'Corridas de toros son un muerto en vida': experto en derecho animal

'Corridas de toros son un muerto en vida': experto en derecho animal

Quien lideró abolición de esta práctica en Cataluña vino a apoyar lucha antitaurina en Bogotá.

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25 de septiembre 2015 , 06:42 p. m.

La decisión del Consejo de Estado de cerrarle el paso a la consulta antitaurina en Bogotá, que se celebraría el 25 de octubre en las elecciones regionales, reavivó el debate sobre la fiesta brava.

Leonardo Anselmi, experto en derecho animal, director de la Fundación Franz Weber para América Latina y España, y una de las figuras más representativas del movimiento antitaurino global (fue líder de la campaña para prohibir las corridas en Cataluña en 2010), explica los puntos claves del pensamiento antitaurino y por qué en ocho países del mundo se sostiene esta práctica, que él califica de “anacrónica y medieval”.

¿Cuáles son los argumentos del movimiento antitaurino?

Hay un gran abanico de argumentos. Y, como todo abanico, tiene un punto de unión: la violencia contra los animales. Ellos no quieren ser torturados. A diferencia de las plantas, los animales podemos trasladarnos precisamente porque la naturaleza nos dio la posibilidad de sentir dolor y apartarnos de él. Los animales no quieren sufrir.

En segundo lugar, la violencia normaliza la violencia. No quiere decir que una persona que fue a una corrida de toros será violenta, pero sí quiere decir, casi con seguridad, que tiene una normalización de esa violencia, que hará que no se subleve ante otras formas de maltrato. No lo digo yo, hay estudios científicos que demuestran esta naturalización de la violencia. La tauromaquia le hace daño a nuestra sociedad en el sentido en que proyecta estos actos ante los individuos que participan en ella.

La tercera razón son los niños: los adultos que van a corridas de toros fueron niños adoctrinados. Este año, el Comité para los Derechos del Niño le jaló las orejas a Colombia y le dijo que la tauromaquia vulnera los derechos de los más pequeños. Y esto es fundamental, porque demuestra que el interés superior del niño es tener una vida apartada de los modelos violentos. El Comité emitió una recomendación para que las naciones cumplan la convención prohibiendo el ingreso de menores de edad a las corridas, su televisación y las escuelas de toreo para menores de 18 años. El Gobierno colombiano no ha acatado eso y tampoco se le ven intenciones de ponerlo en marcha. Las Naciones Unidas han sido muy claras en hablar no de la cultura taurina, sino de la “violencia de la tauromaquia”.

¿Cómo está el panorama internacional de las corridas? ¿Dónde siguen vigentes?

En el mundo existen 226 países y solo ocho permiten las corridas de toros. Entre esos está Francia, donde solo en un 7 por ciento de su territorio se permite la corrida; fuera de ese territorio sería un acto penal. En España, Cataluña y las islas Canarias las han prohibido, y en este momento otras tres comunidades autónomas están en el mismo proceso legislativo. En Portugal, solo en una pequeña parte se permite y la práctica fue regulada para reducir la crueldad.

Tenemos países como México, donde ya tres estados han prohibido las corridas. En Venezuela solo se hacen en cinco lugares. En Ecuador, en una consulta que se hizo en mayo del 2011, la tauromaquia solo sobrevivió en cuatro de los 200 cantones que tiene ese país. Colombia es un país que está luchando por evolucionar en ese aspecto, con ejemplos como el de Bogotá; es un orgullo pertenecer a naciones donde se ha evolucionado y que no se han quedado ancladas a costumbres del Medioevo. Esa es otra gran razón para acabar con las corridas: el orgullo ciudadano del progreso moral.

¿Cómo fue la participación ciudadana en el caso que lideró en Cataluña?

Fue un ejercicio de democracia participativa, aunque distinto al que ha impulsado a la consulta de Bogotá. En Ecuador, en el 2011, también fue una consulta popular de 10 preguntas, en la que se incluyó la cuestión de si la gente veía bien que se mataran animales en eventos públicos, y ganamos por una amplia mayoría. En Cataluña utilizamos una iniciativa legislativa popular diferente a las consultas y al referéndum, porque la gente no vota sino que firma, y cuando se tiene una cantidad de firmas determinadas se convierte en un partido político con ley única, lo que permite debatir la propuesta de ley o retirarla si se cree que se ha desvirtuado. Soy un amante de la democracia participativa y de la directa aún más. La democracia es una herramienta poderosa cuando es usada con responsabilidad y verdad.

