Un universo paralelo

Un universo paralelo

La realidad colombiana no aguanta más arengas contra un proyecto de paz que nos corresponde por ley.

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01 de octubre 2015 , 05:21 p.m.

Con motivo de la jubilosa firma del acuerdo entre Santos y ‘Timochenko’, que le pone fecha de vencimiento al conflicto armado en Colombia, fuimos testigos de los interesantes mecanismos del uribismo para acomodar la realidad a su conveniencia. El jueves 24 de septiembre, Álvaro Uribe envió un tuit con un supuesto titular de prensa que anunciaba: “Ganó terrorismo en Colombia, presidente regala patria a las Farc”. La imagen no correspondía a un diario real y sobra aclarar que la finta fue desvelada en pocos minutos. Sin embargo, una inmensa cantidad de información que difunde el uribismo pertenece a ese mismo universo donde las aseveraciones no requieren de pruebas.

En ese universo uribista, los ciudadanos son tratados como niños impresionables que obedecen sin chistar. Abren los ojos, entran a Twitter, leen lo que Álvaro Uribe, María Fernanda Cabal y otros tengan que decir y a partir de allí arman su día y el resto de su vida.

En ese universo, Nicolás Maduro, Raúl Castro, Barack Obama, las Farc y Juan Manuel Santos, conspiran para convertir a Colombia en un Estado gobernado por un grupo guerrillero y con orden de condenar a cadena perpetua al que ose discrepar.

En ese universo, los paramilitares no existen. Todo atentado terrorista, toda baja civil, todo político aliado con insurgentes es responsabilidad inmediata y directa de las Farc.

En ese universo uribista, el proceso de paz, claro está, no es sino una pantalla que le permitirá a Santos engañar a los países garantes, a España, al Papa, a Obama, a los expertos internacionales, a los juristas y, claro, a los impresionables ciudadanos que tragamos entero para coronar a ‘Timochenko’ como amo y señor en una dictadura castrochavista.

Ese universo ofrece una sola salida: que el gran patriarca antioqueño, Álvaro Uribe, vuelva a gobernar. Solo entonces, la doliente nación sudamericana verá el fin de su horrible noche, la virgen dejará de arrancarse los cabellos y todos vivirán felices con una dieta rica en perdices. Este proyecto emancipatorio uribista está basado en comunicaciones telepáticas, asesorías espirituales, fotografías previamente edulcoradas en Photoshop. Y eso les basta para creer a pies juntillas que solo habrá salida si vuelve Uribe al poder. El universo uribista, fiel reproducción de la historia católica de Jesucristo, ha hecho de Uribe un mártir perseguido que, a pesar de ataques y difamaciones, sigue sacrificándose por sus seguidores.

Si bien siempre ha sido costumbre colgar una foto del mesías en la sala de la casa o en los salones de clase de los colegios, ahora se estila más poner la imagen del redentor paisa como foto de perfil en Twitter y Facebook.

Y así, viendo su rostro como quien mira la estampita de un santo, suspiran en coro los uribistas, nutrida su fe de leyendas de su santo patrono que harían sonrojar al Cid Campeador. Se rumora, por ejemplo, que hizo el milagro de que la gente pudiera viajar por carretera sin temor a ser secuestrada. Los taitas cuentan que estaba muy cerca de derrotar a las Farc. Estos relatos se transmiten de abuelos a nietos en un ambiente de misticismo y veneración.

La realidad, sin embargo, requiere de hechos, no de mitos fundacionales. El mundo real exige líderes que se basen en noticias reales, no en titulares sin confirmar creados con Photoshop. La realidad colombiana, además, no aguanta más tergiversaciones, ni más arengas contra un proyecto que nos corresponde por ley: vivir en un país sin conflicto armado.

Las versiones fantasiosas de los hechos, a pesar de pruebas fehacientes –como el video de Óscar Iván Zuluaga con el hacker Sepúlveda o la condena por cohecho a Yidis Medina– son una forma indigna, fanatizada y deshonesta de hacer política. Las verdades a medias y la distorsión de eventos que afectan a millones solo buscan el bien particular a expensas de la perpetuación de un doloroso e incesante estado de guerra.

Sus acciones –y las de sus seguidores– nacen del deseo sistemático de sabotear a todo aquel que no sea Uribe, atacando incluso un proceso de paz, que ya entró en su recta final. Ojalá que, cuando vivamos el primer día del posconflicto, el señor Álvaro Uribe decida salir de su realidad paralela y descienda del altarcito donde se subió, con cuidado de no quemarse con las veladoras.

María Antonia García de la Torre
@caidadelatorre

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