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'Quisiera que hubiera un presidente de izquierda': Claudia Gurisatti

'Quisiera que hubiera un presidente de izquierda': Claudia Gurisatti

En entrevista con BOCAS, la directora de Noticias RCN habla de su vida y de su postura política.

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Claudia Gurisatti en pijama, pantuflas y la cara sin una señal de maquillaje. Claudia Gurisatti a las 10 de la mañana, 540 mensajes nuevos en su celular y todavía en su casa, no en su oficina, como es habitual a esa hora. La noche anterior se dañó la bomba de agua de su apartamento y todo empezó a tronar. Su esposo, Antonio García, un diplomático español, tuvo que levantarse a ver de dónde venía el ruido y buscar una solución. Claudia Gurisatti en su primera semana con toda la familia en Bogotá –ella, su marido, su hija Hanna, de 8 años, sus mellizos Rafael y Martín, de 3– después de un largo tiempo de vida tranquila en Filipinas y Panamá, desde donde dirigía el canal de noticias NTN24, su creación. Claudia Gurisatti, 41 años, vallecaucana, frentera. Con la mira puesta en sus metas desde adolescente y el coraje necesario para cumplirlas. A los 10 años recortaba noticias de los periódicos y veía los programas periodísticos imaginándose reportera. Hoy es directora de Noticias RCN y una de las periodistas con más poder de opinión en el país. La llaman uribista, la tildan de “enemiga de la paz”, le critican los cambios que ha hecho en el noticiero. También la admiran. Rodeada de polémica –siempre la ha seguido por su temperamento fuerte y su vehemencia a la hora de defender sus posiciones–, Claudia Gurisatti hoy se siente tranquila. Las metas ya están cumplidas, dice, con el acento valluno más marcado que nunca.

Desde que llegó a la dirección del noticiero, hace seis meses, la critican por hacer tan evidente su posición política.

Me tiene sin cuidado. Se pueden caer todos los opinadores diciendo que soy uribista o más uribista que el uribista. Yo hago este trabajo porque me encanta el oficio periodístico. ¡Y claro que tengo una posición política, como la puede tener cualquier otro periodista! Cuando era periodista rasa, y estaba aprendiendo a ejercer este oficio, veía a las Marías en QAP [María Elvira Samper y María Isabel Rueda, directoras del noticiero] haciendo una oposición férrea a Ernesto Samper. ¿Y? ¿Eran pastranistas? ¡Qué importa! ¿Cuál es el problema de tomar posiciones editoriales? Para eso tenemos la experiencia de habernos pateado, olido, conocido este país, de haber estado en varios de los momentos más dramáticos de Colombia. Por nuestra experiencia podemos tener posiciones editoriales. En una democracia los medios pueden tenerlas. De cuándo acá nos escandaliza si siempre ha sido así. Lo que sí es una caricatura es decir que todo lo que hago o dejo de hacer en el noticiero es por uribismo o no.

Hubo un tiempo en que usted parecía tener ideas de izquierda…

Todavía tengo muchas ideas de izquierda. Lo que pasa es que el radicalismo no me gusta y me desencanté por eso. Tengo amigos de izquierda, algunos con pensamiento realmente democrático y otros para quienes la izquierda está por encima de la democracia y eso no me gusta. Cuando percibí que para ellos la ideología era más importante que los principios democráticos, no me sentí cómoda. Hoy resulta que si no eres de izquierda, eres el monstruo. O si eres de extrema derecha y el otro no piensa como tú, eres un monstruo también. ¿Qué es esto? Es aterrador. Yo sigo teniendo visiones de izquierda. Es más, quisiera que en este país hubiera un presidente de izquierda, pero de la democrática y constructiva. Hay una persona de esta ideología a la que a veces le digo: “tenés que lanzarte para que haya izquierda por la cual votar”.

¿A quién le dice eso?

A Antonio Navarro. Se lo rogué para la primera vuelta. Le dije que no fuera tonto, que era buen momento. Él ve la vida desde la construcción democrática, no desde la guerra. Y su postura es de izquierda. En Colombia tenemos un problema conceptual complicado. Y en América Latina, en general, sobre todo ahora con esas izquierdas extremas que se hacen llamar progresistas y con la teoría del socialismo del siglo XXI. ¿Una ideología justifica cualquier cosa, incluso pasar por encima de los principios democráticos? Me parece que la tendencia política, cualquiera que sea, no es el valor supremo. Lo supremo deben ser los valores democráticos. Y en vez de estar en esa discusión de izquierda o derecha, deberíamos ver cómo caminar hacia un país moderno. Pero no podemos pensar en lo importante por estas ideologías. Y por los fanáticos de la guerra. Para mí, las Farc son unos fanáticos de la guerra, así nos los estén pintando ahora en una mesa de paz. Son personas que ven el mundo en guerra. Con o sin armas, lo seguirán viendo en guerra.

