Los dilemas del cardenal Pimiento

Los dilemas del cardenal Pimiento

En entrevista con BOCAS, habla el primer Cardenal que recibió investidura en Bogotá y no en Roma.

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28 de septiembre 2015 , 11:04 a. m.

Aquel domingo de enero de este año, como todos los días, el entonces obispo José de Jesús Pimiento salió a caminar sus 40 minutos de costumbre, cuando una hermana de la casa de retiros Foyer de Charité San Pablo, a 20 minutos de Bucaramanga, donde vive hace 17 años desde que le llegó el retiro, se le acercó y le dijo que lo habían nombrado cardenal. “Eso es chisme, eso no es cierto”, respondió él. Y prosiguió su caminata con la preocupación de que esas palabras fueran ciertas. Y lo fueron: a las nueve de la mañana recibió la llamada del nuncio de Roma en la que le confirmaba el nombramiento, y lo que tal vez para otros sacerdotes hubiera podido representar una gran felicidad, para este hombre de 96 años, oriundo de Zapatoca, Santander, que había ingresado desde los 12 años al seminario por su firme convicción de seguir la vida de Jesús, significó una gran angustia: “Ay Dios, qué hago, yo a esta hora”, fue su primera respuesta al nuncio, y aunque este lo tranquilizó diciéndole que no se preocupara por el viaje a Roma, que la investidura podía ser en Bogotá si no estaba bien de salud, el futuro cardenal no logró calmarse: “Ya seguí yo tensionado, me dio el estrés por preparar todo y eso fue una fatiga muy fuerte. Había que pedir las ropas a Roma, que no las hacen sino allá, llegaron muchas cartas de cardenales felicitándome, y pensar en cómo iba a responder eso; que fotógrafos, que periodistas. ¡Ay!, yo me sentía pues… imposible, que no podía vivir, pasé noches pesadas, duras, por eso estaba tan mal cuando llegó la hora de la investidura”.

El insomnio le robaba las noches, él caminaba entre su dormitorio y la habitación contigua donde tiene una pequeña sala, su escritorio, su computador y sus amados libros. José de Jesús Pimiento –que en realidad se llama Horacio porque así lo quiso su papá y así quedó registrado en su cédula y en su pasaporte, pero que toda la vida fue llamado con la combinación de nombres que escogió su madre tal vez como una premonición de lo que sería una vida entregada al catolicismo– entró en una profunda depresión que le duró dos meses y de la que logró salir gracias a medicamentos, a la ayuda de un psiquiatra y a la compañía de su familia que vive en Bucaramanga; de la vigilancia nocturna de sus sobrinos nietos desde la silla reclinomatic al lado de la cama del sacerdote.

Ya está al otro lado y volvió a su rutina. Todos los días, después de levantarse, camina 40 minutos, se baña, desayuna, hace la “siesta del carnero”, como él mismo la llama, reza durante una hora, y luego trabaja en el computador, donde recibe y responde correos electrónicos y escribe cartas. También sus memorias, porque se convenció de que “debía hacerlas para recordar a Dios como misericordioso”. Luego ofrece misa a las cinco de la tarde. Conoce la historia de la Iglesia como testigo y como lector, y por eso afirma que esta institución, cuando ha tenido poder, se ha equivocado.

Hoy viste una sotana blanca, quiso usarla para visitar al médico, que por cierto lo encontró muy bien. Su única limitación la soluciona con unos audífonos que le permiten escuchar muy bien. Habla con ganas y recuerda con entusiasmo. Casi todos los días viste un pantalón negro y una camisa blanca para estar más fresco y pasa sus días en esta silenciosa casa de retiros que tiene un patio cuadrado en el centro de dos pisos de habitaciones sencillas. Sobre el escritorio está un anillo, el de obispo. El de cardenal lo tiene guardado en un cajón dentro de un pequeño y antiguo estuche de porcelana.

¿No quería ser cardenal?

No.

¿Por qué?

Porque es demasiada responsabilidad. Es que los cargos estos que son públicos no son para gozar, a no ser que uno busque eso, y si lo busca, no lo merece, sino para servir. Jesús nos dejó la norma que en la vida el poder no era para servirse, sino para servir. Ese es el problema de los políticos, que no sirven sino que se sirven. Explotan a la ciudadanía, abusan de ella. Eso no es política. La política es el arte de gobernar y el arte de gobernar es el arte de servir.

¿Qué le toca hacer de cardenal?

