A la primera los médicos le diagnosticaron un cáncer de ovarios; la segunda es la mejor amiga de su hija María Alejandra, y decidió donarle todo su pelo (se lo cortó tan bajito que dice, en tono jocoso, que quedó como un niño) para que con este hicieran la ansiada peluca. Aunque fueron necesarios otros mechones adicionales, la mayor parte del pelo de la peluca de Claudia viene de la mejor amiga de su hija, y su agradecimiento, en este caso, cobra una dimensión diferente: “Lo que más valoré en ese momento fue el acto de desprendimiento, generocidad y amor que Laura tuvo conmigo”, dice Claudia, y señala que para ella saber que podría tener un look natural gracias a la peluca la tranquilizó mucho, pues le permitía mantener su actividad social sin que su condición de calvicie fuese notoria.

Laura Peraza y Claudia Medina.

Por su parte, Laura asegura que volvería a donar su pelo por Claudia o por cualquier persona.
“Hasta la energía de uno cambia. Incluso siento que me veo más bonita. Creo que la razón por la que lo hice hace que sea así”, concluye la joven. 

NICOLÁS BUSTAMANTE HERNÁNDEZ

nicbus@eltiempo.com

Twitter: nicolasb23

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