Una odisea de Bagdad a Bruselas

Una odisea de Bagdad a Bruselas

Khalid Walid Alí, iraquí de 34 años, hizo el viaje con un amigo, Ali Wali y con un conocido de éste.

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21 de septiembre 2015 , 06:05 p. m.

Cientos de refugiados llegan desde hace semanas a Bruselas, la capital belga. La mayoría son sirios e iraquíes. Algunos, principalmente eritreos, llegaron cruzando el Mediterráneo desde Libia hasta Italia y luego atravesaron Francia. Los originarios de Oriente Próximo hicieron “la ruta de los Balcanes” atravesando Turquía, Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría, Austria y Alemania. Los sirios e iraquíes son mayoritariamente familias, casi todas con niños pequeños, algunas con algún abuelo. Los eritreos son en su inmensa mayoría jóvenes varones y muy pocas chicas.

La mayoría duerme y pasa el tiempo en un campo de refugiados que se estableció poco a poco durante las últimas semanas en el Parque Maximilian, en pleno centro de la ciudad y junto a las torres de oficinas del barrio administrativo, conocido como “la pequeña Manhattan”.

Están ahí porque por ese parque pasa la calle donde está la oficina de Extranjeros, que debe registrar sus solicitudes de asilo. Un empleado de esa oficina explicó a EL TIEMPO que procesan 250 solicitudes al día desde que el gobierno reforzó el dispositivo, pero que sigue llegando gente y que algunos días llegaron más de 500, por lo que llevan retraso.

En cuanto su solicitud de asilo queda registrada, los refugiados tienen derecho a algunas ayudas sociales, una tarjeta sanitaria y a escolarizar a sus hijos. Hace dos semanas -que empezó el curso escolar en las escuelas belgas- llegaron los primeros niños refugiados. El gobierno belga trabaja a marchas forzadas para adaptar un edificio abandonado en el mismo barrio, en el que alojaría a los refugiados y así podría desmantelar el campamento, gestionado y cuidado por varias ONG, pero donde los refugiados apenas tienen unas carpas para cobijarse.

‘En Irak solo hay violencia’

En ese campamento, sentado junto a una tienda de lona, está Khalid Walid Alí un iraquí de 34 años. Es un tipo alto y fuerte, y muestra tres cicatrices de balazos. Guarda en el bolsillo de su abrigo el documento que con la convocatoria a la Oficina de Extranjeros. Hizo el viaje con un amigo, Ali Wali y con un conocido de éste, Saad Luhaibi, de Faluya, una ciudad asediada por el Estado Islámico.

Walid Alí cuenta que atravesaron el norte de Iraq y parte de Siria pagando 3.700 dólares a traficantes de personas que consiguieron meterlos en Turquía. Llegaron a la ciudad de Esmirna, desde la que, tras volver a pagar a los traficantes, consiguieron llegar en un pequeño bote hasta la isla griega de Samos. Desde ahí fueron a Atenas, tras ser registrados por primera vez en Europa, en el ferry que el gobierno heleno utiliza para evacuar las islas de refugiados.

Desde Atenas, Walid Alí y sus dos compañeros de ruta subieron por Grecia hasta Tesalónica, atravesaron Macedonia y Serbia y cruzaron la frontera húngara. En Serbia les robaron parte del dinero que todavía tenían, pero asegura que Hungría fue el país que los trató: “los traficantes de personas actúan como quieren, la policía los ve y no hace nada”.

En total, dice haber gastado 7.000 dólares en el viaje, la mayoría para pagar a traficantes en su país, Siria, Turquía y Hungría. Dice que donde único no pagó fue para llegar de Atenas al norte de Serbia y para cruzar Austria y Alemania. En Bagdad era soldado pero desertó para huir de Irak: “solo hay violencia, llevamos así años y años, muertos cada día, atentados, no es vida”.

Cuenta Walid Alí que tras pasar unos días en el campo retención de Röszke, al sur de Hungría, el agujero negro de esta ruta por sus deplorables condiciones, donde los refugiados estuvieron encerrados como en una prisión y donde la policía húngara llegó a usar perros y gases lacrimógenos, llegó hasta Budapest y de ahí en tren hasta Austria para seguir hacia el norte y entrar en Alemania.

Pero Walid Alí no quiso quedarse en Alemania como la mayoría de los refugiados. Así que en Múnich tomó un tren para llegar hasta Bruselas “porque las leyes de reunificación familiar belgas son más flexibles”. Su idea es traer a su mujer y sus hijos en cuanto consiga la documentación de refugiado: “no quiero que hagan el viaje que yo hice, es muy peligroso. Con los papeles podrán volar desde Turquía”.

El tren de Múnich a Bruselas hacía transbordo en Fráncfort. Ahí fueron detenidos por la policía alemana, durmieron una noche en un calabozo y fueron registrados. Al día siguiente los dejaron libres.

Dice Walid Alí que por miedo a volver a ser detenidos, él y sus dos compañeros de viaje hicieron el viaje desde Fráncfort hasta Bruselas caminando de noche y escondiéndose de día. Siguiendo la autopista son casi 400 kilómetros.

Walid Alí asegura que la vida en su país era imposible: “Irak está acabado, como Siria, llevamos 12 años de guerra desde la invasión de los estadounidenses”. Por eso dejó a su familia en Bagdad con la esperanza de conseguir asilo político para que las autoridades belgas le permitan la reunificación familiar. Con esa documentación, planea que su mujer y sus hijos viajen hasta Turquía y desde allí puedan volar a Bruselas. Porque no quiere que su familia tenga que hacer el viaje que él hizo.

IDAFE MARTÍN PÉREZ
Para EL TIEMPO
BRUSELAS

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