La paz a trasmano

Además de rabia también siento mucha lástima cuando veo en La Habana a los comandantes farcianos.

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28 de septiembre 2015 , 04:37 p. m.

No sé a usted, pero a mí me pasa que además de rabia también siento mucha lástima cuando veo en La Habana a los llamados comandantes farcianos (el neologismo es conscientemente insidioso), a tranquilas zancadas rumbo a la mesa de las conversaciones, las tenues sonrisas de parsimonia puestas y estrenando camisa, un paso detrás de sus panzas orondas. Qué desperdicio. Me digo. Hubieran podido trabajar en algo útil. Cantando en los buses. O vendiendo lápices chinos en los semáforos. Hubieran podido quedarse dirigiendo un banco en Valledupar. Pero a veces puede más la vanidad de sentirse imprescindible y además incomprendido.

Y también me dan miedo. No me gusta la gente demasiado cargada de ilusiones. Ni que me humille con la amenaza de que puede redimirme. Yo te pregunto si dejarías un hijo al cuidado de un tipo que pretende salvar el mundo, y está armado. Si le darías a guardar tu plata a uno que dice despreciar el dinero. Yo no. Y no me gusta que me ordenen el futuro con cartillas asiáticas. Lo bueno del futuro es que es como será, conmigo o contra mí. Las cosas nos arrastran.

Fingen ignorar las cámaras. Pero les gustan. Son conscientes de lo que les concede la ficción mediática en que convertimos la realidad. Y qué comen en una nación bloqueada, se pregunta uno, para estar tan gordos. Y si llevan un gato socialista encerrado, o la liebre del caso, en los maletines de vendedores de específicos. Y, sobre todo, por qué sonríen tenuemente. O es el rictus del que ha caído en la trampa de la idea fija donde no cabe la máscara del luto. Porque todo está justificado. La tortura, la mentira metódica. Y un discurso vacío y un himno.

Torturando, incendiando, machacando, envileciendo. Convirtiendo los burros en animales de guerra, asando vivas las vacas de los hacendados como si las vacas y los burros tuvieran la culpa de los hacendados. No sabían que cada hombre muerto, cada burro muerto, cada vaca muerta realizan el agujero negro de los físicos de donde todo viene y a donde todo volverá. La seriedad está más concorde con todo lo que representa una vida envejecida y despilfarrada en el hostigamiento perpetuo del prójimo. En reinventar las siempre mezquinas razones de Caín. Y en convertir la política en pornografía. La guerra es la pornografía de la política. Nada justifica esa niña guerrillera escapada de la telaraña, mientras explica cómo abrían los vientres de los cadáveres de los fusilados por indisciplina, para que la explosión del cuerpo no revelara el lugar del entierro del muchacho. Es difícil de entender esa ciencia. Y más difícil de explicarla por la filosofía. Las sombras del alma realizadas. La envidia siempre innecesaria, el odio gratuito, y un sueño de futuro para purificar el antiguo caníbal. Y los viejos campos de los alambres de púa de los nazis y los bolcheviques y Pol Pot. Y el ideal de la paz convertido en chantaje.

Uno siente, perdonen la crudeza, como si viviera, no en el gran país de los mamertos de escuela sino un sainete pobre. Y se pregunta en qué parará todo. Por lo pronto, el libreto promete tribunales más o menos arreglados, la extensa farsa de los juicios, la feria de las rebajas de penas, la danza de los abogados, más declaraciones técnicas del cómico fiscal, cárceles doradas y la revelación de las nuevas fosas comunes que son un hábito triste en estas tierras. Las indemnizaciones correrán por tu cuenta. Para que, ojalá nos equivoquemos, todo siga igual. O empeore. ‘Alfonso Cano’ dijo una vez que la paz era solo una estrategia del movimiento bolivariano. No hay que olvidar que los comandantes farcianos son los misioneros de una sombría religión atea, empecinada en meternos a las buenas o a la brava en el paraíso, aunque sea con una pistola en los riñones. Así funcionan los cruzados. Y es difícil curar la manía mística.

Eduardo Escobar

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