Los ingas, el pueblo 'guardián' que olvidó las amapolas y la guerra

Los ingas, el pueblo 'guardián' que olvidó las amapolas y la guerra

Este año, Naciones Unidas los premió por su experiencia de resiliencia y protección a la naturaleza.

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02 de octubre 2015 , 09:05 p.m.

Las montañas eran de colores: blanco, rosado, morado. Era un paisaje hermoso. Así lo recuerda Hernando Chindoy, aunque inevitablemente la imagen también le duele: le trae a la memoria los cultivos de amapolas que cubrieron por años el territorio sagrado de su pueblo.

Chindoy es líder de los ingas, una comunidad indígena colombiana descendiente de los incas, que se asienta en Aponte, en el nacimiento de las cordilleras Central y Oriental, en el sur del país. Él es el artífice de una revolución verde que erradicó los cultivos ilícitos de ese territorio.

Sentado en un café en el centro de Bogotá, vestido con su traje tradicional y sin saber muy bien cómo llegar hasta el otro lado de la ciudad para asistir a una premiación de líderes colombianos, Chindoy no aparenta ese talante de líder que logró liberar de la violencia a los 1.600 indígenas de su comunidad y que salvó más de 22.000 hectáreas de un desastre ambiental.

Habla con tranquilidad y rápidamente de varias décadas de dolor, pero también de muchos premios internacionales que resaltan la labor de los ingas.

Hace dos semanas, precisamente, Naciones Unidas les otorgó el premio Equator 2015, distinción que destaca iniciativas ciudadanas para reducir la pobreza, proteger el medioambiente o frenar los efectos del cambio climático.

El caso de los ingas, junto con otras 20 propuestas de todo el mundo, sobresalió ante las más de 1.400 postulaciones de experiencias de éxito donde el medioambiente ha sido una alternativa para hacer más resilientes a las comunidades.

Además del premio de 10.000 dólares, dos representantes de los ingas viajarán a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en París, próxima a realizarse en diciembre de este año.

“Somos un pueblo milenario. Estamos más allá de la amapola. Si no nos respetan, es mejor que se vayan”fueron las palabras que Chindoy recuerda les dijeron a los grupos armados, que para el 2003 se disputaban más de 1.500 hectáreas de cultivos ilícitos que estaban en su área, en Santa Rosa (Cauca).

Desde ese año, cuando decidieron expulsarlos de su territorio, comenzaron a impulsar actividades de reforestación, adecuación de los acueductos y cultivos agrícolas para devolverle los colores originales a la montaña.

En 1994, cuando se disparó la demanda de la heroína en el mundo, fueron tiempo difíciles para la comunidad inga.

Para ese momento el daño ambiental parecía irreparable, antes se veían los venados y las pavas bajar hasta el pueblo. Pero la fauna desapareció.

En ese entonces ya la comunidad había vivido el sometimiento de otros grupos. Para Chindoy, la violencia inicial con el ambiente comenzó cuando llegaron los colonos durante la extracción maderera, hacia 1930.

Cincuenta años después, en la década de los ochenta, arribaron los primeros combatientes a su territorio sagrado: el M-19 se asentó cerca del volcán Doña Juana.

Luego advino el Eln, que históricamente se ha ubicado en los municipios del norte del Cauca, vecinos de la comunidad inga.

Hacia 1991, los cultivos ilícitos comenzaron a apoderarse del paisaje ancestral de los indígenas. Por ese entonces el pueblo tenía solo 1.400 personas, y solo en dos años pasó a 35.000, debido a la bonanza de la coca.

Un año después arribaron las guerrillas de las Farc. La última presencia de este grupo armado la recuerdan en el 2007; sin embargo, dos años antes de que se fueran, la violencia se recrudeció por los bombardeos incesantes con la llegada de los paramilitares.

Los cultivos de amapola alcanzaron a colmar entre 1.800 y 2.000 hectáreas, y todo lo que conocían de su bosque nativo se fue al piso.

En su territorio tienen un complejo volcánico, tres páramos y 18 lagunas. En estas celebran los rezos y rituales de su cultura.

Entre 1996 y 1998 otra plaga azotó los campos: comenzaron las aspersiones de glifosato para frenar el boom cocalero, y los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército fueron más frecuentes. Hasta 120 personas murieron en estos combates, calcula Chindoy.

Anteriormente, sus suelos solo recibían las cosechas de las chagras, ese lote de terreno que cultivan y que para ellos es el lugar donde aprenden el sistema económico, espiritual y de justicia y de relacionamiento con la madre Tierra. “Toda esa tradición se debilitó. La autoridad indígena se perdió”.

Los ingas hacen parte de la gran nación inca, que se extiende desde el norte de Chile, pasando por Bolivia, Perú y Ecuador, hasta el sur de Colombia, en los departamentos de Nariño, Caquetá, Cauca y Putumayo.

A Aponte, una de las fronteras de esa expansión, llegaron los indígenas entre el año 1500 y el 1550 después de Cristo.

Por ser uno de los últimos puntos limítrofes del Tahuantinsuyo, como se conoce en lengua autóctona al imperio inca, los ingas tradicionalmente son los guardianes del territorio, el pensamiento y la vida.

Tienen a su cargo la defensa del volcán Doña Juana, los tres páramos que los rodean y las cerca de 18 lagunas que se posan en sus territorios.

Su religión

En el 2003, cuando la comunidad nombró a Hernando Chindoy como la autoridad del territorio, se empezó a gestar un cambio.

Lo primero que hizo fue conversar con los abuelos y ganar el título de propiedad de la tierra. Recuperar los valores espirituales, por tantos años perdidos. El idioma propio se convirtió entonces en un salvavidas para que pudieran gestar su cambio.

Volvieron a adorar las plantas sagradas, como el yagé y la ayahuasca; y con ellas, a toda la naturaleza que los circundaba.

Por ese momento llegó también el programa de familias guardabosques, que les pagaba a los indígenas por restituir los cultivos de amapola.

Le pidieron al Gobierno modificar su sistema para que no solo apoyara a unos cuantos. En ese momento se creó un fondo colectivo, y esos recursos fueron los que impulsaron el cambio en su comunidad.

“Les dijimos: ‘si ustedes quieren ser ladrones y perezosos, pues váyanse. Aquí vamos a trabajar nuestra vida y relacionarnos bien con nuestro territorio. Para qué destruir nuestra casa si es lo que le vamos a dejar a nuestros hijos. ¿Qué sentido tiene?’ ”.

En marzo del 2004 comenzaron las mingas de erradicación de los cultivos. Hasta 400 personas se subían a las montañas a acabar con todo lo que tenían sembrado. Algunos lloraban delante de sus propias tierras por lo que significaba salir de ellas.

Con los años renacieron los nacimientos de agua que se secaron por los cultivos ilícitos; empezaron a retornar las pavas y los venados.

En diciembre de este año, Chindoy y otra representante viajarán a París a relatar su experiencia. Naciones Unidas les pidió que llevaran preguntas para los mandatarios sobre el futuro del clima.

Antes de partir para la premiación de líderes colombianos, Chindoy confiesa que no son expertos en cambio climático, pero ante los líderes mundiales contarán su visión de cómo la espiritualidad puede salvar a la Tierra.

LAURA BETANCUR ALARCÓN
Escríbanos a laubet@eltiempo.com
En Twitter a @ElTiempoVerde
Redactora de Medioambiente

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