De por sí no tengo nada qué hacer, dar unos conceptos que me piden. A uno le llegan unas historias de unas personas, uno las analiza y entonces da un voto positivo o negativo para la beatificación. Puede que le consulten a uno nombramientos, pero como yo no estoy en la órbita de allá de la vida de la Iglesia, no conozco a los sacerdotes que estén allá para obispo, entonces no puedo dar concepto, porque no estoy en ese ajetreo.

Entonces su labor de cardenal…

Es muy poquita. Evangelizar sí, hablar muy claro, decir las cosas como se deben decir, hacerle eco al papa, que es un hombre que está llevando mensajes muy positivos al mundo para que la humanidad cambie.

¿Conocía al papa Francisco?

No le he visto, solo por televisión.

¿Han hablado por teléfono?

Él no ha podido llamarme y yo tampoco. Él, porque vive muy ocupado y yo porque no tengo ni los teléfonos y quién sabe si me lo pasarían, porque vive en una actividad tremenda. No es necesario. Yo le mando cartas y en esas cartas yo expreso lo que pienso, lo que creo que se debe pensar en la Iglesia, él ya decidirá. Uno le manda como diciendo: tenga la bondad de considerar si esto vale la pena.

¿Y uno puede decir que no quiere ser cardenal?

Traté de rechazar ser obispo, pero el nuncio me aplanchó, me convenció. Me dijo: “Finalmente, como que usted no quiere tener problemas ni dificultades, váyase a una finca, celebre allá tranquilamente su misa y no tenga problemas con nadie”. Me sentí ya declarado inútil, eso sí me dolió. No, yo para eso si no sirvo, para ser un inútil, arrinconado en una finca, entonces dije, acepto. Y le toca a uno obedecer: lo nombran para Montería, acepte; lo nombran para Garzón, acepte; para Nariño, acepte. Ya uno entra en la línea de obediencia integral sin discusión.

¿Cómo fue con el cambio de vida cuando lo trasladaron como obispo de Nariño a Montería?

Brutal, brutal. Un cambio total, miedoso.

¿Qué fue lo que más le costó trabajo?

El calor y la gente, porque es que los costeños habían sido muy abandonados religiosamente, porque cuando la independencia de Colombia los sacerdotes que estaban allá eran todos españoles y se fueron, entonces no había sacerdotes y eso quedó como salvaje. Eso estaba muy inculto religiosamente y había muy pocos sacerdotes, no tenían sino 25 para todo el departamento.

Cuando dice que eran ignorantes, ¿a qué se refiere?

Era gente muy permisiva en costumbres, con muchas supersticiones, no era un cristianismo maduro, vida de hogar desordenada, los papás vendían a las niñas para explotación sexual, era una calamidad. Era hacer una cultura nueva, pero era una gente muy receptiva, yo me sentí muy bien acogido, muy bien entendido, me costó mucho trabajo aclimatarme, pero lo viví muy bien. De ahí comencé a ir al Concilio y eso fue un alivio enorme.

¿Qué recuerda gratamente del Concilio Vaticano que empezó en 1959 en Roma y reformó la Iglesia católica?

Todo, todo, eso fue un acontecimiento grandioso. Vivir uno la vida de la Iglesia analizando problemas y buscando orientaciones más adecuadas para esta hora. Fueron unos debates estupendos, uno leía esos documentos con mucho placer, opinaba y daba votos.

Por ejemplo...

Un tema muy delicado fue la libertad religiosa. En ese momento se consideraba que la religión obligatoria era la católica y eso no es la verdad, Dios no la impone a la brava, sino con la voluntad de la gente. Entonces había que decir que la religión no era impuesta, sino acogida. Yo mismo estaba casi en contra, porque no veía tan claro. El debate fue muy duro y terminamos votando para que la cosa entrara. Pero fue todo el tema de la Iglesia, el tema del episcopado y los presbíteros, de la vida religiosa. Es el último Concilio de toda la Iglesia, porque técnicamente no se puede hacer un concilio.

¿Por qué?

Porque cinco mil obispos no los reúne usted en ninguna parte y al discutir cinco mil personas no hay ningún debate.

¿Cuando usted estuvo cuántos eran?

2.200. En ese momento se pudo lograr una parcialización y cabíamos en San Pedro. Hoy no cabemos allá, en un estadio no se puede hacer un concilio. Lo hicimos en la basílica, se cerraba, no podía entrar nadie.

¿Cuánto duraban reunidos?

Dos meses y medio, el tiempo del otoño, durante cuatro años.

¿En qué idioma hablaban durante el Concilio?

En latín, componiendo uno mucho los textos o lo que mandaba escrito. Todo era en latín, el debate también. Ya en los sínodos se acepta la traducción simultánea.

¿Quién lo invitó a participar?

