La inocencia desde los ojos de un médico y artista

La inocencia desde los ojos de un médico y artista

Gabriel Mesa Nicholls, gerente de una EPS, dedica sus madrugadas a construir obras plásticas.

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04 de octubre 2015 , 06:27 p.m.

Gabriel Mesa Nicholls pensaba que la vida transcurriría como en la bucólica imagen de su cámara de juguete Fisher-Price: sobre un campo de flores, dos niños sonrientes acarician a un ternero y tres corderos se pasean por las verdes colinas.

Entonces, en 1977, además de inocencia, la vida a los 10 años también era un poco de perturbación por la guerra.

En los cuadernos escolares de Gabriel, médico de carrera, gerente de Sura y artista por vocación, aparecen dibujos de helicópteros bombardeando, de seres inventados en un cementerio que él llamó “fúnebre” y de un “pueblo feliz” amparado desde el cielo por la autoridad.

Tres décadas después, su trazo y sus ideas parecen conservar la misma esencia: “Un sabor agridulce que surge del choque de la vida imaginada por el niño con la vida vivida en el mundo real”, expresa él.

Así las cosas, aunque la obra de Gabriel está cargada de dolor por la tragedia del otro, conserva la mirada inocente de un hombre que no logra entender para qué la barbarie.

Niños profanados por la violencia que se elevan como ángeles; un Divino Niño que derrama sus lágrimas a través de un laberinto de 50.000 alfileres, símbolo de las víctimas del conflicto; la simetría de una pierna, desperdiciada por cuenta de las minas antipersona; la guerra plasmada dentro de un tejido de croché, lejos de la vida apacible de una piscina; las minas de oro, como un panteón visible desde un avión comercial que atraviesa a Colombia; la nostalgia que provocan fragmentos de láminas y objetos de la niñez.

Por esa conexión artística y emocional con la infancia, a la que Gabriel nombra “hilo conductor” de su trabajo, sus primeros dibujos en lápiz de color y sobre papel bond dan inicio a ‘Yo pensaba que la vida era así’, exposición que recopila su obra y que se exhibirá hasta el 15 de octubre en Medellín, en la Universidad Eafit.

De una EPS al caballete

Lo primero que el espectador se pregunta al encontrar exhibidas 70 piezas de arte es cómo Gabriel hace el tránsito entre ser gerente de una EPS y artista.

Se hizo médico porque siempre pensó que necesitaba entenderse en un rol distinto en la sociedad antes de ser artista. Pero la respuesta más inmediata a su doble vida tiene origen hace 16 años.

Cualquier día, mientras vivía en Estados Unidos, le dijo a su esposa que quería volver a pintar, ella le obsequió un caballete y desde entonces, todas las madrugadas, el médico se entrega a la construcción de su legado como pintor y plástico, y más allá de la pretensión, a valerse del arte para plasmar lo más íntimo y abstracto de sus ideas.

Su rutina es tan diversa como agitada. La faena comienza como padre y esposo, y continúa como gerente de Sura, donde es frecuente verlo visitando salas de urgencia y preguntándole a los pacientes dónde está el dolor. También van y vienen las reuniones con magistrados y con altos mandos de la salud, porque tiene la respuesta a las inequidades del sistema y quiere hallar soluciones.

Se acuesta temprano, duerme tres horas, despierta a las 12:00 a. m. y mientras el mundo reposa, se dedica a poner en el lienzo lo que se atraviesa por su alma, como si la urgencia de expresar lo desvelara.

Trabaja en un estudio repleto de libros, libretas, marcos, lienzos, periódicos y coloridos objetos de colección, que vistos de lejos parecen solo cachivaches. Escucha música para trabajar, sobre todo la banda sonora de la película ‘Agua para elefantes’.

Allí, en ese recinto, sucede su obra: “Una forma de resistirme a dejar que el dolor reemplace la inocencia, tal como sucede en el transcurso de la vida”, porque, dice, “desafortunadamente”, le duele todo: “la violencia, la injusticia, la corrupción, los niños, la naturaleza y la deforestación, el secuestro y las minas antipersona”.

El dolor de los demás, la compasión de Gabriel, inquietó a Alberto Sierra, curador de su exposición.

“Es el mismo tema con el que debe lidiar en su profesión de médico, solo que ahora la manera de abordarlo no es ya el bisturí quirúrgico, o las decisiones administrativas que toma durante el día, sino el símbolo y la alegoría”, escribió Sierra las memorias de ‘Yo pensaba que la vida era así’.

También sobrecoge a Jesús Abad Colorado, fotoperiodista y amigo de Gabriel, para quien el médico, artista y, ante todo humano, “sabe ponerse en los zapatos de otros”.

Así mismo a Juan Luis Mejía, rector de Eafit. Para él, que en esta historia hizo de mecenas al darle al artista el impulso de exponer, la obra es terquedad y obsesión: “La terquedad de alguien que ha decidido permanecer con los ojos abiertos cuando es tentadoramente fácil cerrarlos y la obsesión de quien es capaz de clavar 47.000 alfileres para expresar lo que ya no le cabe en la cabeza ni en el pecho”.

Así, el dolor de los demás se convierte en el centro de su trabajo de madrugadas, que cuando dan señas de estar próximas a ser mañanas, invitan a Gabriel de nuevo al descanso, aunque solo dos horas más, porque la vida para él es demasiado corta para dejarla escapar entre sueños.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
Redactora de EL TIEMPO
marrol@eltiempo.com - @marianaesrol

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