José Darío Uribe, el hombre del billete

José Darío Uribe, el hombre del billete

El gerente del Banco de la República e hincha del Nacional habló en entrevista con la revista Bocas.

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29 de septiembre 2015 , 06:36 p.m.

Nadie que llega por primera vez al Banco de la República deja de impresionarse. Los guardias uniformados, los corredores de mármol, el silencio en las oficinas y los óleos con personajes de caras adustas transmiten eso que algunos analistas describen como “la solidez institucional”.

Todo da la sensación de orden y de control, la misma que se pierde cuando se franquea la puerta de la entidad y el transeúnte se encuentra con el barullo del Parque de Santander, en pleno corazón de Bogotá.

El día de la entrevista, un puñado de encapuchados protestan enfrente del Ministerio de Agricultura, pero sus gritos son apenas parte del paisaje en una avenida Jiménez en la que todavía comercian los esmeralderos y uno que otro cambista hace su oficio. Desde la ventana, José Darío Uribe mira este pedazo de ciudad. No dice nada, haciéndole honor a su fama de hombre de pocas palabras. Acepta con resignación las instrucciones de la fotógrafa, desempeñando un papel de modelo que le resulta extraño a alguien acostumbrado a estudiar y a pensar, a relacionarse con técnicos, dentro y fuera de Colombia.

Es paisa de raíces profundas, hincha furibundo del Nacional y amante de la sopa de arroz. Aun así, siempre tuvo claro que quería vivir en la capital. Por eso estudió en la Universidad de Antioquia y al mismo tiempo en Eafit, en Medellín, pero no tuvo problema en venirse a Bogotá y sacar el cartón de economista en la Universidad de los Andes, a pesar de que ya tenía un título y medio bajo el brazo.

Está bien casado, con Soraya Montoya, quien dirige la Fundación Saldarriaga Concha y ahora forma parte del grupo de expertos que debe recomendar los elementos de una reforma tributaria estructural. Tiene un hijo, al que también llevó muchas veces a su tierra cuando era pequeño, en la parte de atrás del Renault 4 de ese entonces.

Nunca se imaginó trabajar en el Emisor, pero bastó una llamada hace 22 años para incorporarse a la planta del Banco. Llegó a la gerencia por mérito y dice que no quiere pensar en el retiro, a pesar de que le quedan escasos 16 meses en el cargo, cuando se vence el tercer y último período que puede ocupar.Una de las razones es que tiene asuntos urgentes enfrente: la inflación, el precio del dólar, las tasas de interés, temas que pasan por el escritorio de este doctor en economía, que tiene mucho que ver con la relativa estabilidad que hace que el país se destaque en América Latina. La misma que le ha merecido numerosas distinciones y el respeto de sus colegas de todo el mundo.

Con la sencillez y la timidez que lo caracterizan, “Jota”, como le dicen en el gremio, aceptó hablar para BOCAS.

Durante años los colombianos escucharon quejas en el sentido de que el dólar estaba muy barato y ahora que ha subido de precio se escuchan otras quejas. ¿Cuál es su reacción?

No me genera sorpresa porque los movimientos del peso frente al dólar siempre tienen impactos positivos para unos y negativos para otros. Cuando se dio la revaluación, los que protestaron fueron los sectores exportadores, que son pequeños como proporción de la economía. Mientras ese fenómeno existió, la mayoría de los colombianos que son consumidores no percibieron que estaban pudiendo tener acceso a productos a un menor precio: una moto o electrodomésticos.

¿Y ahora qué sucede?

Que viene el fenómeno contrario, el de la devaluación, y muchos ahora sí están sintiendo que les está impactando y les dificulta el acceso a productos o servicios asociados al dólar. Por ejemplo, que sale carísimo viajar al exterior. Entonces la respuesta no me sorprende. Lo que de alguna manera me deja inconforme es que la sociedad, y en eso por supuesto que tenemos responsabilidad, sea consciente de que estas fluctuaciones pasan en la tasa de cambio y son respuestas naturales a condiciones de mercado y que eso es lógico.

¿Es posible hablar de que una situación es mejor que otra?

Lo que es inapropiado y les hace daño a las economías es cuando las tasas de cambio están desalineadas, según un concepto que manejamos quienes tenemos que ver con estas cosas. Quiero decir, que están más devaluadas de lo que deberían estar, o más revaluadas de lo que deberían estar, de acuerdo con sus determinantes.

