Un Estado capaz de cumplir lo acordado, el reto del posconflicto

Un Estado capaz de cumplir lo acordado, el reto del posconflicto

Fortalecimiento institucional, seguridad y 'desarmar el lenguaje', claves para llegar a buen puerto.

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23 de septiembre 2015 , 03:09 p. m.

Un Estado fuerte y capaz de garantizar, en un ambiente polarizado, que las Farc hagan su tránsito a la vida civil con garantías de seguridad y que también permita a las víctimas ver satisfechos sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación, será el eje fundamental sobre el que debe avanzar un exitoso tránsito hacia el posconflicto en Colombia, señalaron analistas consultados por EL TIEMPO.

A juicio de los expertos, el país no puede repetir los hechos ocurridos en la década del 80, cuando los acuerdos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las Farc permitieron la creación del partido UP, en el que la guerrilla iniciaría su tránsito hacia la vida civil y política, pero el cual fue exterminado a sangre y fuego por paramilitares, en medio de una sistemática campaña de exterminio.

Al igual que en ese entonces, pero con mayor profundidad, los acuerdos de paz de La Habana prometen no solo el final del conflicto armado, sino la puesta en marcha de toda una reforma del Estado que incluye nuevas politícas de acceso al campo, restitución de tierras, un nuevo escenario político ─quizá con guerrilleros desmovilizados como protagonistas─, reparación y reconocimiento de las víctimas, y una nueva política de lucha contra las drogas.

Fin de las Farc no es el fin de la violencia

Pero si bien acabar el conflicto con las Farc es un paso grande, no significa terminar con la violencia armada en Colombia, pues estructuras armadas ligadas al narcotráfico, así como las llamadas ‘bacrim’ buscarán copar, a sangre y fuego, los territorios dejados por las Farc, sus rutas de comercio ilegal y sus fuentes de financiación: drogas, minería ilegal y extorsión, entre otras.

Ese es el principal riesgo que se afronta, a juicio de Ariel Ávila, uno de los principales investigadores de la Fundación Paz y Reconciliación. En concepto del experto, sin un adecuado fortalecimiento institucional y del aparato de justicia en las zonas de mayor influencia de la guerrilla, un recrudecimiento de la violencia podría ser inevitable.

“Estamos hablando de territorios de categoría 6, como Tumaco, por ejemplo. Allí, la debilidad presupuestal e institucional es evidente. Por eso eran las Farc, en muchos de esos territorios, quienes administraban justicia y dirimían conflictos. Si no hay un fortalecimiento real del Estado, si los pobladores no sienten la llegada de instituciones que les permitan mejorar su calidad de vida, si no organizamos la llegada de jueces o por lo menos de casas de justicia, difícilmente se podría llegar a un buen término”, sostuvo Ávila.

Eso implica, además, tener una política clara de combate a las economías ilegales con las que las Farc derivaban su sustento. “Muchos sectores ilegales van a querer retomar ese mercado. Está en el Gobierno impedirlo”.

Romper la ‘tradición’ de incumplimiento de los acuerdos

Alejo Vargas, quien ha vivido de cerca las negociaciones entre el Gobierno y las Farc, considera que más allá de lo que pase en las zonas de guerra, el gran problema está en lograr llevar a la práctica todo lo acordado.

“En este país, a lo largo de la historia, hay una altísima tendencia a no cumplir lo que se acuerda. Ha pasado con los grupos sindicales, con los indígenas y con diferentes sectores sociales. El final del conflicto incluye garantizar condiciones de seguridad a la hora de una reincorporación a la vida civil y adelantar reformas para la creación del nuevo escenario político que se viene. Y ese no es un tema de este Gobierno, debe ser una política de Estado a partir de ahora”, enfatizó Vargas.

Esto, por supuesto, no es un tema que se logrará de la noche a la mañana. De hecho, Paz y Reconciliación, en su informe ‘Lo que hemos ganado’, habla de un primer plan de choque de corto plazo cuya prioridad será generar credibilidad y confianza entre los colombianos, en especial de quienes más sufrieron el conflicto.

“En otras palabras, es una acción comunicativa en la que, aún no habiéndose desarrollado las transformaciones estructurales de fondo, la población logra percibir que algo ha cambiado y, de esta manera, construye esa expectativa favorable que acrecienta la legitimidad del proceso”, señala el documento.

Esto, añade el texto, requiere poner en marcha y comunicar efectivamente las “victorias tempranas de la paz que incluyen además de una amplia pedagogía, mejoras en infraestructura, en saneamiento básico (agua y luz) y, como ya se mencionó, la sensación de justicia e institucionalidad en las zonas más golpeadas por la guerra.

Desarmar el lenguaje

Un reciente estudio del Observatorio de Medios de la Universidad Javeriana puso en evidencia que los medios de comunicación están cubriendo el proceso de paz como si estuvieran cubriendo el conflicto. Es decir, con un lenguaje confrontacional donde las opiniones y las declaraciones políticas a favor y en contra se imponen frente a los análisis y los reportajes a profundidad sobre el proceso.

De hecho, el informe, que tomó como referencia a los principales medios nacionales de prensa y televisión, señala que mientras las columnas de opinión constituyeron el 29 % de las piezas que se vieron en medios sobre el proceso, los temas de análisis solo representaron el 4 % y ni qué decir de los reportajes, que no alcanzaron ni siquiera el 0,4 %.

Esto, a juicio de Mario Morales, director del Observatorio de Medios, deja en evidencia que el lenguaje que ha llegado a los colombianos sobre el proceso de paz es puramente “emocional”: “Cubrimos la paz como cubrimos la guerra. Con bandos, con confrontación y con vencedores y vencidos”, dijo el analista.

Por eso, Alejo Vargas considera que otro de los retos inmediatos será ‘desarmar el lenguaje’. Dejar atrás ese lenguaje polarizado y conflictivo. “Si no desarmamos nuestra forma de pensar, difícilmente se logrará el apoyo necesario para que haya un tránsito efectivo de la guerra a la paz”, señaló.

Y añadió: “Mientras sigamos viendo a un miembro desmovilizado como una persona leprosa, y no como parte de una misma sociedad, será imposible lograr la paz. Aprender a convivir es un proceso cultural grande, en el que los medios, la academia y los líderes sociales debemos aportar. De lo contrario, será muy difícil detener el fuego”.

RAFAEL QUINTERO CERÓN
Unidad de Datos EL TIEMPO

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