Los antitaurinos decimos la verdad. El taurinismo está repleto de falacias. Ellos dicen que han hecho estudios científicos para decir que el toro no sufre. Si eso fuera cierto hubiera salido en la portada de 'Science': “Un mamífero superior no sufre cuando le clavan una espada que atraviesa su pulmón y termina muriendo en una agonía de vómitos de sangre”.

¿Cuáles fueron esos obstáculos que tuvo el movimiento en Cataluña?

El primero fue el descreimiento de los mismos nuestros. El escepticismo. Dijimos: vamos a prohibir la corrida de toros y se rieron y nos ignoraron. Los taurinos nos creían un movimiento pequeño, porque creían que éramos un movimiento social, pero les demostramos que éramos una sociedad en movimiento. La diferencia entre eso es fácil de entender: los movimientos sociales somos pequeños grupos de personas compartiendo unas ideas. Pero cuando uno va tejiendo ideas en común se va sumando. Pusimos una idea sobre la mesa: ¿Qué les parece si prohibimos las corridas en Cataluña? Pensamos que no lo íbamos a conseguir y durante tres años trabajamos en la campaña. Al principio, hasta los medios de comunicación estaban en contra, pero terminaron a favor.

A cinco años de haber logrado la abolición, ¿qué reacciones ha habido?

Creo que todavía no hay nada que celebre más un ciudadano catalán que haber abolido las corridas de toros. Por supuesto que tenemos que seguir, hay otros festejos populares que quedan muy apartados de Barcelona. Cataluña es una comunidad grande, pero Barcelona es una ciudad tremendamente cosmopolita. Aún no hemos dado todos los pasos.

¿Ayudó el sentimiento separatista catalán al movimiento antitaurino?

En el 2010 no existía el sentimiento catalán que hay ahora. Lo que está pasando en este momento es de los últimos tres años. Pero sí es cierto que quienes no se sienten identificados con la cultura española evidentemente rechazan esto. Pero eso le pasa a un argentino, a un chino, a un sudafricano… Incluso dentro de España hay una cultura de la ilustración que nunca pudo sacar la cabeza de la tierra, que siempre estuvo doblegada por esta otra cultura de pandereta, medieval, machista y violenta, con unos principios horrorosos. La tauromaquia hace parte de todo eso. Son dos culturas enfrentándose: la de la Ilustración y la del Medioevo. La Ilustración no llegó a España en un sentido político.

Si es una práctica tan anacrónica como usted la califica, ¿qué mantiene en pie a las corridas de toros?

La corrupción y nada más. En este momento la tauromaquia es un cuerpo en estado vegetativo, conectado a un respirador que se llama dinero público, subvenciones, favores políticos y préstamos. El estado de corrupción de los favoritismos y las decisiones a dedo es lo que mantiene a la tauromaquia. Se hubiera muerto hace mucho tiempo si no tuviera la inyección del dinero público. Las élites se han encargado de relacionarse muy bien con el poder. En España se vive esta lógica. Hoy las corridas de toros son un muerto en vida.

¿Cómo llegó a nuestra época?

Hay varias razones. Cuando se empezaron a aprobar las leyes contra el maltrato animal, la corrida quedó como una excepción. Lo que usted le hace a un toro en Colombia, si se lo hace a otro animal, entra en el código penal. Son excepciones anacrónicas. Todavía me queda algún amigo taurino y en algo en lo que coincidimos es en el anacronismo. Ya no se soporta más la disonancia entre la moral de nuestra época y sus prácticas. La moral es algo vivo, que muta.

El argumento que utilizó la Corte en Colombia es que esta actividad constituye una forma de expresión de una minoría. ¿Qué decir ante este argumento?

Mi pregunta no es si nosotros podemos pasar por encima de una minoría, sino si una minoría puede evitar el progreso moral de una sociedad íntegra.

Ellos también extrapolan ese argumento a que existen otras culturas que tienen prácticas tradicionales que podrían considerarse maltrato…

Hay que prohibirlas también. Una cosa no quita la otra. Estamos preparadísimos para ampliar el debate. El hecho de que no pueda prohibirse todo no quiere decir que no podamos tener el debate que ahora estamos teniendo. No pueden desviar el debate.

LAURA BETANCUR ALARCÓN
Redactora de Medioambiente

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