El papa. Llegó la invitación y también la ayuda, porque yo era de una diócesis pobre, no tenía cómo ir, me mandaron pasajes, allá nos daban todo, uno solo tenía que llevar unos dólares para lo elemental de la vida.

¿Qué otra discusión importante recuerda?

Los debates propiamente formales fueron los de
Pablo VI, porque con Juan XXIII no se logró ningún documento, apenas aprendimos a debatir, pero no se pudo aprobar ningún documento porque estaban muy crudos, lo que habían preparado en Roma no estaba actualizado.

Pablo VI era un hombre avanzado, tenía una cultura nueva, y él dirigía los debates desde su casa en el Vaticano, pero los obispos adentro, él no presidía, pero dirigía desde allá el debate, era una presencia moral, imponente, pero no dominadora.

¿Y algún otro obispo de los que quedan cuenta hoy la historia?

No, porque el que queda es, en Villavicencio, monseñor Garavito, muy limitado de conciencia. Los demás ya fallecieron. Cuando invitaron en Roma a los 50 años del Concilio solo fueron 14 obispos del mundo. Yo no fui porque ya me sentía mal de un problema circulatorio, no tuve esa dicha.

¿De los papas que le han tocado, cuál le ha gustado más?

Pablo VI, por lo que me hablaba como muy familiarmente y me entusiasmaba mucho por sus frases de estímulo, él me hablaba preciosamente. Yo no sería capaz de repetir, pero era un estímulo para el apostolado, y nos decía lo que nosotros teníamos que hacer como obispos, cómo teníamos que dar testimonio de Cristo, siendo evangelizadores a toda hora. Y él era un hombre que dentro de la angustia que él tenía, porque el Concilio le dejó lastres muy fuertes ante la opinión mundial y rechazos también, él sufrió mucho por el Concilio.

En la intimidad era un animador extraordinario. Cuando le contaba el trabajo que había hecho en el Concordato en Colombia, yo le dije que yo soy un pobre hombre, y él dijo: “Todos los hombres somos pobres hombres, yo soy también pobre hombre”. Eso le pone a uno la carne de gallina, sentirse uno con un grande hecho una cosa pequeñita. Yo pensé hasta en llevarme una grabadora interna, pero dije, yo lo respeto mucho, no voy a ser infidente, pero sentía necesidad, como para ayudarme, para sentirme animoso en el trabajo. No lo hice por respeto a él.

Su familia salió de Barichara por la violencia.

Por persecución de liberales a conservadores. Barichara era conservador en ese momento, después volteó y ahora es turismo, es negocio.

Su familia era conservadora.

Sí, y fue el párroco de Zapatoca el que le abrió el camino. Mi papá era el arquitecto de ese tiempo, que eran los albañiles, construía en tapia, en piedra y fue a hacer un barrio que se llama San Vicentico para familias pobres. Ahí vivimos un tiempo y después comenzamos a vagar por el pueblo. Yo nací en Zapatoca y ahí estuve hasta los 12 años, cuando me fui al seminario.

¿Se fue solo a estudiar?

Me fui decidido al sacerdocio, ya esto lo tenía claro.

¿Por qué sentía esa vocación?

La piedad eucarística de mi madre, que me llevaba desde muy temprano a misas de cuatro de la mañana en Zapatoca, eso me fue ambientando hacia la eucaristía. Y llegaron unos sacerdotes muy ejemplares y eso me dio el golpe final, vi que yo quería ser como ellos.

Dicen que en Manizales fue muy polémico. Duró allí 21 años.

Me fui muy ilusionado con la idea de que llegaba a una diócesis con mucho desarrollo social, pero comencé a encontrar problemas casi desde el primer día. Había una peregrinación a una presunta aparición de la Virgen en Pácora y eso era una farsa y desbaratar eso no fue fácil, iban peregrinaciones desde Zipaquirá… Decían que era templado, era cumpliendo el deber

Por ejemplo, no quiso bautizar a un niño de una familia que era pariente de la gobernadora.

No fue tanto eso, el problema no fue por ahí, es que Belisario Betancur nombró en Manizales a una gobernadora que vivía en adulterio público y eso fue lo que no toleré. No era para negarles el bautizo, sino para que fueran catequizados los papás, de modo que arreglaran su vida a lo cristiano, que no quedaran ahí como paganos, y bautizados los niños sin más. Es una ley canónica, no era invento mío.

Entonces no negó el bautizo.

Eran los adultos los que no querían obedecer la norma, la norma era del derecho canónico. No se debe bautizar un niño si no se garantiza la educación en la fe. Unos padres viviendo irregularmente no educan en la fe.

