'El proceso dio un salto pero aún faltan muchos pasos': Enrique Santos

'El proceso dio un salto pero aún faltan muchos pasos': Enrique Santos

Protagonista de los diálogos exploratorios del proceso de paz habla sobre el acuerdo de justicia.

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27 de septiembre 2015 , 07:37 p. m.

Doy fe de su discreción y su sencillez. Pero, si esta paz con las Farc se firma, ¿cree que la historia debería comenzar con una frase que diga: ‘Un día, el hermano del entonces candidato Santos… tal y tal’?

Me abruma lo que dice. Pero la historia debe ser exacta, y esta no comenzó como usted sugiere... Yo no puse la primera piedra.

¿O sea que, en contra de la creencia popular, no fue usted el que embarcó a su hermano en esta aventura?

Él se embarcó por su cuenta y riesgo. Desde el comienzo, con mucha decisión y coraje. No me consultó nada. De hecho, en ese entonces no éramos políticamente muy cercanos. (Lea también: Autores de delitos graves estarán en lugar austero y vigilado: Santos)

¿Cuándo entra usted en escena?

En septiembre del 2010, él me preguntó si podía contar conmigo en la eventualidad de un proceso y si yo integraría el primer equipo negociador. Consultadas las Farc, dijeron que mi nombre les parecía un importante gesto de confianza. Ahí comencé a reunirme con el que sería el equipo del Gobierno: Sergio Jaramillo, Frank Pearl, Lucía Jaramillo, Jaime Avendaño y Alejandro Éder. Los dos últimos se reunieron varias veces en la frontera con Rodrigo Granda y ‘Andrés París’, de las Farc, para ultimar detalles. Cuando finalmente hubo acuerdo en el tamaño de las delegaciones y en Cuba como sede, el dilema era cómo mantener el secreto y cómo trasladar a los delegados de las Farc a La Habana. No había ambiente y (el expresidente Álvaro) Uribe estaba desbocado. Una de las cosas más difíciles fue mover al jefe de esa primera delegación de las Farc, Mauricio, el ‘Médico’, sucesor de ‘Jojoy’. Esa etapa se demoró como año y pico.

¿Es cierto que el gobierno Santos retomó los contactos con las Farc que había dejado el de Uribe?

Bajo Uribe hubo varios contactos con las Farc. Se llegaron a contemplar desde despejes hasta diálogos directos entre el 2004 y el 2006. Frank Pearl, que fue emisario del Gobierno con las Farc, ha documentado bien esa etapa. El de ellos era el economista Henry Acosta, que se reunió más de una vez con el presidente Uribe. Él era el enlace de ‘Pablo Catatumbo’ y, a la vez, el hombre de confianza de ‘Alfonso Cano’. Pero eso tuvo un rompimiento ruidosísimo con el incidente del cadáver del coronel (Julián) Guevara, muerto en cautiverio, que las Farc no querían entregar. Ahí terminó aquello.

¿Cuándo se reinician los contactos?

Juan Manuel, como presidente electo, comenzó a hablar de la solución pacífica del conflicto y las Farc le hicieron saber que les interesaba el diálogo. Se retomaron entonces los contactos y en agosto del 2011 ya se habían firmado actas sobre los primeros encuentros en la frontera. Pero eso también sufrió una interrupción tenaz con la muerte de ‘Cano’ en noviembre de ese año. Luego, las Farc mandaron a decir que, fieles al legado de Cano, continuaban.

¿Imaginó que este proceso sería tan largo?

Para nada. Por exceso de optimismo y por pensar con el deseo. Creímos que las Farc estaban tan golpeadas y desmoralizadas que serían proclives a un rápido acuerdo. (Vea aquí: Esta semana terminó el año más difícil del proceso)

¿Por qué se escogió Cuba?

Hubo mucho forcejeo sobre la sede. Inicialmente, las Farc insistieron mucho en Colombia o Venezuela. O, en su defecto, Ecuador o Brasil: países fronterizos con gobiernos proclives. El Gobierno se plantó: Cuba. Ofrecía las mejores condiciones de seguridad y confidencialidad, y los cubanos son muy serios en estas materias. Además, mal podían objetar que la sede fuera un país comunista.

¿Hasta dónde llegó su gestión?

Hasta que firmamos el Acuerdo General de La Habana, el 26 de agosto del 2012. Al otro día comenzó la fase pública del proceso y decidí que era el momento de retirarme del equipo negociador. Desde entonces he estado siempre de ladito, entre bambalinas, aportando en lo que se pueda y evitando figuraciones innecesarias.

Ni tan de ladito... Se reunió con ‘Timochenko’, según reveló su hermano hace poco. ¿Cómo fue ese encuentro?

Fueron dos en realidad. El primero, en noviembre del 2013, y el segundo, el pasado mes de abril. En ambos casos se trataba de transmitir mensajes del Presidente sobre delicados aspectos puntuales del proceso a través de un emisario personal de plena confianza. El último encuentro fue particularmente sensible porque acababa de suceder la matanza de soldados en el Cauca, que desató una verdadera crisis. Pero no voy a entrar en detalles.

