Más días sin carro, menos gente en bici

Más días sin carro, menos gente en bici

Los días sin carro, a la larga, fomentan posturas extremas y le cierran las puertas a la convivencia

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21 de septiembre 2015 , 06:02 p.m.

El alcalde Gustavo Petro se equivoca al intentar estimular el uso de la bicicleta a punta de días sin carro. Al ideologizar la promoción de este modo alternativo, solo consigue radicalizar a quienes lo utilizan y lo siguen, enfurecer a quienes se oponen a él y a sus políticas y, sobre todo, decepcionar a quienes andamos en bici y quisiéramos que, por las buenas, más gente se pasara a ella.

Los días sin carro como el de hoy, el tercero del año, a la larga fomentan posturas extremas y le cierran las puertas a la convivencia. Es un ejercicio para convencer a los convencidos y darle más razones y motivos de furia a quienes, por la razón que sea, no quieren, no pueden o por orgullo ya ni siquiera consideran la posibilidad de probar en carne propia todas las virtudes de este velocípedo.

Soy ciclista urbano desde hace quince años y quienes me conocen pueden dar fe de que no desaprovecho oportunidad para promover esta opción y abogar a favor de las políticas y obras que le abran espacio. Estoy convencido de su potencial para construir igualdad, virtud más valiosa incluso que la de su impacto positivo en la movilidad de una urbe. No obstante la contaminación, la inseguridad y los obstáculos físicos, climáticos y culturales que persisten en Bogotá para su uso, sigo creyendo que para un porcentaje mayoritario de mis desplazamientos cotidianos es, y de lejos, la mejor alternativa.

Ahora bien, también con frecuencia prefiero caminar, soy usuario del transporte público y tengo un vehículo particular. A todos estos modos les veo pros y contras. Estoy convencido, por más que suene a obviedad, de que no son excluyentes sino complementarios. Y aquí comienza el problema. Tengo la percepción de que los nuevos usuarios que ha ganado la bici en estos últimos años tienden a constituirse en secta, lo cual no merece ningún reproche, de no ser porque esta tiene rasgos beligerantes y excluyentes que para nada ayudan a que su uso crezca, actitud que es percibida por el resto de bogotanos y que alimenta actitudes hostiles hacia nosotros. Animadversión a la que bastante han colaborado los que, desde la altura de su sillín, con insoportable arrogancia y superioridad moral, miran por encima del hombro a todos aquellos que no se han sumado a la causa mientras se saltan un semáforo en rojo, invaden andenes y no respetan las más mínimas normas.

Que este propósito se convierta en dogma y, lo que es peor, en causa al servicio de proyectos políticos que la trascienden es un craso error. La promoción de la bicicleta no puede ser patrimonio de Peñalosa, Petro o de los que empiezan a conocerse como los ‘bicifascistas’, sino de los bogotanos. Mientras sea rehén de un político o de una población militante –y por lo general afín al político–, el objetivo de que cada vez sean más y más diversos sus usuarios difícilmente se cumplirá. Lograr que más gente la use no se consigue con marchas, consignas y medidas represivas, sino con persuasión, ejemplo y mínimas condiciones en términos de normas e infraestructura. Como el niño que se niega a tomarse la sopa de espinaca. Entre más insistan sus padres, más se empecinará en su negativa. Y ni hablar de qué pasa si llega la amenaza de castigo; con frecuencia bota el plato, lo que para estos efectos se equipara a la popular echada de carro encima.

Al comenzar el cuatrienio, la Bogotá Humana nos llenó de ilusiones a los ciclistas urbanos. Hoy, a días de terminar, en su legado en este campo hay más discursos que obras. Sin duda hizo más que sus antecesoras inmediatas, en tanto puso el tema en la agenda, vinculó a gente sensata con ideas maravillosas e implementó los bicicarriles, pero a la hora de las evaluaciones vemos que no ha cumplido las metas del Plan de Desarrollo, en el que prometía 145 km de ciclorrutas –a hoy han construido 30– y mantenimiento a toda la red. Tampoco se registran avances sustanciales en temas que solo exigen gestión y que son cruciales, como el hacer que los parqueaderos cumplan con la norma que los obliga a recibir bicicletas. Fallas que dan motivos de peso para cuestionar qué tan real y sincero es el compromiso. Si la bici para Petro ha sido, ante todo, un caballito de batalla.

Federico Arango

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