¿Y la gobernadora?

Eso fue más tarde. Una gobernadora, hija de un hombre importante, un hombre liberal, tenía su segunda unión, eso era público, entonces yo le reclamé al presidente Belisario y no me hizo caso, como tres años le rogué que la quitara, no porque le tuviera fastidio a ella, sino porque era un mal modelo para la comunidad.

¿Le ha tocado lidiar mucho con la política?

¡Ayyy!, ¡Ayyyy!, es decir, hay que enfrentarla, tenerles lástima a los políticos, porque hacen el mal en vez del bien.
Pero fíjese que usted trabajó en la renegociación del Concordato en Colombia entre el Estado y la Iglesia.
Clarísimo, ese fue uno de los títulos por los que el papa Pablo VI me quiso mucho y posiblemente fue lo que movió ahora a que Francisco se diera cuenta de que yo había trabajado en esto y entonces me nombrara, aunque fuera un poquito tarde…

Usted prohibió las minifaldas y los escotes en las misas en Manizales.

Porque es un exhibicionismo que no les conviene. Mostrar lo que son, eso es para las señoritas servidoras, cómo se llaman… las trabajadoras sexuales, las que se ofrecen, ofrecerse así una persona digna es indigno, entonces por eso no me gusta la revista DONJUAN, porque son mujeres que venden su cuerpo y el cuerpo no es para venderlo, el cuerpo es templo del Espíritu Santo y por tanto es un lugar sagrado, nuestro cuerpo es sagrado, eso lo dice San Pablo.

Pero ha visto las revistas.

No, ahora no las he visto.

¿Antes sí?

Antes yo veía un poco, cuando fui a Estados Unidos una vez, pero hace mucho tiempo, y me gustaba un poquito ver esas “medio-vestidas”, pero no eran desnudas del todo.

Usted hizo yoga.

Sí, un tiempo, pero después me descontinué porque pararme en la cabeza… Alcancé a pararme, alcancé un tiempo a hacerlo, después dije: “Esto es un poco riesgoso”, y además comencé mi vida de obispo, no me permitía el tiempo. Yo he hecho ejercicio siempre, sobre todo desde que tuve una depresión en Manizales, con puro ejercicio logré salir. Con trote salí.

¿Cuánto tiempo trotaba en Manizales?

Más o menos una hora, que fue lo que me dijo el médico: “De ahora en adelante si usted no hace una hora de ejercicio al día no respondo por su futuro”. Así me lo cantó en Manizales. Me fui a comprar sudadera, tenis y gorrito para el sol, y a las cinco de la mañana, en ese frío de Manizales, en el jardín de mi casa, a trotar. En un mes estuve curado. Se me quitó ya esa depresión.

En Manizales también ayudó mucho durante la tragedia del nevado del Ruiz.

Recaudábamos bienes y ayudas para atender a los damnificados, pero es la gente más ingrata que hay en la historia, el damnificado nunca está satisfecho, él se considera también una víctima de los que los ayudamos. A mí me reclamaban los mismos a los que ayudaba. En el Huila hubo un terremoto terrible, se me cayeron iglesias y casas curales, y me tocó a mí ponerme a recuperar eso, y me decían que me había robado el dinero, cuando estaba haciendo el esfuerzo por ayudarlos. Una revista de Neiva publicó que yo me había robado el dinero, así le responden a uno. Los damnificados tienen una conciencia maltratada de damnificado que no sacia con nada y que tiene derecho a todo. Es un problema psicológico, una cosa muy compleja de humanidad.

¿Cómo llegó a hacer yoga?

Porque encontré en un libro como de religiosos benedictinos, alguna cosa, creo, no ese yoga oriental, sino un yoga cristiano.

¿Y cuál es la diferencia?

Yo creo que es la filosofía, primero, y luego ya esa serenidad de los orientales que no la tenemos los occidentales. Yo quisiera saber un poco de eso, pero ya para qué, a esta hora de la vida. Tuve un problema con un sacerdote que le gustaba mucho eso y se me desvió, hizo unas locuras…, no dio lo que yo esperaba de él, lo tuve en un momento dado como alguien de mucha confianza, después me decepcionó.

¿Ha tenido varias decepciones?

Uuuuuu. Uuuuu. Esos son los dolores de uno. Es que la corona de espinas de uno son ellos, los presbíteros, más que la gente, porque son impositivos, son exigentes, lo ofenden a uno, le mandan anónimos.

¿Anónimos?

Uuuuu.

¿Y qué decían esos anónimos?

Me trataban de… mi madre era una…

¿Con amenazas de muerte?