No parece creer en el proceso de paz…

Estás hablando con la persona más escéptica del mundo frente a ese proceso. Te lo digo sin reparos. No de que lleguen a firmarlo, porque eso puede darse. Escéptica frente a las verdaderas intenciones de las Farc. No les creo.

¿Cómo ve la posición del presidente Santos ante el proceso, entonces?

Es difícil meterse en la cabeza de los otros, y más de los poderosos. No ha habido un solo presidente que no haya querido pasar a la historia con algo. Creo que Santos quiere un país sin guerra. Pero las Farc no conciben el mundo sin guerra. No les veo ningún tipo de nobleza. Todos en la vida, por alguna razón, hemos pedido perdón. Ellos, no. Al contrario, todo lo justifican. ¿Qué puede salir de ahí?

¿Lee los mensajes que le dejan en las redes sociales, en los que le dicen, por ejemplo, que es “enemiga de la paz”?

A veces. No tengo mucho tiempo. Las redes sociales son una anarquía de desahogo. Sé que han dicho eso pero, como es mentira, no me importa.

¿No le aburre que algunos digan que ha tenido esa carrera tan exitosa en RCN porque es la consentida del jefe, Carlos Julio Ardila?

A las mujeres nos ven como protegidas, siempre. Es un gaje del oficio. No creo que Colombia sea un país muy machista, pero tenemos rezagos y entonces, si logras algo, dicen que es porque tuviste una relación o se enamoraron de ti. Eso forma parte del chisme de pasillo o de la calle. Que te ven en el grupo de los consentidos de Carlos Julio Ardila, mi jefecito divino… hasta natural que lo piensen. No le doy importancia. Llevo más de veinte años haciendo periodismo, me la he guerreado, monté un canal contra viento y marea. Y la verdad, casi nunca oigo esos comentarios. De pronto al comienzo, pero ya no.

Hablemos de ese comienzo. Hay dos datos sobre su lugar de nacimiento: Cali y Buga.

Nací en Cali, pero crecí en Buga. Viví allá desde los 2 años porque mis papás se separaron y fue una separación compleja. A mi hermana menor, Isabela, y a mí nos criaron nuestros abuelos maternos en Buga. Mi mamá, que trabajaba en Cali, iba y venía. Había fines de semana que nosotras íbamos allá. Era la época en que en este país se podía viajar en bus. Cogíamos el Expreso Palmira y llegábamos a Cali en una hora y no pasaba nada. Con mi papá, la relación era más lejana. Pero crecimos tranquilas, en un ambiente de abuelos.

¿Cómo es crecer en un ambiente de abuelos?

Es una delicia. Lo mejor que le puede pasar a uno en la vida son los abuelitos. Aunque mi abuelita era sumamente estricta. Le gustaba criar, así que era muy disciplinada con nosotras y llevaba la casa con reglas concretas. Pero al mismo tiempo era muy cariñosa. Si uno quería galletas, salía corriendo a hacerlas. Tuve una infancia de ciudad pequeña, con religión presente, rezada de rosario, cumplimiento de deberes. Mi abuelita nos levantaba los sábados: hoy vamos a sembrar matas, hoy vamos a recoger mangos en el solar.

¿No era difícil, lejos de los papás?

Claro. Eso te golpea. Pero cuando hay calor familiar, hay abuelos, primos, tíos, se amortigua bien. Mi mamá nos tuvo muy joven y tenía que trabajar y seguir estudiando. Mi papá tenía que hacer su vida. No es tan raro como uno cree.

¿Por qué fue tan traumática la separación de sus papás?

