Conozca Santa Cruz de Lorica, una tierra de todos

Conozca Santa Cruz de Lorica, una tierra de todos

A orillas del río Sinú se encuentra este pueblo que reúne una apasionante herencia cultural.

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28 de septiembre 2015 , 07:28 p. m.

Lorica, hogar de artistas. Lorica Saudita. Lorica anfibia. Llegué a Santa Cruz de Lorica, en Córdoba, llena de ideas, referentes en la cabeza y nombres como Manuel Zapata Olivella, Moisés Jattin, David Sánchez Juliao, historias de petróleo y cuentos del río, a encontrar la ruta hacia el encanto que ejerce esta ciudad pequeña y orgullosa. Para llegar, aterricé en Montería y viajé durante una hora entre campos verdes, hatos ganaderos y corregimientos. El centro de la ciudad no es el principio del viaje sino el final después de muchos vericuetos. No siempre fue así, hubo un tiempo en el que los viajeros llegaban al corazón de la ciudad y desembarcaban en el centro.

El centro histórico de Santa Cruz de Lorica tiene una estructura urbana que se sale de la convención de pueblos coloniales españoles, no obstante haber sido fundada en 1776 –o, mejor, refundada, pues en ese lugar a donde llegó el capitán Antonio de la Torre ya había un asentamiento de negros cimarrones, judíos conversos y nativos en una gran amalgama de pueblo auténtico y orgulloso. No hay grandes avenidas que confluyan en una glorieta central, ni cuadras alineadas. Cada calle termina en una edificación que no permite ver hacia adelante. Como si la cuadrícula estuviera ligeramente desajustada.

Esta estructura urbanística fue diseñada por militares con el fin de evitar ataques de los nativos, razón por la cual ninguna calle llega hasta la plaza central directamente, previniendo así el ataque fácil de los indígenas zenúes que trataron de recuperar por años el territorio que se habían tomado los españoles. Hoy, esta forma toma por sorpresa al visitante; parece una ciudad más grande y compleja de lo que es. En realidad se trata de un caleidoscopio que le permite al viajero desprevenido perderse con facilidad en la riqueza arquitectónica de sus edificaciones, algunas todavía hechas en madera, otras posteriores de estilo republicano.

Lorica anfibia

Me hubiera gustado entrar a Lorica por el río, como fue hasta los años 50. En un barco de vapor atiborrado de pasajeros y mercancía proveniente del Valle del Sinú, despensa natural, camino a Cartagena. O de regreso de Cartagena, cargada de telas y novelerías provenientes de otros continentes, pues este puerto era uno de los más importantes para el comercio con la Heroica; no en vano afirman con mucho humor que el último barrio de Cartagena es Lorica. En ese entonces, el desembarcadero era el Mercado Público, donde confluía el mundo.

El Mercado Público de Santa Cruz de Lorica huele a clavos, a especias, a canela y a bocachico. Por el río, es la puerta de entrada, pero por tierra se llega primero a la catedral y a la plaza central, rectangular y angosta, diseñada como una explanada de concentración militar.

En el marco de la plaza está el edificio Afife Matuk, que data de principios del siglo XX, primer centro comercial de Lorica. Hoy está cerrado, hace parte de los bienes de patrimonio inmueble y es una de las edificaciones en las que se vivió el apogeo del comercio.

Al Mercado, además de disfrutar su imponente construcción, se viene a todo. A comprar, claramente, aunque ya no es el mercado de abastos; a tomar el mejor café de Lorica; a desayunar en cualquiera de los puestos que llevan décadas sirviendo mote de queso y sancocho de bocachico de la ciénaga, que es como si fuera otro tipo de pescado por el sabor y la ternura de su carne; a encontrarse con los amigos, a pensar, o a ver el paisaje, que es un tesoro cultural y ambiental. Construido a finales de 1800 como embarcadero, fue precisamente su vocación de intercambio portuario lo que lo convirtió en el centro de la vida de Santa Cruz de Lorica.

Hasta la remodelación que se hizo con puestos permanentes para los comerciantes en 2013 era un lugar de congregación natural, grupos de amigos o grandes multitudes. El Mercado Público fue central de abastos, punto de encuentro y ágora.

Los primeros en llegar son los areneros. Empiezan sus jornadas hacia las 3 de la mañana. Estos son hombres de todas las edades que a pulmón sacan arena en barcazas para que sea utilizada en construcción.

Ellos lo hacen de manera independiente, pero tendríamos que hacerles un monumento y un reconocimientos, pues realizan el dragado permanente del río. Eso que sacan es puro sedimento que impide la navegación”, me explica Adriano Ríos, artista e historiador, cuando le pregunto si no harían falta permisos y participación de la CAR en esa actividad.

Empiezo a entender eso de Lorica anfibia. Luego, basta ver el mapa de ciénagas y canales en el que está sumergida esta ciudad de todos, para entender que hay más agua que tierra; no en vano, el componente ambiental del Plan Especial de Manejo (Pemp) es tan importante.

En el puesto de Macedonia Navarro, los areneros se toman el primer café fuerte y perfumado, antes del amanecer, para iniciar a sumergirse en las aguas oscuras del río a dragar la arena con sus manos. En la mañana, cuando ya hay luz, la procesión de barcazas de madera con dos hombres, a manera de guardianes de las pilas de arena, constituye un maravilloso momento en el Sinú de aparentes aguas mansas.

