El discurso de Pablo Montoya

El discurso de Pablo Montoya

Se presiente en sus palabras su preocupación por un mundo donde el desamparo marca la existencia.

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02 de octubre 2015 , 06:29 p.m.

El discurso que, para recibir el premio Rómulo Gallegos, pronunció hace unos meses en Caracas el escritor Pablo Montoya Campuzano es una pieza literaria de fino acabado, que enseña por qué la novela debe ser un espejo donde se mire toda una sociedad. El laureado escritor inició su intervención diciendo que el hombre siempre ha manifestado su sensación de desamparo. Dice: "El desamparo está, como una marca indeleble, en el tramo que va del nacimiento a la muerte”. Y agrega que se apoyó en esa certeza para escribir Tríptico de la infamia. A renglón seguido, afirma que la frase “nuestra condición de ser es el desamparo”, que tomó del cubano Reinaldo Arenas, pudo haber sido dicha por Ovidio, Homero o Marco Aurelio. Señala que a esa frase se aferraron Dante, Villón y Pascal.

Se presiente en el discurso de Pablo Montoya, desde las primeras líneas, su preocupación por el hombre, como protagonista de un mundo donde el desamparo marca la existencia. Al decir que el ser humano ha vivido siempre entre el exilio y el destierro, la desgracia y el infortunio, está señalando el deseo de encontrarse y, asimismo, lo ha llevado a buscar refugio en sus creencias para sentirse parte de una sociedad, que en medio de su intolerancia le cierra espacios para expresar su angustia existencial. Para Montoya, escritores como Montaigne, Shakespeare, Dostoievski, entre otros, conocieron “las inclemencias del cuerpo y del espíritu” y se envolvieron en los pliegues del desamparo para encontrarle una explicación a las actitudes del hombre frente a su destino.

Para explicar esa connotación existencialista la cual encierra la expresión que toma como constante en la primera parte de su discurso, el escritor nacido en Barrancabermeja, Santander, sostiene que las tribulaciones que vive el ser humano fueron las que lo llevaron a inspirarse en tres artistas europeos para escribir la novela que obtuvo el Rómulo Gallegos. Según Montoya, Tríptico de la infamia enseña cómo “el arte es una de las maneras que existen para dignificar al hombre en su capacidad de resistencia y la más paradigmática para mostrar su deterioro”. El escritor justifica, entonces, el haber tomado la vida de tres artistas desconocidos para estructurar una novela donde, según Felipe Agudelo, se enseñan formas originales de reflexionar.

Montoya Campuzano explica en su discurso en Caracas por qué se interesó en novelar sobre tres artistas que vivieron en ambientes “turbulentos y represivos”. En esta pieza literaria de hondo calado histórico, el novelista dice que haber puesto como protagonistas de sus historias a “un poeta romano libertino, a un fotógrafo francés obsesionado por la desnudez humana y a un naturalista neogranadino extraviado en las guerras de Independencia” es intentar darle luz a un territorio en brumas “que siempre, a toda hora, está circundándonos”. Montoya sostiene que lleva en la sangre cierta inclinación hacia la desesperanza, de allí que los protagonistas de Tríptico de la infamia sean personajes desesperanzados, que llevan a cuestas su propia angustia existencial.

En la segunda parte del discurso aparece una introspección del escritor sobre su propia vida, que debe interesar a quienes tratan de descubrir las claves de su creación literaria. El novelista dice: “Soy un escritor fascinado por observar el lado oscuro de la humanidad. Pero no he caído, al menos en los libros que he escrito hasta hoy, en la fascinación de la catástrofe”. En esta confesión de parte se expresa el interés del novelista por hurgar en episodios históricos donde surgen personajes con aristas que le permiten interiorizar el alma humana. Montoya revela que aprendió de Voltaire que ser optimista en tiempos de crisis es pecar de ingenuo. En estas palabras está implícita la preocupación del escritor por develar los secretos de la historia.

¿Cómo mira Pablo Montoya la situación del país? Con poco optimismo, diría yo. Veamos esta pregunta que se hace un escritor que ha sido testigo de las guerras que ha vivido nuestra patria: “¿Qué sucede cuando ese territorio visible, más o menos inmediato que llamamos patria, está degradado? ¿Podemos sentirnos acogidos por él? ¿Podemos sentirnos vivos y plenos en una patria enferma?”. A esta pregunta el escritor se contesta: “La violencia ha caído sobre nosotros como un animal hambriento. Nuestros padres fueron asesinados, nuestros abuelos despreciados y nuestros bisabuelos, una vez más, humillados y exterminados”. La desesperanza ronda el alma de un autor que ve con asombro cómo la patria de sus sueños se desintegra por los conflictos armados que ha vivido.

José Miguel Alzate

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