'Los inquilinatos son una opción ante la pobreza'

'Los inquilinatos son una opción ante la pobreza'

Buscan mejorar condiciones para moradores de inquilinatos con proyectos sociales.

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24 de septiembre 2015 , 08:55 p. m.

Para garantizar mejores condiciones de vida a los moradores de inquilinatos, trabajan para formular la política pública para este tipo de alojamientos colectivos de Medellín.

Con esto, la Escuela del Hábitat -Cehap de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, Sede Medellín, en alianza con las Corporaciones Talentos y Primavera, quieren visibilizar los inquilinatos como una opción más de habitar la ciudad.

Por ello, el año pasado realizaron un proceso de reconocimiento y de análisis de su heterogeneidad, donde hallaron que este tipo de vivienda es una opción que puede ser temporal o permanente y responde a condiciones de pobreza, desempleo y al estilo de vida de la persona o familia.

Para Francoise Coupé, investigadora de la Universidad Nacional, es en la condición económica y social de las personas que habitan los inquilinatos en lo que pretende hacer énfasis la norma, además de la calidad de las viviendas.

“En la propuesta de la política hay programas de capacitación, que están claramente identificados, como la generación de empleo, opciones educativas para niños y adultos. Además de acceso a los programas de salud y vivienda de interés social de la Alcaldía”, dijo.

La académica además señaló que en estas viviendas conviven vendedores ambulantes, indígenas, afrodescendientes, desplazados, personas de la tercera edad y gran cantidad de niños y adolescentes, muchos de ellos, en estado de vulneración.

Hay muchas alternativas en las tarifas y en las formas de pago, que se puede hacer por día, semanal o mensualmente.

Uno de ellos es Rafael Cintuá Murillo, indígena embera, que llegó a Medellín desde el resguardo del Alto Andagueda, en el Chocó, con su esposa y sus 10 hijos. Todos ellos viven hacinados en dos habitaciones de 12 metros cuadrados, duermen en el suelo, en colchones, encima de ropa y chécheres amontonados.

Comparten baño con otras 10 familias y cocinan en una pequeña estufa ubicada en el pasillo, sobre un mesón de madera, curtida y oxidada por el tiempo. Cuando no hay gas, como hoy, tienen que salir a comprar el almuerzo de 1.000 pesos que venden en la esquina.

Lo más difícil, cuenta Cintuá, es cuando llegan las seis de la tarde y aún no hay dinero para pagar la habitación del inquilinato, ubicado en Niquitao, en el centro de la ciudad.

Son 15.000 pesos por dos habitaciones, eso les implica horas de caminata y sudor. Venden dulces o cigarrillos y algunos de ellos se sitúan en esquinas del Centro o barrios aledaños a pedir dinero o comida. De eso viven, además de las ayudas del Gobierno, a través del Sisben.

En el ajetreo por conseguir lo del día, los padres salen y los pequeños quedan al cuidado de sus vecinos, a la deriva, corriendo por los pasillos, jugando entre la mugre o encerrados las 24 horas del día en habitaciones poco ventiladas, donde los roedores abundan.

Según Coupé, el objetivo es que todas estas viviendas del sector de Niquitao sean remodeladas, adecuadas y rediseñadas para que sus moradores tengan buenas condiciones de salud e higiene, y sean además, lugares óptimos para la crianza de los niños y los últimos días de los más adultos.

“La política pública busca que los dueños o administradores de inquilinatos hagan las inversiones para garantizar la calidad de la vivienda, que se mide por el espacio de la pieza, el número de baños por persona, pero sobre todo por la calidad de la vivienda que se alquila”, explicó la investigadora.

Un ejemplo de lo que deberían ser este tipo de viviendas es una casona, vieja, amplia y soleada, ubicada en el barrio San Lorenzo (Comuna 10), donde viven siete familias.

La dueña y administradora de este lugar es Mitleth Aguilar Erazo, que durante 25 años ha arrendado habitaciones a personas sin recursos económicos, que pasan sus días en el rebusque de la calle. Cuenta que la mayoría son hombres solos, que han perdido su hogar y se dedican a vender discos compactos o tienen carritos de dulces, helados o cigarrillos.

En la casona tienen tres baños, con ducha para hombres y otra para mujeres, una cocina amplia con dos mesones, nevera, estufa de seis hornillas y un lavadero. Al final del corredor, amplio y soleado, hay un solar con flores y otras plantas, desde allí hay una vista panorámica de todo el centro de la ciudad.

Son ese tipo de inquilinatos los que los investigadores tomaron como ejemplo para plantear la política pública, pues Según Coupé, hay que visibilizar estas viviendas como medios para enfrentar los problemas sociales de la ciudad.

“Son una opción para habitar en la ciudad, una alternativa real ante la falta de otras soluciones de vivienda y de condiciones económicas para acceder a otro tipo de espacio. Pero debe garantizar condiciones adecuadas que permitan a las personas y familias vivir dignamente”, agregó Coupé.

PAOLA MORALES ESCOBAR
inemor@eltiempo.com - @paoletras
EL TIEMPO
MEDELLÍN

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