Por lo menos dígame como le pareció ‘Timochenko’…

Afable, inteligente y con gran facilidad de expresión.

¿Le pareció confiable?

Le noté mucho compromiso con el proceso, pero siempre muy pendiente del consenso entre la guerrillerada. Y como es notable su prosa greco-quimbaya, le pregunté por esa influencia, y me contó que escarbando de niño en el baúl de libros de su papá se había encontrado con uno de Vargas Vila y que con él comenzó a leer, lo que explica cierto estilo panfletario.

¿Se arrepiente de haberse metido en ese berenjenal?

Para nada. Aunque no faltaron dudas, angustias y temores...

¿Cómo cuáles?

Me preocupaba que las Farc no estuvieran en la tónica negociadora que pensábamos, lo que evidentemente fue así, porque empezaron durísimos. Me preocupaba que la estrategia del Gobierno no tuviera la cohesión necesaria. Y me preocupaba mucho que se filtrara lo que estábamos haciendo.

¿Cuál era la hoja de ruta?

Llegar en el menor tiempo posible a un acuerdo marco viable y realista, teniendo en cuenta las equivocaciones cometidas en anteriores negociaciones con la guerrilla y con el objetivo central de poner fin al conflicto, sin entrar a discutir sus causas objetivas, ni modelos económicos o militares. (Lea: Lo que sigue para cerrar el conflicto con las Farc)

Dígame tres momentos críticos que se le vengan a la cabeza en que usted haya pensado: ‘esto fracasó otra vez’…

El agresivo discurso de ‘Iván Márquez’ en Oslo, el triunfo del uribismo en la primera vuelta presidencial (el año pasado) y la matanza de los soldados en Buenos Aires (Cauca).

¿Tiene críticas a la forma como el Gobierno ha manejado el proceso?

A veces, el Presidente ha parecido demasiado absorbido por el proceso, en detrimento de otros aspectos de la agenda nacional. Y es evidente que el tema de la paz ha llegado a aburrir a mucha gente porque no se veían resultados concretos.

¿Le queda alguna frustración?

Que en todos estos años y con tantos esfuerzos no haya cambiado el porcentaje de la opinión que no cree o no entiende la necesidad e importancia del proceso.

¿A qué lo atribuye?

La estrategia de comunicación –hacia adentro y hacia afuera– no ha sido la mejor.

¿Cree que ya pasamos el punto de no retorno?

Solamente la semana pasada, cuando después de más de un año de estancamiento se firmó el acuerdo sobre justicia transicional, ya sentí el verdadero punto de no retorno.

¿Le parece bien que a los máximos responsables de las Farc se les vaya a aplicar restricciones a su libertad, pero no cárcel?

Sí. Para situaciones como estas, la cárcel es un concepto mandado a recoger. No funciona. Es contraproducente. No hay resocialización, solo hacinamiento, vicio y delito. Más del 70 por ciento de los reclusos reinciden. Las cárceles son verdaderas escuelas del crimen. Pregúntele al director de la Agencia para la Reintegración por la experiencia con los centenares de paramilitares encarcelados. Además, este proceso no es para castigar a las Farc, sino para terminar una guerra que ha causado tanto dolor y destrucción, como lo recordó en estos días Bernie Aronson, el enviado especial de Obama al proceso de paz. (Lea también: 'Si es necesario, 'Timochenko' volverá a Cuba': Santos)

¿Qué opina del tribunal especial que se va a crear para juzgar a las Farc y a otros actores del conflicto?

Que es un modelo novedoso y audaz. Y un enorme reto. De la manera como se asuma depende el éxito del acuerdo firmado este 23 de septiembre. Exigirá fina carpintería jurídica y mucha madurez política. Un primer paso clave es su composición, quiénes van a ser sus miembros nacionales y extranjeros.

Deme ejemplos de colombianos aptos, probos e imparciales para cumplir ese papel…

Deberían ser personas con sólida formación intelectual, político-jurídica y amplio conocimiento del conflicto armado colombiano. Así, al rompe, se me ocurren nombres como Jorge Orlando Melo, Álvaro Tirado Mejía, Alfonso Gómez Méndez, Hernando Yepes Arcila, Hernando Herrera, Rodrigo Uprimny, Catalina Botero, María Mercedes López, Eduardo Díaz Uribe, Fernando Arboleda Ripoll... También hay militares abogados muy buenos, expertos en negociación, que deberían estar ahí.

Anncol dice que este tribunal juzgará también a los expresidentes Betancur, Gaviria, Pastrana y Uribe, además de generales, banqueros, empresarios y latifundistas.

Por ahí no se llega a ninguna parte. Son salidas torpes, arrogantes y contraproducentes. No se compadecen con el espíritu de reconciliación que reclama el papa Francisco para este proceso. La dirigencia de las Farc debería descalificar estas actitudes, so pena de ahondar la brecha de credibilidad que tienen frente a los colombianos.