Porque eran muy jóvenes y cuando decidieron separarse hubo una pelea por la patria potestad. Y a nosotras, a mi hermana y a mí, nos secuestró mi abuela paterna y nos llevó a una finca en los Farallones. Nos tuvo allá tres meses. Eso fue con rescate del B2 o del F2, no sé cuál de los dos. Mi abuela, la italiano-rumana, era más loca que una cabra. Ella no era normal. Era brillante, inteligente, pero de impulsos. Y llegó a la casa, mientras mi mamá estaba en la universidad, y nos cogió y se perdió con nosotras en una finca prestada. La pelea familiar fue horrible. El desespero de mi mamá buscándonos, pensando que nos habían sacado del país. Mi papá y mi abuelo no decían nada. Al final, una vecina contó que nos había visto salir, los agentes dieron con quién había prestado la finca y nos rescataron. Mi abuela los recibió escopetada y todo. La detuvieron, pero mi mamá no le quiso poner el denuncio porque le dio pesar y la cosa quedó así. Fue de los primeros casos de secuestro allá. Yo tenía 2 años, así que de esos meses no me acuerdo, obviamente. Pero sí de lo que a partir de ahí se comentaba en la familia. Mi abuela después pidió perdón. Y cuando se enfermó, mi mamá estuvo con ella y la cuidó. No fue un asunto que se quedó sin resolver, pero a mamá le dejó unos traumas horribles.

¿Desde niña sufría de asma?

Arrancó de niña, pero no tan fuerte. Se me complicó más al llegar a Bogotá, a estudiar en la universidad. De niña tuve episodios malucos, pero pasaban. Esos ataques son horribles porque no puedes hablar ni respirar. Cualquier cosa te los puede activar. Cuando uno está medio triste, por ejemplo, se siente como desamparadito en la vida, se pone más propenso.

Su mamá, bióloga. Su papá, profesor…

No, no. Mi papá es matemático. Ha trabajado toda la vida en sistemas. El profesor era mi abuelo italiano, Antonio Gurisatti, que huyó de la guerra. El ejército de Mussolini se lo había llevado y, como estudiaba arquitectura, lo pusieron a la fuerza a hacer planos de guerra. Él se escapó con mi abuela. Llegaron a Buenaventura y se instalaron en Cali. En realidad iban para África, pero a última hora cambiaron tiquetes con alguien que necesitaba viajar para reunificar su familia. Acabaron aquí sin saber ni cómo. Mi abuela decía que Buenaventura le pareció de espanto. Cuando tomaron la

carretera, la antigua vía al mar, la camioneta que los llevaba se varó y pasaron la noche en la carretera. Las ranas les brincaban encima y ella juraba que habían llegado a una selva. Pero cuando vio Cali, se enamoró de la ciudad. Ellos eran del norte de Italia y vivieron su infancia en Hungría. Luego encontraron su lugar en Cali. Mi abuelo dictó clases toda su vida en la Universidad del Valle.

Entonces: papá matemático, mamá bióloga. ¿Por qué el periodismo?

Me gustaba. Me gustaba estar enterada. Mi abuelito materno, Rafael Barreto, veía muchos noticieros y programas de opinión. Veía El juicio, el de Margarita Vidal, Pasado en presente... Y yo me sentaba con él a verlos. Desde pequeña. Para mí, uno de los grandes placeres del domingo era que llegaran los periódicos. Mi abuelo compraba El Espectador y Occidente y yo me sentaba con él a leerlos. Recortaba las fotos o las noticias que me interesaban y las llevaba al colegio. Se las entregaba a la profesora y le decía: mire lo que pasó. Yo estaba en cuarto o quinto de primaria. Una profesora me siguió la cuerda y dijo que eso era buena idea, y puso a todos los alumnos a llevar recortes de periódico. Tengo muy presente el terremoto de Popayán, en el 83. Vi la imagen de la catedral destruida, la recorté y la llevé. Cuando llegué al colegio, nos reunieron a todos y nos dijeron que había una mala noticia: un compañero nuestro había muerto en el terremoto. Y yo ahí, con el papelito. Me impactó. Ahí dije, claro, las noticias son de verdad, son reales, afectan.

Parece que era buena alumna…

Era una nerd. Hice la primaria en el colegio Santa Teresita, que era de una tía, hermana de mi mamá. Y el bachillerato en el Gimnasio Central del Valle. Si no era la primera, era la segunda. Siempre izaba bandera. Me fascinaba estudiar. Cuando nos repartían por grupos en clase de literatura y a cada uno le adjudicaban un libro para leer, yo los leía todos y hacía trabajo sobre todos.

Y vino a estudiar a Bogotá. ¿No pensó en quedarse en Cali?

