Un viaje al pasado con las reliquias de Los Años de Upa

Un viaje al pasado con las reliquias de Los Años de Upa

Carlos Casas trabaja con antigüedades, pero aún no se considera anticuario. Dice que es recolector.

notitle
28 de septiembre 2015 , 07:42 p. m.

Si usted ve pasar una moto de aires militares y diseño ruso, jalando un remolque con chatarra, observe bien. Puede ser el vehículo de Carlos Casas, quien tal vez porta una joya histórica.

¿O qué más, si no una pieza memorable, puede ser un ejemplar del primer televisor que llegó a Colombia cuando el dictador Gustavo Rojas Pinilla inauguró la televisión en 1954? Un pedazo de historia, por supuesto. Dos de estos, marca Phillips, entre cientos de objetos de variada pelambre, se encuentran en Los Años de Upa: el negocio de Carlos.

Se trata de una bodega en el barrio Eduardo Santos (Mártires). De lunes a sábado, este hombre de 40 años, cabeza pelada, barba en candado y unos 85 kilos de peso vende en su guarida lo que recolecta en sus periplos por chatarrerías.

Fuera está aparcada la motoneta. Dentro, tres cuartos en los que no cabrán muchas más cosas. Rodeado por escaparates, radios y cuantas rarezas usted se quiera imaginar, se explaya el susodicho.

“El negocio comenzó en 2007, cuando me prestaron una bicicleta antigua y me la robaron. Mi amigo era muy ‘requeñecudo’ y eso no era sino decirme todo el tiempo ‘mi bicicleta’; entonces tuve que ir a las chatarrerías a conseguirla”.

Había sido oficinista por seis años en el Banco de la República y ahora se ganaba la vida ayudando a administrar una despulpadora de frutas. En la búsqueda de los cacharros vio piezas antiguas que lo cautivaron: radios de tubos, registradoras clásicas, otras bicicletas. Sin método arrumó montones de estas.

Pasaron los meses y comprendió que el hogar de sus abuelos, con quienes vive, se transformaba en bodega. Abandonó la despulpadora y se dedicó al nuevo oficio. Alquiló una casa. “Al principio metí la pata comprando un montón de ropa vieja. La guardé ocho meses y tuve que botarla porque ni regalada me la recibieron”.

Se posa en un sillón que data de 1935. Al lado hay una silla de barbero, una de esas en las que debió sentarse Jorge Eliécer Gaitán a que le afeitaran su moreno rostro. “Hay que tener ojo clínico para saber qué se compra. Uno debe saber cuáles son las tendencias en decoración”.

Antes de seguir, aclaremos: Carlos no es restaurador ni anticuario. Es recolector de piezas. El anticuario es quien le da valor a los objetos, a partir del estudio que hace y el conocimiento histórico. La pieza antigua es la que tiene clase, marca e historia. La viejera es solo decoración, sin marca.

Apunta a sus vitrinas y recita nombres de países, sellos y empresas. “Aún estoy aprendiendo, pero mi meta es llegar a ser anticuario. Ya tengo clientes, realizadores de televisión y video que me buscan para que les alquile. A veces alquilar es mejor negocio”.

Entre tanto para ver, aflora un personaje excéntrico entre las excentricidades. Una clase de duende narizón, tan grande como un pocillo, que hace las veces de custodio. Fue hallado en la chatarra. “Es muy llamativo, le salen pelitos. Uno se los corta y al mes le vuelven a salir. Debe ser una semilla de algo”, explica su dueño, quien le echa moneditas, cual si fuera un altar de ánimas.

En la minucia de llevar, traer y comerciar con la historia, hay que tener claro que a los descubrimientos conviene dejarlos intactos, con óxido y demás huellas del tiempo. El cliente decide cómo y dónde restaura.

La clave para conseguir proveedores fiables recae “en tener aunque sea 100.000 pesos en el bolsillo porque uno no sabe qué pieza va a encontrar ni cuánto le van a pedir. Si uno va de primeras a una chatarrería y le piden, uno paga sin pedir rebaja, para que después le vendan bien”.

Concejales, coroneles y ejecutivos llegan hasta su bodega en busca de novedades. Los jóvenes tampoco le son ajenos.
En su exposición, ¿qué tal activar una grabadora de carretes, que emite un discurso con la voz de un Julio Sánchez gringo sobre la campaña presidencial de Jimmy Carter (Estados Unidos, 1976)? Si la quiere, hable con Casas.

Bicicletas

El día que se bajó de un bulto de naranjas que llevaba en su moto, con tal de no dejar pasar un viejo marco de bicicleta, comenzó a armar el más preciado de sus caballitos de acero: un híbrido que parece extraído de El ladrón de bicicletas, la icónica película de 1948.

Manubrio Phillips, tenedor Rally, marco Hércules, centro Monark, guardabarros Humbert, rines Arayat. Todo original, conseguido en chatarrerías. En 2011, su Frankenstein de acero obtuvo un premio del Instituto Distrital de Recreación y Deporte por originalidad. También la ha expuesto en centros comerciales, igual que una bici de tres puestos (1968), que ocupa una pared entera.

“Hace unos cinco años aparecieron grupos de bicicletas, entre ellos Las Clásicas de Zipa, que se interesaron por los caballitos de acero viejos y se convirtieron en mis grandes clientes”.

Dos veces por mes, Los Años de Upa recibe invitación a exposiciones. Una de antigüedades en La Candelaria y otra de piezas militares en la calle 224 con autopista Norte. Carlos ya se acostumbró a que los observadores se queden boquiabiertos con sus joyas.

Los recicladores, que ya lo conocen, también participan en la cadena comercial. Ellos le ofrecen. Él les compra o les reniega. Pero en todo caso se beneficia porque algunos le avisan en qué lugares hay buenos objetos a punto de ser castigados por el martillo.

La obsesión de Carlos se evidencia en una de sus tácticas. Al percatarse de que un abuelo muere y que lo están velando en una sala funeraria, él aborda a los familiares. Nombres como Otoniel, Ezequiel o Zacarías indican que el difunto es un anciano.

“Me aproximo con mucho tacto y les digo a los familiares: ‘Qué pena con ustedes, pero este es mi trabajo. Les dejo mi tarjeta por si les interesa vender las cosas que tenía el abuelo. Con gusto las podemos negociar en vez de que las boten’ ”.

El modus operandi le funciona. De hecho, hay familias que le regalan cantidad de piezas “valiosas”, con tal de sacar viejeras que les parecen basura. Lo curioso del oficio, apunta Casas, es que después de tantos años y recolección, nunca halló una bicicleta igual a la que un día le robaron.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.