Algunos sí, otros decían que soy un bárbaro, un monstruo.

¿Y usted qué hacía?

Tratar de ver quién era, para ver si lo podía contactar y decirle: “Usted para qué dice esto si sabe que solo quiero servirlo”. Porque a mí me gusta es enfrentarlos serenamente.

¿Alguna vez logró descubrir a alguno de esos sacerdotes?

No, porque ellos son supremamente hábiles para disimular. Los sacerdotes tienen a veces problemas morales y los disimulan de esa manera.

¿Cómo?

Ofendiéndolo a uno, haciéndolo a uno sentir que ellos no están de acuerdo y, por tanto, lo que uno tiene que hacer es plegarse a lo que ellos digan. Imponiéndole a uno la vida, y en eso sí he sido independiente, porque a mí me impone es Dios, lo que Él me diga es lo que tengo que hacer, no lo que me diga la gente, la gente tiene derecho a pedirme servicios y a reclamarme que le tenga consideración, pero no a imponerme lo que quiera pensar.

¿A usted le pesó el celibato?

Yo lo recibí muy bien, porque le da a uno libertad. El matrimonio es muy exigente si se quiere vivir bien. Para mí el celibato fue como es, un don de Dios. Dios me llamó y me dio el don de que yo me sintiera cómodo con el celibato.

¿Cuál de los votos del sacerdocio le costó más trabajo?

Ninguno, yo obedecí con facilidad, guardé la castidad con seriedad y la pobreza para mí tampoco fue un problema, porque mi familia fue pobre desde un comienzo, soy de familia pobre y he vivido pobremente, lo que más tengo son libros, ropitas un poquito, porque ha tocado ir acumulando de obispo y de sacerdote y he comprado siempre ropas que duren.

Ha ido regalando su biblioteca últimamente.

Sí, me ha ido un poco mal, porque estuve en un momento que me dio una depresión muy fuerte, que fue una enfermedad que siguió al cardenalato, me dio por limpiar todo, porque se iba a acabar el mundo y comencé a tirar todo.

¿Cuándo fue eso?

Después del nombramiento como cardenal me dio esa depresión. En Bogotá estuve mal y en el momento de la investidura yo no estaba en tono. Después me fui erradamente a Zapatoca, mi pueblo, a presentarme, estaba muy deprimido y con una gripa muy fuerte, y llegué aquí caído, caí en dos meses de depresión total. No comía, no quería ver a nadie, alcancé a prepararme para el final, llamé al sacerdote y al médico.

¿Le impusieron los santos óleos?

Todo. Me llevaron a la clínica, me encontraron que no estaba tan mal, que había esperanzas, comencé la recuperación, pero fue compleja.

¿Cuál ha sido su gran pecado?

Yo creo que la cobardía, no he sido tan intrépido como debería para mi labor. Yo, por ejemplo, con lo de Belisario he debido hacerle más frente, con los políticos llamarlos y decirles “esto no está bien hecho”.

¿A qué político hubiera querido llamar?

Yo los hubiera llamado a todos. Solo vi a Mariano Ospina Pérez como un hombre que fue un presidente de altura y serenidad y de buen juicio. Me gustó Carlos Lleras por el temple y él fue el que me ayudó para el rescate del Huila. Me dio diez millones y con eso hice la restauración.

¿Cómo ha hecho para lidiar con tanto político en su vida de obispo?

Yo no he manejado políticos. Simplemente les he dicho la verdad. A Santos no le he dicho, porque no me lo he encontrado.

¿Y lo ha llamado?

No, porque no me atrevo, porque creo que no le agradará. Vino el hijo de Galán, Juan Manuel, a él le dije lo que pensaba porque vino; yo no me pongo a buscar políticos porque no soy para eso, yo soy para ejercer ministerio evangelizador. Yo respeto al presidente, desde luego.

¿Qué ha sido lo más difícil de ser sacerdote?

Predicar bien el evangelio, porque predicar bien es entender totalmente lo que Jesús nos enseñó y aplicarlo al día. En eso no somos bien acertados. Hablamos del evangelio como una filosofía, y el evangelio no es filosofía ni es una ideología, es una vida, la vida de Dios en nosotros, es como Dios quiere que seamos.

¿Se siente listo para morir?

Sí, yo creo que ya me llegó la hora de no aspirar más a vivir en este planeta, muy bonito, pero como decía Pablo VI, también tiene angustias y pesares. Entonces, es mejor irse al reino de Dios.

¿Y cree que se va para el cielo?

Espero que Dios tenga misericordia y no me mande a la paila mocha [risas].

CATALINA GALLO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 45 - SEPTIEMBRE 2015

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