Me presenté y pasé en la Universidad del Valle, pero dije, no, me voy para Bogotá. ¡La capital! Llegué a los 17 años a estudiar Comunicación Social en la Javeriana. Aterricé primero donde una tía, luego donde otra, y como al año me fui a una residencia estudiantil donde vivían todos los de Buga. Era súperdivertido. Es que los grandes medios estaban acá. Y yo lo tenía clarísimo: quería trabajar en un medio grande. Y concretamente, en televisión.

¿Tenía un modelo a seguir?

Quería ser como Margarita Vidal. Me sentaba a verla y me encantaba. Después trabajé con ella en La Noche y me sentí la mujer más feliz del mundo. También veía a Ángela Patricia Janiot, en Testimonio. Y a Lucía Madriñán. Yo miraba a esas viejas y me parecían espectaculares, inteligentísimas, pilísimas. Eran inspiradoras. Tenía clara mi meta, pero que fuera yo la periodista para hacerlo no estaba tan definido. Fíjate que ni siquiera hice el énfasis de periodismo en la universidad, sino el de comunicación educativa porque estaba más enfocado en producción de televisión y yo adoraba –adoro– la producción de televisión. Es lo que más me gusta de mi trabajo.

Empezó a trabajar muy pronto...

Desde comienzos de la universidad, para pagar el Icetex y tener para los gastos, trabajaba en cositas. Vendía apartamentos. Los fines de semana venía por aquí cerca de donde hoy vivo y mostraba apartamentos modelo. Pero un día decidí que no iba a perder más el tiempo en cosas diferentes y me puse a buscar trabajo en los medios. En el noticiero AM-PM, que se lo acababan de entregar al M-19, estaba Jairo Pulgarín, que venía de Cali. Yo no lo conocía, pero le pedí una cita y le dije: “mirá, yo te veía allá, en Telepacífico, y quiero trabajar”. Me dijo que era muy chiquita. Pero le insistí. Le propuse ayudar en producción. Y entré por ahí. Traía y llevaba casetes, iba por los microondas a Inravisión y volvía, llevaba la caja del VTR... Me pagaban para el bus.

¿Estudió con crédito del Icetex?

Mi hermana y yo fuimos de crédito de Icetex, sí. Eso y algo de ayuda de las tías. Y de nosotras mismas: ambas hemos trabajado desde chiquitas.

De ese tiempo a hoy, ¿se siente distinta?

En ciertas cosas, sí. Creo que uno tiene una esencia que va puliendo. Me siento una persona mucho menos ansiosa. Hoy relativizo más las cosas. Lo que antes me parecía lo más importante, ya no lo es. También porque tengo mis hijos y cuando uno tiene hijos –no todo el mundo, tampoco es que sea un parámetro– tiende a ver que hay otras prioridades. Son etapas. Y no es que una sea mejor que otra. Antes, por ejemplo, pensaba que estar de siete de la mañana a una de la mañana en el noticiero era lo normal y no me lo cuestionaba. Ahora digo, no, eso no es normal, porque hay otras cosas. Al principio uno va logrando lo que quiere –porque yo quería eso: trabajar en televisión, en periodismo, y fui cumpliendo mis metas a veces sin darme cuenta– y piensa que eso es normal. Pero ahora veo que no es así. Yo he tenido bendiciones en la vida y he aprendido a ser más agradecida. Te digo que en eso sí he cambiado: hoy cada día de vida lo agradezco, cada cosa que logro, la agradezco. Antes me parecía lógico, como con la arrogancia de la inmadurez.

Otro cambio: dejó de fumar.

Ay, lo dejé desde el embarazo de mi hija Hanna. Como era cool fumar, sobre todo en las redacciones... Fumé desde los 17 años, qué espanto. Belmont, Marlboro, lo que hubiera. Llegué a fumarme dos cajetillas al día. Pero dejarlo no fue tan duro porque lo hice por Hanna. Y el metabolismo cambia. Ya no me dan ganas de fumar. Lo veo y ni se me ocurre. Además, están los hijos. Me da pena que alguien me vea fumando sabiendo que tengo hijos.

¿Puede decirse que Yamid Amat fue su primer gran jefe, en CM&?