¿Y hemos estado desalineados en múltiples ocasiones?

En algunos períodos, para uno y otro lado. Pero esos períodos son, para sorpresa de algunos, relativamente cortos. Si se vuelven muy largos, eso termina generando una mala asignación de recursos.

¿En qué situación estamos ahora?

Es muy difícil saberlo porque lo que hay es una enorme volatilidad y necesitamos esperar a ver cómo se van calmando las aguas. Esa enorme volatilidad está muy asociada al precio del petróleo que todavía no encuentra un sitio alrededor del cual vaya a tener variaciones relativamente menores.

¿Usted qué les dice a quienes en su momento afirmaban que al Banco le gustaba el dólar barato porque eso les ayudaba a mantener baja la inflación?

Siempre lo dijimos: hay que mirar las causas. Si el dólar estaba barato era porque el país estaba exportando mucho y se estaban dando aumentos en los precios de los productos que vendemos. Además, estaban entrando recursos, por mayor comercio y por inversión extranjera. Esa revaluación fue el resultado de buenas noticias, de una economía que se fortalece, que genera confianza. Otra cosa hubiera sido si la abundancia de dólares tuviera que ver con un aumento exagerado del endeudamiento externo. Pero ese no fue el caso.

Cuando a veces lo pilla la gente en un sitio público y le preguntan ¿para dónde va el dólar? ¿Usted qué les responde?

Es la pregunta que más me hacen, no en este momento, sino siempre. Eso es curioso porque hemos hecho un enorme esfuerzo para explicar que los objetivos fundamentales de la política monetaria son tener una inflación baja y estable y contribuir a que la economía crezca de una manera sostenida. Lo que contesto es que no sé. Y tampoco nadie sabe qué va a pasar. A veces tomo el pelo y respondo: “¿Es que le está pareciendo muy barato?”. Si me dicen que sí, digo: “Bueno, entonces compre”. O si la impresión es que está muy caro, digo: “Entonces venda”. Cosas de ese estilo.

¿Es justo decir que por cuenta del acelerón de la tasa de cambio nos empobrecimos?

Perdimos poder de compra en dólares. Clarísimo.

A la inmensa mayoría de los colombianos, que ganan en pesos y gastan en pesos, ¿eso qué les genera?

Algunos productos se les encarecen, no en la misma proporción en que se está encareciendo el dólar, pero sí parcialmente. Y hay una pérdida de la capacidad de compra. Pero al mismo tiempo eso que está pasando va a ayudar a que la economía se adapte y se ajuste al hecho de que ya no vendemos el petróleo a más de 100 dólares el barril, sino más cerca de los 50. Ese proceso se tiene que dar y es saludable.

Pierde usted el sueño por cuenta de estas variaciones.

No. Por supuesto que uno quiere entender bien qué es lo que está pasando y muchas veces hay reacciones de mercado que parecen opuestas a lo que deberían ser o tienen magnitudes exageradas. Me quitaría el sueño, por ejemplo, si el precio del petróleo hubiera caído como lo hemos visto y la tasa de cambio estuviera en 2.000 pesos. Ahí sí estaría diciendo que hay una falla de mercado enorme. En el primer semestre del año pasado fueron muchas las veces que advertí que el peso colombiano debía estar más devaluado. No era que yo supiera que el precio del petróleo se iba a caer, pero sí sabía que, incluso con ese nivel que teníamos, el dólar estaba demasiado barato y eso me generaba incomodidades.

Y el hecho de que estemos por encima de la meta de inflación, ¿le quita el sueño?

Sí. Es algo que tiene una parte grande de explicación de fenómenos que son transitorios. Al principio del año se asociaba a la oferta de alimentos y en los últimos meses al traslado de parte de la devaluación a los precios, que también es un fenómeno transitorio.

¿Qué quiere decir?

La devaluación no va a ser algo permanente. En algún momento va a parar y eventualmente puede incluso revertirse en parte.

Pero las alzas siguen…

Para que todo esto sea simplemente algo temporal se requiere que las expectativas de inflación de las personas y de las empresas se mantengan cerca de la meta y todos actuemos sabiendo que el ritmo de aumento de los precios posteriormente va a caer. Si eso no ocurre, comienza a generar presiones para una respuesta de política monetaria. Entonces veo que hay un reto enorme para que las expectativas de inflación estén bien ancladas.