Muchos creen que habrá impunidad. ¿Cómo convencerlos de que este arreglo es bueno?

Con su aplicación gradual y concreta. En la medida en que la gente vea más y más resultados (disminución de violencia en las zonas de conflicto, gestos de arrepentimiento y perdón de lado y lado, desminado eficaz, cese del fuego) entenderá mejor que el arreglo es bueno. Esto está sucediendo en varias zonas. Es cuestión de saber comunicarle al país los frutos que ya se ven en muchas regiones. La alternativa es seguir en el pasado, o que Álvaro Uribe nos regale la fórmula mágica.

El papel que ha jugado el fiscal Montealegre es confuso. Ya salió a decir que retiraba las imputaciones a los cabecillas de las Farc, como si el Estado pudiera parar su labor…

Uno de los momentos de crisis, cuando estábamos en la etapa confidencial, se produjo cuando el fiscal Montealegre salió a decir desde Bogotá que los comandantes guerrilleros no deberían pagar cárcel. Eso nos redujo de entrada el espacio de negociación. Nos dejó casi sin piso. Más allá de sus evidentes ganas de ayudar, o de consagrarse como el ‘Fiscal de la paz’, Montealegre debe entender que no puede entorpecer la negociación ni limitarle al Gobierno su capacidad de maniobra. A veces parece una rueda suelta, creando un ruido que desconcierta y confunde.

El 93 por ciento de los colombianos, según las encuestas, creen que las Farc no dirán toda la verdad, requisito de la justicia transicional. ¿Comparte este presentimiento?

La mayoría tampoco cree en todo lo que dice el Congreso, o el Gobierno, o las cortes. Este es un país descreído y desconfiado. Tal vez con razón. En el caso de las Farc, la desconfianza que suscitan tiene sobradas razones. Pero la verdad en este proceso es fundamental. Es el verdadero homenaje y reconocimiento a las víctimas. Además, el que no diga toda la verdad se expone a las sanciones que contempla la jurisdicción especial que se acordó.

Pero ya dijeron la primera mentira: que no son narcotraficantes…

No, en el sentido de que para ellas el enriquecimiento ilícito no es un fin en sí mismo, como lo es para los narcos, sino un medio más para financiar su guerra.

El mayor peligro es que muchos de ellos se queden en el negocio, por su cuenta.

Es un temor fundamentado. Incluso hay expertos que calculan que, en el mejor de los casos, por lo menos de un 20 a un 30 por ciento de la guerrilla seguirá en lo mismo: la extorsión, el narcotráfico. Lo importante es que ya serán delincuentes comunes y no quedarán cobijados bajo la franquicia de las Farc ni ningún otro ingrediente político. Serán simples criminales, como sucedió cuando la guerrilla liberal entregó sus armas y siguieron ‘Sangrenegra’, ‘Chispas’, ‘Desquite’, que ya era el bandolerismo puro sin ningún ropaje de rebelión política.

¿Pero no le sorprende que los gringos hayan aceptado esa modalidad, que implica que si el narcotraficante quiere tumbar al Gobierno puede ser perdonado?

Sorprende si se tratara del narcotraficante a secas, de un Pablo Escobar o un ‘Chapo’ Guzmán. No es lo mismo si se trata del guerrillero que lleva 40 años en la selva y acudió al tráfico de droga para financiar su revolución perdida.

¿Cómo acercar al uribismo a esta fórmula de hacer la paz con las Farc?

Es la pregunta del millón. Con inteligencia, generosidad y tacto político. Al uribismo como tal ya lo noto menos reacio y más realista. El jefe supremo es otro cuento, por su carácter tan especial. Pero, imagino, no quiere quedar aislado en un guerrerismo a ultranza y asimilará críticas como las que le acaba de formular el Gobierno de Estados Unidos, que considera que sus opiniones son incorrectas e infundadas.

¿Esto aún tiene reversa?

Se ha dado un salto enorme, pero faltan aún pasos nada fáciles, como la impajaritable refrendación popular del acuerdo final, el desescalamiento y el cese del fuego bilateral, la concentración, el desarme y la verificación e implementación de todo esto, para no hablar de la cantidad de salvedades que las Farc colocaron a los primeros tres puntos del acuerdo, que –si se ponen a insistir en ellas– darían para otros tres años de negociación. Pero echar para atrás sería la peor noticia para Colombia.

¿Se ha latigado por el ‘extravío de juventud’ de haber creído en algún momento de su vida en la lucha armada?

Sí, con el ojo crítico que impone el paso del tiempo. En esos años, cuando el ‘Che’ Guevara y Camilo Torres eran los símbolos del guerrillero heroico y el ‘hombre nuevo’, el extravío fue generacional. O por lo menos de buena parte de la juventud occidental, embriagada con los vientos de cambio radical que por todo lado soplaban. Pero viendo luego –en mi caso, hacia fines del 70– los efectos perversos de la exaltación de las armas en la política, había que darse mucho látigo.

MARÍA ISABEL RUEDA
Especial para EL TIEMPO

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