Esta semana terminó el año más difícil del proceso

Esta semana terminó el año más difícil del proceso

No fueron pocos los desencuentros que Gobierno y Farc debieron superar para firmar el acuerdo.

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26 de septiembre 2015 , 08:59 p. m.

El acuerdo sobre justicia transicional entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Farc, y la fecha límite para la firma del acuerdo final de paz (23 de marzo del 2016) estuvo marcado por un sinfín de encuentros y desencuentros durante los últimos 15 meses, cuya tensión se agudizó el fin de semana pasado.

Estos dos puntos han sido los más difíciles que ha tenido la negociación, y muchas veces hicieron temer por el fracaso de todo el proceso. Al fin y al cabo, se trataba de definir la suerte que correrán los guerrilleros después de dejar las armas, “su pellejo”, como han dicho los negociadores de las Farc desde que llegaron a La Habana, hace un poco más de tres años.

El otro tema de fondo era la definición de la fecha para firmar el fin del conflicto armado. Otro punto de honor, si se tiene en cuenta que las Farc se habían negado todo este tiempo a ponerles “plazos fatales” a las conversaciones.

El camino para llegar a los puntos de acuerdo que se anunciaron el miércoles fue tortuoso. El hecho de que desde mayo del 2014 no se hubieran dado nuevos acuerdos alrededor de la agenda de La Habana rodeó al proceso de desconfianza. Esto, además, le dio argumentos a la oposición para criticar el ritmo de las negociaciones y poner en duda el verdadero compromiso de la guerrilla con la paz.

Pero no solo se avanzaba muy lentamente en la discusión de la agenda –después de tres años de discusiones formales, apenas se habían logrado acuerdos parciales en tres de los seis puntos, con algunos pendientes–, sino que la guerrilla a menudo hacía más penosa la situación con sus acciones militares, muchas de ellas con costos en vidas para la población civil.

Cuando se mira la negociación de La Habana en retrospectiva, se puede afirmar que el último año fue el de mayor riesgo para el proceso. Su punto más bajo –y de ello dejaron constancia las encuestas– fue en abril de este año, cuando una columna de las Farc emboscó y asesinó a 11 soldados en Buenos Aires (Cauca).

Ante la indignación de la opinión por las acciones de las Farc, el presidente Santos tuvo que ordenar la reanudación de los bombardeos, que produjeron 38 bajas guerrilleras en cuestión de horas.

Y en junio, por primera vez desde que comenzaron las negociaciones, la encuesta bimestral de Gallup mostró que había un mayor porcentaje de colombianos que privilegiaban la salida militar por encima del diálogo.

El pesimismo frente a la suerte de los diálogos llegó a contagiar al Gobierno. El 5 de julio, en entrevista para varios medios de comunicación, el jefe del equipo negociador del Gobierno, Humberto de la Calle, aseguró: “Me parece claro que el proceso está llegando a su fin, por bien o por mal (...). Es probable que un día no nos encuentren en la mesa de La Habana”.

Entonces, muchos sectores, en especial de la comunidad internacional, lograron que las partes se comprometieran a desescalar la confrontación. Y fue así como el 12 de julio las delegaciones hicieron pública una declaración, en la capital cubana, para acelerar el ritmo de las negociaciones y reducir las hostilidades. El 26 de julio, el Presidente ordenó suspender nuevamente los bombardeos.

El nuevo curso de los acontecimientos permitió que el Gobierno comenzara a exigir un poco más. A propósito de un pedido sistemático que la guerrilla hacía para ir a un cese bilateral del fuego y hostilidades, De la Calle les dijo a las Farc que cualquier avance en esa dirección dependía también de un mayor compromiso en el tema de justicia transicional.

A finales de julio, Gobierno y Farc acordaron conformar equipos jurídicos para estudiar el tema de justicia transicional, decisión que terminó por encontrar salidas a algo que parecía imposible: que las Farc aceptaran una sanción para sus principales líderes por su responsabilidad en los crímenes.

Casi dos meses les tomó a los negociadores de La Habana, con la ayuda de sus abogados, acordar que se establecerán penas efectivas restrictivas de la libertad para los líderes de la guerrilla que cuenten la verdad sobre sus delitos.

Si las negociaciones de La Habana han estado marcadas por la tensión durante el último año, los días recientes fueron los más críticos.

Ante el anuncio del papa Francisco de que estaría en Cuba a mediados de septiembre y ante el interés del pontífice latinoamericano por la búsqueda de la paz para Colombia, el Gobierno y la guerrilla comenzaron a acariciar la idea de que el líder de la Iglesia católica bendijera el acuerdo parcial sobre la justicia.

Pero si bien el jerarca católico ha sido clave para que las negociaciones estén en el punto en que se encuentran hoy, el Vaticano no quería comprometerse a plenitud con un proceso no terminado. En el fondo también era una manera de exigir más.

El Gobierno aprovechó el impulso que el tema logró por la visita del Papa a Cuba, pero llegar a la fórmula divulgada esta semana fue un asunto de trasnochos. De idas y venidas. De acabar todo y volver a comenzar.

EL TIEMPO supo que el borrador final sobre la justicia que les será aplicada a los líderes de las Farc se terminó de elaborar en la madrugada del viernes 18, en reuniones de alta tensión en La Habana y Bogotá.

Cuando se logró el acuerdo, se sugirió que Santos fuera a la capital cubana para darle relevancia al hecho. Ya se había hablado de la presencia en La Habana del máximo jefe de las Farc, ‘Timochenko’, para la ocasión.

El Presidente aceptó, pero puso una condición: iría si se acordaba también una fecha para la firma del fin del conflicto. La guerrilla no cedía a la petición del Jefe de Estado.

El Presidente debía viajar el miércoles a la Asamblea de Naciones Unidas y las Farc querían que el anuncio sobre justicia transicional se hiciera antes de la visita del mandatario a Nueva York.

Convencido de que su presencia en Cuba podría presionar a los jefes guerrilleros a aceptar la petición del Presidente, De la Calle viajó en compañía de algunos miembros de su equipo a La Habana.

Solamente el martes en la noche, el jefe del equipo negociador del Gobierno logró sacar un mínimo compromiso de las Farc sobre un tiempo aproximado de seis meses para firmar el acuerdo final.

Santos, desde Bogotá, exigía una fecha precisa para la rúbrica del acuerdo. Se aproximaba la medianoche del martes, cuando las Farc aceptaron hablar de seis meses.

Con ese principio de acuerdo, el mandatario aceptó viajar a Cuba a primera hora del miércoles.

Pero fue ya en la capital cubana donde Santos y ‘Timochenko’ acordaron que el próximo 23 de marzo, a más tardar, suscribirán el acuerdo para poner fin a más de cinco décadas de guerra en Colombia.

EDULFO PEÑA
Editor político

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