El café de doña Macedonia, el más famoso, hoy lo preparan sus sobrinas y aprendices. Como ella lo hizo de niña con su madre, sus sobrinas aprendieron sus secretos para perpetuarlos en familia. Macedonia Navarro y su permanente sonrisa de alba ya no está, las muchachas aún visten de negro, pero el sabor aromático y dulce de su café permanece entre los tesoros que se encuentran en El Ranchón.

Lorica zenú

Frente a uno de los puestos de especias está la obra de Marcial Alegría: campos, ciénagas, pueblos alegres y corralejas, pintados con pinceles de pelo de gato en distintos formatos, están a la orden del transeúnte, pero Marcial no está ahí. Él vive en su casa de siempre, en el centro de arte primitivista de San Sebastián de Lorica, su pueblo de siempre, tierra de alfareros y pescadores; hasta ahí hay que ir a buscarlo.

La moto taxi, adaptada para pasajeros, se acerca a la casa, y ahí está el hombre sin camisa, en la puerta de su casa, pincel en mano rehaciendo una vez más sobre el lienzo una Pesadilla.

Marcial Alegría es uno de los primitivistas más reconocidos del país, se hizo pintor por pura necesidad gracias a una película que lo inspiró a dejar la pesca y la alfarería tradicional, que no le daban de comer, para hacer cuadros que algún gringo le explicó que eran primitivistas y que llenos de colores le han dado la vuelta al mundo.

“En La pesadilla –explica el maestro–, este hombre está a punto de caer de un árbol frente a un río, amenazado por un jaguar en la tierra, un cocodrilo en agua y una serpiente en la copa del árbol, mientras ve angustiado a su numerosa familia; es la historia de los campesinos. Llegamos a cultivar la tierra y nos acecha una fiera, una víbora y un caimán peligroso. ¿Sabes que debe hacer el hombre?

Yo lo dudo, no sé qué responder que vaya en línea con su mirada política de las cosas, y de pronto me suelta una respuesta espiritual y profunda: “Debe despertarse, pues es una pesadilla”.

Lorica saudita

A la mañana siguiente, de nuevo en el centro de Lorica, me encuentro con Adriano Ríos Sossa, quien en el camino del arte ha escogido la historia de su pueblo para narrarla en murales de cerámica una y otra vez.

Algo de brisa refresca aún a la orilla del río cuando nos encontramos para ver el mural del edificio de la antigua Caja Agraria, edificio patrimonial de estilo republicano. Con una técnica de cerámica horneada, Adriano logra que quien observa pueda llegar a Lorica por el río.

En el mural se cuenta la historia de emprendimiento de la región: la fábrica de jabones El Angelito y el jarabe de la Farmacia León. Los almacenes árabes y las tiendas judías. Ahí, en ese mural revivimos la ciudad efervescente y progresista de los años 40. Están el médico y etnólogo Manuel Zapata Olivella y un poema de su sobrino Alexis Zapata que le rinde homenaje. A su lado, el doctor Díaz Díaz lleva en la mano una carpeta de abogado anunciando que el progreso le ha salido caro a Lorica, pues, precisamente, a partir de las nuevas carreteras y de la creación del departamento, esta ciudad próspera de principio de siglo fue quedando vacía y rezagada.

Adriano ha intervenido varias edificaciones, y en ese recorrido vamos identificando los edificios y casas que hacen del centro de Lorica un tesoro de principios del siglo XX.

La nueva sede de la alcaldía, que es una de las edificaciones de arquitectura española más antiguas de la ciudad: hermosas casas en maderas importadas, otras de materiales que se erigieron después del gran incendio de 1919.
Pasamos por la antigua alcaldía, reconocida por todos como el edificio de las trece columnas; la casa donde vivió Jorge Isaacs en sus tiempos de empresario del petróleo, y por el edificio de los hermanos Manzur Jattin. Más tarde me cuelo entre esta casa y descubro que por dentro son tan bellas como en su exterior. Vamos caminando y descubriendo calle por calle, porque esta población caliente y húmeda, en algunas esquinas abandonada a su suerte, aparentemente perdida entre los cenagales, es un verdadero patrimonio de arquitectura y de cultura. Ya me lo había dicho el poeta Antonio Sevilla, con quien había recorrido los versos del encanto de esta ciudad de inmigrantes.

Pasamos por la calle de los turcos y, entonces, las palabras del poeta me vienen a la cabeza: “Abraham/ Peregrino patriarca/ Marchaste de tu tierra y parentela un día / Y llegaste a la nuestra de cruz y de ciénaga / Para sembrarte aquí /De donde también sembrabas en estas huertas los cedros,/Hombres que desde el oriente iban llegando…” y entiendo que Lorica ha sido tierra prometida para muchos.

Es una ciudad orgullosa de su patrimonio arquitectónico y cultural, de su historia, pero su verdadera riqueza está en la sangre mezclada y amasada, proveniente de lejos y de muy cerca, que corre por las venas de su gente.

Acerca de la autora

Periodista cultural nacida en Valledupar. Publicó el libro ‘Dinastía López, los juglares de la paz’.

SARA ARAÚJO CASTRO
Especial para EL TIEMPO

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