¿Afirmar que las cosas subirán en la misma proporción de la devaluación es equivocado?

Puede haber unos productos que lo hagan, pero los de la canasta familiar no. Las proporciones deberían ser muy reducidas.

Devolvamos la película. ¿Cuándo estaba estudiando en la universidad quería trabajar en el Banco de la República?

No. Cuando estudiaba en Medellín y ya estaba más enfocado en la economía sabía que me iba a venir a Bogotá a algún sitio. Después de terminar la carrera en los Andes salí al mercado laboral y yo no pensé en el Banco de la República. Tenía en la cabeza trabajar en Planeación Nacional o en Fedesarrollo y entré a trabajar en Planeación. Del Banco había un prejuicio: que era una institución de alguna manera “rosquera”, cercana a cierto grupo reducido de personas. A mí nunca me ofrecieron nada y sí recuerdo que me extrañó que a Juan Luis Londoño no lo hubieran buscado, que era el más brillante de nuestra generación.

¿Cómo llegó?

Estuve en Planeación casi cinco años en la Unidad de Programación Global, en donde entré como profesional y acabé como director de esa unidad. Después me fui a hacer el doctorado y cuando volví comencé a hacer algunas cosas para la Federación de Cafeteros y para Planeación. Y un día me llama Miguel Urrutia y me dice que si me interesaría ser subgerente de estudios económicos.

Y usted nunca vio venir la oferta…

No. Estaba tranquilo con lo que hacía. Todo economista sabe quién es Miguel Urrutia, pero yo no tenía ningún contacto personal con él.

¿Dónde hizo el doctorado?

En la Universidad de Illinois, en Urbana-Champaign, que es relativamente cerca de Chicago.

¿Con quién coincidió de colombianos en esa época?

Con Alberto Carrasquilla, que estaba terminando la tesis. Y atrás mío, uno o dos años después, entró Hernando Vargas, que es el que está ahora de gerente técnico del Banco.

¿Cómo describiría esa época en Estados Unidos?

Como la mejor de mi vida. Me casé y a los cuatro días nos fuimos. Comenzamos con un curso de inducción en Washington que coincidió con la luna de miel en pleno verano. Después viajamos a Urbana.

Un pueblo alrededor de la ciudad…

Urbana en esa época debería tener 100.000 habitantes y 50.000 tenían que ver con la universidad, entre estudiantes y profesores. Entonces era un pueblo netamente universitario. Al principio fue duro porque llegamos con un calor espantoso, sin aire acondicionado.

¿Y qué tuvo que hacer?

Cuando llegué me hicieron un examen de inglés y dijeron que no tenía el nivel para estudiar, lo cual era gravísimo con la beca que me habían dado. Quedaba un mes y medio, pero me dieron un mes para tomar otro examen. Tuve que clavarme. Me tocaba estudiar metido entre la bañera con agua fría porque el calor no se lo aguantaba nadie. Pasé al mínimo y comencé a estudiar las materias del doctorado que estudia todo el mundo, más inglés como obligatorio, entonces al principio fue muy duro por eso. Por eso soy un obsesivo con el inglés, con que todos los técnicos jóvenes lo manejen bien y en general la gente del Banco tenga apoyo para estudiarlo.

¿Cuánto tiempo estuvo en Illinois?

Cuatro años largos.

¿Sobre qué fue su tesis?

Una mezcla de cosas, con temas de crecimiento económico, que en esa época estaba comenzando a despertar de nuevo algo de interés, pero muy incipiente. Lo mío tenía que ver con crecimiento y con fluctuaciones económicas.

¿Llegó a pensar en quedarse?

Nunca. Un profesor, que fue mi director de tesis, un día y me dijo: “Vea, tengo que hablar con usted, vamos a la cafetería”. Allá contó que había la oportunidad de trabajar en una universidad en Turquía. Ahí mismo le dije que no. Me insistió en que era una universidad muy prestigiosa, pero yo tenía claro que venía para acá.

¿Y trabajar en una universidad en Colombia lo atrajo?

Sí, lo llegué a pensar. Pero yo sabía que lo mío, donde tenía la fortaleza, si lo pudiéramos llamar así, era en lo relacionado con la política económica y social.

El regreso fue muy duro.

No. Era una etapa. Con Soraya ya habíamos decidido que nos quedábamos hasta que tuviéramos financiación y cuando la plata se acabó, nos vinimos.