El gran jefe de la vida. Porque Yamid le enseña a uno a amar la noticia con pasión, a lucharla, a ser ambicioso en su consecución. Si no hubiera tenido un jefe como Yamid, no sé si hubiera llegado a darme cuenta de lo que era capaz. Yamid era insaciable. Nada le gustaba. El ejercicio mental que impone Yamid a los periodistas, o por lo menos en mi época, te obliga a pensar que todo puede ser mejor, que la chiva puede ser más grande. Y el cerebro se activa. Es una presión muy fuerte, pero si uno lo toma con humor, la pasa bien. Al final yo me decía: necesito conseguir una noticia que él no sepa para verle esa cara de felicidad que pone. Y yo también me ponía feliz. Vivía tan metida en eso, tan activa. Me acuerdo de que un día me dio amigdalitis con fiebre de 40 grados y Néstor Morales me hizo ir porque Yamid me quería en el set. Me puse una inyección y allá llegué. Increíble. Esas cosas templan el carácter.

Se le volvió un reto…

Totalmente. No dejarse. Yo pensaba: no puedo ser tan boba, no puedo salir de aquí chillando. Se me hacían unos nudos en la garganta horribles, pero decía: no importa. Hoy lo agradezco. He tenido unos jefes divinos. He discutido con ellos, obviamente. Que le vaya a uno bien con un jefe no quiere decir que no discuta. En estos ambientes de tanta presión, de tantos egos, hay que estar preparado para eso. Y seguir adelante. A menos que ya sea un maltrato en términos personales, algo ya destructivo, con lo que no estoy de acuerdo.

Esa actitud debió servirle para entrevistar a un tipo como Carlos Castaño.

Me dio mucho miedo. Lo que pasa es que, no sé por qué, cuando estoy en acción me sale como un escudo sin saber de dónde. Me asusté mucho en El Caguán, en la zona de despeje, cuando fui a entrevistar a “Raúl Reyes”. Yo tenía buena comunicación con Reyes, la verdad. Pienso que en un momento hubo en ellos algún grado de respeto hacia los periodistas, luego ya no. En esa ocasión “Iván Márquez” me amenazó. Fue muy agresivo. Reyes me dijo: “ah, eso no le pare bolas que le dieron duro en un combate y por eso está amargado”. Ahí pensé todavía más que me tenía que ir rápido de allá. Con Castaño también hubo miedo y tensión. Era un tipo con un cerebro demente. Y uno ahí, en la selva, al frente de una persona que ha ordenado todas esas masacres.

¿No salía con mala energía después de esos encuentros?

Mucho. Entonces buscaba a la familia, a los amigos de Buga, a los amigos de la universidad, o me iba a hacer mercado. La vida normal lo saca a uno de eso.

Pero mientras hacía su vida normal, una tarde de cine, recibió una llamada en la que le avisaban que la estaban buscando para matarla...

Es verdad. Estaba entrando a cine, en Atlantis, cuando me llamó el fiscal de entonces, Alfonso Gómez Méndez, y me dijo que estaba en riesgo. Yo había recibido decenas de amenazas. Llamaban al canal y decían que tenían información de algo que le iban a hacer a Claudia Gurisatti. Era algo casi permanente. Pero ese día habían capturado a un tipo de las Farc y él había dicho que me iban a matar. Después de hablar con el fiscal, llamé al general Jorge Enrique Mora, que era el comandante del Ejército, y él me dijo: “a usted no la quieren las Farc, no la quieren los paras; o los paras pueden hacerle algo para echarle la culpa a las Farc, usted es una persona difícil de cuidar”. Me dio a entender que era mejor no exponerse. Me fui a Miami porque teníamos convenio con Telemundo y pude hacer el programa La Noche durante seis meses desde allá. Me prestaban una hora de estudio y conexión satelital.

¿Ha hecho enemigos durante su carrera?

Todo el tiempo. En periodismo hay mucha susceptibilidad. Si uno cubre orden público, pues fregado porque ahí uno se mete directamente con los criminales. Y los criminales lo ven a uno como parte del Estado. Como los medios se someten a la Constitución y a las reglas del Estado de Derecho, se convierten en sus enemigos. Así nos ven las Farc: si no estás conmigo, estás contra mí. Y si uno cubre la actividad política y pública, y tiene la opción de ser veedor de ellos, tampoco les parece chévere. Creo que todos los periodistas tienen algún lío con alguien. Es imposible no tenerlo.

¿Y no ha temido que la maten?

Nunca me he imaginado que me va a pasar algo malo. Ni siquiera que me vayan a robar. Ando con escolta desde hace quince años, pero no siento miedo. Tal vez a veces, cuando una moto se acerca mucho, me da como susto. No más. Incluso una vez se me perdieron las llaves de la casa y dejaba la puerta apenas ajustadita, hasta que un escolta se dio cuenta y me dijo: “¿a usted qué le pasa?”.

Pobre mamá, que es la que debe sufrir.

