Editorial: El fin del delirio

Editorial: El fin del delirio

La caída de 'Megateo' es un golpe importantísimo para la moral de las autoridades y la sociedad.

02 de octubre 2015 , 08:14 p.m.

Víctor Ramón Navarro respondió, en vida, a tres alias diferentes: el Viejo, el Mono y Megateo. Tenía apenas 39 años. Era el capo de una banda criminal asociada al Epl. Pero desde hacía al menos siete años era uno de los capos del narcotráfico más buscados de Colombia. Este viernes fue abatido por las Fuerzas Armadas en aquella zona del convulso Catatumbo, territorio de sus andanzas, que han estado disputándose las Farc y el Eln desde hace varios años.

La opinión, que de tanto en tanto tiene la sensación de que los hampones prosperan impunemente en el país, no aplaudió su deceso, no, pero sacó pronto la conclusión de que, como se ha dicho, a los capos y a los pillos de esta calaña está esperándolos a la vuelta de la esquina cualquiera de estos dos destinos: la muerte o el encierro.

Días antes había caído el llamado ‘Capo de los Llanos’, otro retorcido narco-paramilitar, Martín Farfán, alias Pijarvey, durante un enfrentamiento con la Policía: sus fetiches decadentes, sus perversiones, eran los de un hombre enfermo que se había sentido por encima de la ley durante demasiado tiempo. Y desde comienzos del 2012, cuando el temible traficante Juan de Dios Úsuga murió durante un enfrentamiento contra el Comando Jungla de la Dirección Antinarcóticos, empezaba a ser claro que los enemigos ya no eran solo los guerrilleros ni los paramilitares, sino también esas despiadadas bandas, descargadas de búsquedas políticas, entregadas al sometimiento de las poblaciones y a la explotación del territorio.

La caída del temible narco, que vivió los últimos años de su vida en el crimen despojado de ideales –pidió ser incluido en los procesos de paz, pero llevaba demasiado tiempo dedicado a la delincuencia y al tráfico de drogas en la frontera–, resulta simbólica en el contexto de los diálogos de La Habana y de las diferencias con la Venezuela de Nicolás Maduro. Prueba a los guerrilleros, a los traficantes y a los incrédulos que las autoridades no han abandonado en ningún momento su empeño en someter a la ley a los bandidos. Demuestra que un narco es un narco, aunque se disfrace de revolucionario.

Resulta diciente que los últimos capos abatidos tengan en común, aparte de su desprecio por la ley, haber pasado en vano por procesos de desmovilización. Podría recordarse, por una parte, lo difícil que es confiar en la sinceridad de un delincuente que se somete a la justicia, pero también concluirse, por la otra, que todo aquel subversivo que desaproveche el clima de reconciliación y de reparación que ha estado proponiéndose desde el Gobierno dentro de muy poco quedará reducido a simple criminal, a simple hampón que debe ser capturado.

Lejos está de ser liquidado el rampante narcotráfico, que ha hecho del Catatumbo un infierno. Pero la caída de ‘Megateo’, que a su paso ominoso dejó tantas víctimas y tantas escenas sangrientas, es un golpe importantísimo para la moral de las autoridades y para la psicología de la sociedad colombiana. La moraleja de la balada de este delincuente es evidente: que en ningún lugar tiene por qué prosperar un hombre entregado al triste oficio de la violencia, y que cada día resulta más impensable eso de hacer política con armas.

editorial@eltiempo.com

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