Ya estaban grandes.

Yo me fui de 28 años. Tenía más de 30 cuando regresamos. Andrés, que es el único hijo que tenemos, nació en Urbana.

Dicen que las raíces paisas suyas son muy fuertes, pero es curioso que nunca pensara en quedarse en Medellín…

Por el tema, por la economía. Eso lo hablamos mucho con Juan Luis Londoño, con quien tuve una relación muy cercana porque los dos habíamos hecho lo mismo, ambos estábamos en el mismo cuento y los dos sabíamos que terminábamos y nos veníamos para Bogotá.

Pero cuando usted estaba estudiando iba bastante a Medellín…

Y sigo yendo.

¿En qué se iba?

En carro.

¿Qué marca?

Un Renault 4. Fui muchas veces.

¿Se demoraba mucho?

Siete horas, más las paradas. Desde hace poco hay una diferencia en tiempo, pero durante años fue lo mismo. La vía podía ser menos buena, pero el tráfico era mucho menor.

¿Con quién se iba?

Me fui solo, me fui con Soraya y con Andrés chiquito también varias veces. Con Alejandro Gaviria viajamos una o dos veces.

¿Qué tan buen piloto es?

Ya dicen que soy malo porque practico poco, pero yo creo que soy bueno. Me gusta manejar.

Subía hacia Cocorná tranquilo…

Tranquilo, sí. En dos oportunidades me paró la guerrilla. Una vez iba yo solo y otra con Soraya y con Andrés chiquito.

¿Quiénes eran?

El ELN. La primera vez fue viniendo de Medellín a Cocorná. Me pararon, hicieron un retén, nos dejaron seguir a unos y luego supimos que habían quemado una tractomula. Recuerdo muy bien que al principio no me di cuenta de que era la guerrilla, hasta que vi a uno con revólver y me dije que eso no cuadraba. La otra sucedió en el peaje después de pasar el río Magdalena, por ahí en 1994 o 1995. Había unos tipos y uno de ellos se me arrimó a pedirme el suéter que me había quitado. Yo me hice el bobo, el que no entendí lo que me había dicho y no pasó nada y seguí.

¿Qué otros viajes hizo por tierra?

En los noventa no hice muchos. Antes de eso, con Juan Luis Londoño fuimos y nos metimos a los Llanos quince días. Llegamos hasta Puerto Gaitán, que era toda una odisea. Viajamos hasta la sierra de La Macarena, que también era otra odisea. Llegamos igualmente a San José del Guaviare, que resultaba carísimo porque ya era la época de la coca y todo valía cinco o seis veces lo que costaba acá. Pero no había forma de salir porque la avioneta iba y volvía cuando le daba la gana, cuando tenía pasajeros. Conocí Tierradentro y San Agustín y, por supuesto, la Costa.

¿Y en el carro de quién?

En el Renault 4 una parte. Y otra en un jeepcito que era del papá de Juan Luis.

Ya no viaja tanto por tierra por Colombia…

Este año he ido dos o tres veces manejando a Medellín.

¿Y qué impresión le da ese trayecto?

Pues la parte correspondiente a la Ruta del Sol es otro país, otro mundo. Desde Guaduas hasta el momento que se desvía uno a La Dorada, eso está espectacular. Son 35 o 40 minutos de Guaduas a Puerto Salgar que antes eran dos horas. El problema es que de Guaduas a Villeta se puede uno echar hora y media en 30 kilómetros.

¿Para en el camino?

Paro. En los noventa lo hacíamos en un restaurante en Guarinocito entre Honda y Puerto Salgar, que todavía existe.

¿Y se bañaba?

No, paraba a comer pescado. Ahora ya no pasa uno por ahí, pero en enero fuimos a Honda, donde nunca nos habíamos quedado. Y, claro, almorzamos donde Ancízar. Ahí estaba el propio Ancízar.

¿Qué pidió?

Capaz frito.

¿Desde cuándo desarrolló el amor por el Atlético Nacional?

Desde que me acuerdo. Desde que tengo uso de razón soy hincha de Nacional.

¿Qué ha hecho por el equipo?

Un hermano mayor, bastante mayor que yo, me llevó a Cali cuando Nacional quedó campeón en 1973.