Pobre. No sé. Como mi relación con mi mamá es tan distinta, no es madre-hija, sino como de contemporáneas, como pares. Es una relación rara, no es normal. De hecho yo cuido a mi mamá muchas veces. No es fácil.

Usted podría estar tranquila, viviendo en otro país, con sus hijos, su esposo diplomático…

Pues obvio. ¿Sabés qué me motivó a volver? Por un lado, el país. Por otro, la gente para la que trabajo. Me pareció que había un espacio importante por llenar en un medio tan importante como RCN y sentí que nadie lo estaba llenando. Me ha costado. No ha sido nada fácil. Antonio, mi esposo, me apoyó haciendo sacrificios. Verlo sacrificarse, ver a mis hijos que antes estaban en un lugar libre de peligro, es una gran responsabilidad.

Cuando llegó a la dirección del noticiero, dijo que iba a hacer los cambios con calma y no ha sido muy así…

A mí sí me han parecido con calma. Ya voy para seis meses. En RCN Noticias tengo casi cien periodistas, entre las regiones y la redacción de Bogotá. Se han ido tres cabezas. No más. Es una exageración decir, como algunos han dicho, que barrí en el noticiero. Es más, he visto cambios en otros medios de comunicación con mucha más gente por fuera y nadie habla de arrasada. Pero no se trata de compararse con los demás. Está bien: creen que arrasé. Pues resulta que no.

¿Cómo fue la salida de Vicky Dávila?

Quise innovar en el set y a ella no le gustó ni el concepto ni la forma como lo hice. Tomé una decisión que no le conté a nadie porque no quería que se volviera chisme. En estas redacciones tener un secreto guardado es imposible. Llamé a un productor una semana atrás y le pregunté qué pasaría si pusiera a tres personas en el set. Me respondió que lo podía hacer. No más. No quería contar. Esa noche esperé a que llegara Vicky, pero me llegó en el filo del noticiero. Cuando entró, yo estaba con el noticiero encima y no tuve tiempo de hablarle. Por teléfono no le iba a contar. Quería decírselo faltando unos veinte minutos. A ella no le gustó que no le hubiera dicho con tiempo y se hubiera enterado al llegar.

¿Ustedes son amigas?

Tenemos cercanía en cosas personales, pero no somos de salir juntas el fin de semana. Pensé que el tema del set había quedado aclarado, pero ella renunció. Algunos creen que hay una sola forma de hacer las cosas. Yo vengo de una cultura muy distinta, con NTN24, en la que todos los días hacemos ensayos, buscamos formas diferentes de producir, los sets son compartidos por varios presentadores. Si no se hacen cambios, nos vamos quedando anacrónicos.

¿Qué le pide al equipo con el que trabaja?

Absoluta pasión. Que amen el trabajo. Pido exactitud. No importa que piensen de tal o cual forma. Puedes ser uribista, santista, petrista, no me importa, pero te pido exactitud. Si vamos a decir algo, que sea en términos exactos. Pido compromiso. Si uno no se siente orgulloso de la empresa donde trabaja, no puede estar ahí. Pido disciplina, no tragar entero, confirmar datos. Las reglas del periodismo. Y juego limpio con los compañeros. Lograr las cosas pasando por encima de los demás es horrible. Cuando la competencia ya no es sana y se vuelve hacerle daño al otro, no la tolero.

Con todo lo que ha conseguido, ¿quiere más?

Estoy satisfecha. He sido tan feliz que ya no aspiro a nada. Quiero hacer todos los días mi trabajo de forma agradable. Eso. Mañana ya podré estar en otra circunstancia.

¿Y tiene un plan? ¿Permanecer en ese cargo un tiempo determinado, por ejemplo?

Nunca he tenido un plan en mi vida. Los momentos van y vienen y uno los va percibiendo. Vamos a ver cuánto dura este. Eso nadie lo sabe.

Es aficionada a correr. ¿Por qué le gusta tanto?

Es el ejercicio que más me relaja. Corro por el parque, aquí cerca de mi casa, o en la máquina que tengo. Me produce una sensación de que todo va pasando. Voy corriendo y siento que todo va quedando atrás. Es como una renovación. Todo quedó atrás, atrás y aquí voy: abriendo camino nuevo.

POR: MARÍA PAULINA ORTIZ
FOTOGRAFÍA HERNÁN PUENTES

REVISTA BOCAS
EDICIÓN 45 - SEPTIEMBRE 2015

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