Los conjuros de Blanca Flor en el 20 de Julio

Los conjuros de Blanca Flor en el 20 de Julio

Fue pionera en negocios esotéricos de esa plaza de mercado. Tiene clientes de todas las edades.

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20 de septiembre 2015 , 09:20 p. m.

¿Jabón chino, abrecaminos, gato japonés, talismán y llave contra males del corazón?, se le tienen. Usted pregunta y Blanca Flor Vargas le responde. Hace 41 años ocupa un terruño esotérico, la Isla del Sol, en la plaza de mercado del 20 de Julio.

En el populoso sector bogotano comenzó con la venta de verduras. Pero cinco años después, “mi Dios todopoderoso me iluminó. Yo sentía que las verduras eran algo cansón, esas madrugadas a Corabastos a las tres de la mañana. Entonces, como tomaba consultas con esotéricos, decidí que iba a montar mi propio negocio”. Fue pionera.

Canela en polvo para alejar la envidia. Usted toma un cuncho entre los dedos, levanta la plantilla del zapato y suelta la canela donde va el talón, en forma de cruz. Mientras tanto, le pide a la divinidad mucho amor, de corazón, para el envidioso. Es la receta que explica esta decana de lo místico.

Ella misma la aplica, con sus variantes profesionales, en la mañana. Entre 6 y 7 a. m. destraba candados en su ajustado espacio de dos metros de ancho por 1,5 de fondo, remueve una cortina de hierro y expone las vitrinas con un surtido colorido como un barrilete.

La doña introduce las uñas en una bolsita. De espaldas al pasillo extrae un polvo marrón, la canela, y lo esparce como rocío en el contorno de su local. “Lo hago sin que nadie me vea. Es bendito. No lo hago por fuera porque usted sabe cómo es la gente, y de pronto dicen ‘¿esta vieja qué cosas raras estará echando?’ ”

Los llamados ‘bultos de sal’, esas personas que no dan pie con bola, pueden mejorar su vida, ratifica Blanca. Rasga un fragmento de periódico y en él traza una cruz cuyas puntas le sirven para marcar una cuadrícula. Entrecierra los ojos e inicia una explicación con voz solemne.

“Usted coge un jabón rey y le corta una punta. Con esta punta se enjuaga y enjabona tres veces seguidas. El baño se hace de noche”. Marca con más garabatos el papel, que apoya sobre la vitrina.

“En una vasija pone un litro de agua y tres cucharadas de sal marina. Le agrega jugo de tres limones, dejando las cáscaras debajo de la vasija. Se baña con la preparación, del cuello hacia abajo, y se restriega las plantas de los pies con las cáscaras”.

En ese momento, arriba, un señorito de unos 19 años ojea entre el abanico de productos.

—Estoy buscando las piedras de la prosperidad.

—Tengo cuarzos, uno para cada signo del zodiaco –ofrece ella.

—No, busco es el cuarzo rosado y esas.

—Es lo mismo, mire –la señora escarba entre una guirnalda de velones, incienso, botellitas y lapiceros, porque el local también se surte como miscelánea. Saca una tableta con 11 piedras tan grandes como fríjoles.

—¿Será que le puedo tomar una foto a las piedras? –solicita el muchacho.

A sabiendas de que no va a comprar, le acomoda el catálogo para que se vaya feliz. Toma la foto y se va.

“¿En qué íbamos? Ah, sí. Entonces alista una bolsa negra y recoge el pedazo de jabón, las cáscaras y echa todo a la basura, sin tocarlos directamente porque, si no, se le vuelve a meter la sal”, advierte.

Luego apunta que tras la limpia debe irse uno a la cama. Y al día siguiente hay que lavar la ropa usada y todos los tendidos de la cama.

Protección

¿Budas barrigones, pulsera de ojo turco, esencias de trabajo pronto, elefantes dorados, pebeteras, estrella de David y jaula en miniatura? No lo dude: en la Isla del Sol hay más ingredientes que en un sancocho.

Para administrar y recomendar semejante inventario, Blanca estudió esoterismo hace 35 años. Al caer la tarde y hasta las 11 de la noche asistía a clases de manejo y prácticas con las energías, en la calle 85 con Caracas. Sus referentes no son Merlín ni Harry Potter, sino Rosa María y Salomón, dos mentores con los que tiene una foto enmarcada al lado del altar y la cual muestra con satisfacción.

“Con el tarot no me meto porque es pesado y la gente a veces miente. Es demorado, y no es que uno gane tanto; puede pasar más de una hora para interpretar y apenas ganarse 10.000 pesos, eso no es negocio”, asegura la experta, de pelo rubio, largo y teñido. “En cambio, acá yo asesoro, vendo esencias para los baños y es rápido”.

Cinco pulseras, siete anillos, seis aretes, chaqueta con cuello que simula piel de conejo, gafas rosadas, medias calentadoras, zapatos suecos, sonrisa permanente y ojos miel. Así, esta madre de 10 hijos y otros tantos nietos se gana la vida.

“En televisión hay un señor que lee el taró (tarot), pero a la carrera. Eso no es así, se necesita tiempo”, critica Blanca. Y revela que lo más terrible de enfrentar es cuando a alguien “le entierran una prenda para destruirlo. Para meterse ahí hay que tener berraquera y estar protegido con muchas cosas”.

Una señora, diga usted de unos 40 años, se aproxima a la vitrina:

—Usted ya sabe qué me da – dice–. Blanca gira, saca una esencia y se la extiende. —No, eso no es, usted sabe –se queja la cliente, acercándose. Le susurra algo al oído.

—Ahhh –dice Blanca, y vuelve a girar, para volver, esta vez, con lo indicado. La mujer se va sonriente.

¿Y qué le pidió? “Secreto profesional que no se dice”.

Ahora apunta a su altar, arreglado con astromelias, pompones, “Papito todopoderoso” y la niña María: “Mis clientes saben que todo lo que vendo sale bendecido con el permiso de Dios, porque es él quien tiene el poder, no uno”.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @felipemotoa

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