Algo que no se le olvida nunca…

Nunca. Ni el campeonato ni los goles de Lóndero. Vi también los campeonatos de 1976 y del 1981, este último fue en Medellín. Los otros sí me los he perdido.

¿Va todavía a ver el equipo?

Poco. Cuando mi hijo estaba chiquito lo llevé con un amiguito a un partido Nacional vs. Millonarios y me pegaron un susto. Yo con dos niños por ahí de siete u ocho años…

¿Y le dio pereza volver al estadio?

Bastante. He vuelto a algunos partidos, pero no a muchos.

¿Lo de las barras bravas es un cambio fundamental?

Sí, una pasión mal entendida.

¿Allá en el estadio grita?

Claro.

Insulta al árbitro y todo…

Más de una vez.

¿Y ve a Nacional por televisión?

Ah, sí, desde que pueda no me pierdo un partido del equipo.

¿Se pone de mal genio?

Me pongo de mal genio cuando pierde. Siempre.

¿Cuánto le dura?

Quedo aburrido hasta el otro día.

¿Qué tanto hace mercado?

Hago mercados intermedios, que se acabó la carne, el pan, todo ese tipo de cosas. Me gusta, me queda cerca de la casa y voy.

¿La gente lo reconoce?

Sí.

¿Y qué le dice?

Es muy amable, muy cariñosa conmigo siempre, excepto tal vez una o dos personas en diez años y medio. En el 2006, que fue muy criticada un alza de tasas de interés, alguien me insultó desde un carro. Pero de resto todo el mundo es muy querido. Les llama la atención que uno esté por ahí en la calle.

¿Qué es lo que más disfruta de su puesto?

Todo. Por un lado, la gente del Banco es muy buena, tanto los del staff como los miembros de la junta. Son siempre temas retadores, los momentos de auge traen sus preocupaciones y los momentos de caída también. Ya hay unas redes internacionales de bancos centrales a las que pertenecemos que son de altísimo nivel. Yo no me he aburrido ni un solo segundo, no solo en el Banco. Donde he trabajado, he sido feliz.

¿Algo que le aburra?

Me aburren mucho las cosas protocolarias. Voy a muy pocos eventos de los que me invitan. Sé que puedo pasar por antipático en algunos casos, pero es que no me nace.

¿Tiene finca o casa de campo?

Soraya está metida muy de lleno en un proyecto de una casa de campo, sí. Cerca de Bogotá.

¿Va de vacaciones a Antioquia?

Voy bastante a Medellín porque mi mamá todavía vive y también por cosas de trabajo. Soraya y las hermanas tienen una finquita en El Retiro, que es un pueblo cerca de Medellín, al que también vamos.

¿Y cuál pueblo de su tierra le parece más bonito?

Es que son muchos. Hablando de El Retiro, es un pueblito muy agradable, muy bonito, que organiza unas fiestas a fin de año muy sabrosas.

¿Le gusta el aguardiente?

Sí, tomo aguardiente.

¿A menudo?

No. Cuando voy a El Retiro y me voy para la plaza lo hago. O cuando estoy en pueblos, especialmente pueblos de Antioquia.

¿Y los fríjoles le hacen falta?

Mucho.

¿Son obligación?

No propiamente, pero sí. Y hay algo que me gusta mucho y he descubierto que no es tan conocido. Pensé que todo el mundo comía y le gustaba la sopa de arroz. En la casa de mis papás todos los sábados el almuerzo siempre fue sopa de arroz y en Bogotá también la hacemos.

Hablando de El Retiro, ¿qué piensa usted del suyo?

Pienso que no voy a pensar nada hasta septiembre del año entrante, porque todavía faltan 16 meses. De aquí a allá puede haber mil cambios, mil cosas, entonces no he dedicado tiempo. Lo único que sí sé es que quiero seguir trabajando.

¿Es optimista usted sobre Colombia?

Soy optimista. Vamos a tener un par de años de ajustes a estas nuevas condiciones externas, pero a mediano plazo creo que vamos a progresar. Al mismo tiempo soy consciente de que tenemos que avanzar en muchísimos campos y si queremos un mejor desarrollo, toca hacer la tarea. Muchos de esos asuntos, por ejemplo mejoras de tipo institucional, siguen pendientes.

Por: RICARDO ÁVILA
Fotos: Marcela Riomalo

REVISTA BOCAS
EDICIÓN 45 - SEPTIEMBRE 2015

 

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