Cuestión de confianza

Cuestión de confianza

En Bogotá, parece que el candidato que más confianza suscita es Rafael Pardo.

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21 de septiembre 2015 , 07:10 p. m.

Mientras las encuestas indagan sobre la intención de voto y se hace imposible para el ciudadano establecer el origen de las grandes diferencias entre los resultados de diversas firmas, vale la pena olvidarse por un momento de las apuestas que inducen a sufragar por quien parezca que va a ganar para pensar, más bien, en quién ofrece mejores condiciones para gobernar.

En varias de las ciudades más importantes del país aún no es clara la tendencia de los electores, lo cual apunta a que habrá resultados muy reñidos para la escogencia de los alcaldes. Esto parece indicar que en esos sitios nadie está representando con nitidez el sentir de la gente, cada vez menos ligada a partidos políticos o a grupos de poder con capacidad de manipular grandes volúmenes de votantes.

La dispersión en las preferencias también obedece a una proliferación de candidatos, muchos de ellos sin una definición política o ideológica, lanzados a conquistar audiencias y lealtades con la promesa de ser independientes avalados por firmas, en vez de pertenecer a una colectividad con algún grado de identidad. Así, muchos de los aspirantes al poder local van por cuenta propia, tratando de captar la enorme franja de electores que se siente cada vez más decepcionada y escéptica frente a la llamada clase política.

Pero el asunto central es saber quién o quiénes despiertan y merecen la confianza de los ciudadanos. Hacer ciudad no es resolver problemas de vías, construcción de colegios y hospitales o proliferación de subsidios. Más importante que todo esto es generar condiciones de convivencia, capacidades de cooperación, mecanismos de acercamiento entre sectores de la ciudad, entusiasmo por defender el bien público, estímulo al trabajo y al esfuerzo personal y colectivo. Todo esto debe desembocar en un profundo sentido de pertenencia que invite al cuidado y respeto de los demás y, desde luego, del mobiliario urbano, los parques, los monumentos...

Esto puede lograrse. Lo han logrado miles de ciudades en el mundo, ciudades que se perciben bonitas, amables, acogedoras, seguras... y siempre, sin excepción, la tarea de educación ciudadana ha provenido de gobiernos en los que se puede confiar, sea que hayan surgido de partidos políticos o, en casos mucho menos frecuentes, de candidatos independientes.

En el caso de Bogotá, parece que el candidato que más confianza suscita es Rafael Pardo. Las encuestas no le dan una gran ventaja en la intención de voto, pero sí revelan con toda claridad que es el que menos resistencias despierta entre la gente. Es comprensible, pues tiene una larga trayectoria dedicada al servicio público, donde se ha destacado por su seriedad y eficacia, sin necesidad de recurrir a la estrategia usual de buscar pleitos y agredir a cuanta gente se cruce por su camino. Ha señalado, sin ambigüedad, que la ciudad debe capitalizar sus logros en vez de proclamar la refundación de Bogotá, como parece subyacer en la actitud y publicidad del candidato Peñalosa.

De él no me gustan su arrogancia, ni su convicción de ser el mejor urbanista del planeta, ni su incapacidad de conciliar puntos de vista diferentes, ni su pretensión de rueda suelta, que se convierte en terquedad autoritaria.
Pardo siempre ha tenido una línea de pensamiento coherente, de talante liberal, y, para bien o para mal suyo, ha hecho parte de ese partido siempre. Prefiero a quienes puedo identificar ideológicamente, como a Clara López o a Pacho Santos, que a quien cambia de bando para cada oportunidad electoral.

Clara es una mujer extraordinaria, pero el partido que la impulsa es el mismo que entronizó a un Samuel Moreno desconocido en la ciudad y gobernó con él sin escrúpulos. Y el partido de Pacho es tan explícito en sus planteamientos que no deja ninguna duda sobre la desconfianza que puede producir en cualquiera que defienda valores libertarios.

Francisco Cajiao

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