'Esa medalla era para mí. Me la habían guardado'

'Esa medalla era para mí. Me la habían guardado'

Hoy hace 15 años, María Isabel Urrutia conquistó la primera medalla de oro olímpica para Colombia.

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20 de septiembre 2015 , 07:09 a.m.

Ya no había más opción. Ya no tenía con qué pagar una habitación de hotel y solo le quedaba dormir en una estación del metro de Madrid.

A finales de 1989, María Isabel Urrutia era una pesista anónima que apenas ingresaba a la élite mundial de la halterofilia, que recién había cambiado de disciplina deportiva –del lanzamiento de bala y disco al levantamiento de pesas–, que en su primera salida internacional con las pesas había logrado una medalla de plata en el Mundial de Mánchester y que, por entonces, era beneficiaria de un convenio entre Coldeportes y el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España, con el fin de competir y entrenar al más alto nivel en Europa.

Beneficiaria a medias, porque para ella no era suficiente. Apenas recibía lo justo para vivir un mes en las residencias deportivas de la capital española, incluida la alimentación. De allí en adelante, todo iba por su cuenta. Así que ella se lanzaba al rebusque, primero a hoteles de dos estrellas, luego a los de una estrella, de ahí a pensiones de mala muerte y, por último, al frenético arrullo de alguna estación del tren subterráneo.

Todo esto lo hacía María Isabel para quedarse en una ciudad –y en una villa olímpica del primer mundo– donde tenía garantizado un verdadero entrenamiento de “alto rendimiento”. Porque en la Colombia de los años noventa no había de eso. Porque en esa Colombia, además, las mujeres no levantaban pesas. Porque en el mundo entero aquella disciplina era una incipiente modalidad de la alta competencia femenina. Y porque ella estaba segura de su oportunidad.

Por eso dilataba su estadía al máximo. Y por eso le ocultaba a Coldeportes que se quedaba más de lo debido, que alargaba los tiempos de vencimiento de sus tiquete aéreos y que dormía en las estaciones de metro sobre su colchoneta de estiramientos, envuelta en un sleeping bag –que compró cuando se dio cuenta de que esa era una opción de vida–, al lado de pordioseros, yonquis, indocumentados y ese enorme ejército de amanecidos, producto de la eterna “marcha” madrileña.

Pero lo más increíble es que semejante sacrificio no fue por poco tiempo. De hecho, con el callo que produce esa mezcla de abnegación y tozudez propia de los “fuera de serie”, así resistió la vallecaucana a lo largo de seis años de su vida.

Entre 1989 y 1995, María Isabel Urrutia aprendió que sus dos, tres e incluso cuatro meses en Europa eran tiempos de oro, tanto de aprendizaje deportivo como de perfeccionamiento en el arte de la supervivencia. Al punto que, en Berlín, en 1990, en otro convenio similar que logró luego de que el Comité Olímpico alemán la aceptara en su villa olímpica por un mes, se hizo amiga de diferentes atletas africanos con quienes aprendió un truco humanitario tan infalible como salvador:

–Vamos a dormir a los campamentos de los refugiados –le dijeron.

–Pero, ¿cómo vamos a hacer eso? ¡Por Dios! –los increpó María Isabel.

–Es sencillo, tú te callas, conservas la cara de hambre que traes y nosotros decimos que tú eres refugiada de Guinea Ecuatorial. Recuerda: Guinea Ecuatorial, allá hablan español, por si te toca decir algo.

–¿Y si nos pillan?

–Pues nos vamos para el metro.

De esa manera, entre estaciones de metro (“donde era rico dormir porque el piso es calientico”, enfatiza), casas de refugiados (“de donde lo sacan a uno temprano al otro día, sí o sí”, subraya) y salas de espera de los aeropuertos (“otra posibilidad de hospedaje gratis”, recalca), la Urrutia logró salvar centenas de noches a lo largo de un lustro, al tiempo que entrenaba, se bañaba y se alimentaba en los diferentes centros deportivos por los que pasó en sus estoicos años de formación.

Eso sí, entre los entrenamientos y la hora de dormir “nos íbamos con atletas de otros países al Corte Inglés [la popular tienda por departamentos de España] a pasear, a provocarnos de lo que no podíamos comprar, a picar de las muestras gratis de alimentos y a echarnos nuestro baño de perfume, también gratis, porque siempre hay que oler bien, ¿no? En eso nos volvimos expertos”.

Y muy a pesar de que la pesista vallecaucana ya se había coronado campeona mundial en Sarajevo 1990 (Bosnia) –hazaña que repitió en Donaueschingen 91 (Alemania), Estambul 94 (Turquía), Cantón 95 (China) y Cracovia 96 (Polonia)–, aquellos embates los soportó en silencio hasta cuando la cervecería Bavaria decidió patrocinarla. “Todas esas dormidas en el metro y en las casas de refugiados me dieron la fortaleza para no dejar que las dificultades me llevaran a tirar la toalla. Eso me enseñó a caminar por lugares difíciles y peligrosos con dignidad”.

Hasta que en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, a sus 35 años, llegó la máxima recompensa de su carrera deportiva y todos sus sacrificios tuvieron enorme sentido. El 20 de septiembre de aquel año, María Isabel Urrutia conquistó la medalla de oro en la categoría de los 75 kilos, el

logro más importante en la historia del deporte colombiano hasta esa fecha, proeza que solo se igualó, 12 años después, cuando la ciclista Mariana Pajón conquistó un oro en los Juegos de Londres 2012, en la prueba de BMX.

Esta es la historia de una atleta gigantesca, que se ríe con unas carcajadas contagiosas, que tiene unos singulares ojos azulosos (“Y no son lentes de contacto”), que llegó a ser, a lo largo de ocho años de su vida, representante a la Cámara por las negritudes y que hoy, obstinada como siempre ha sido, también quiere ser alcaldesa de Cali.

Usted nació en Candelaria, Valle, y entiendo que es más caleña que el pandebono. ¿Cómo fue su niñez en La Sultana?

Con muchas dificultades. Yo llegué a Cali cuando tenía un año de edad al Mariano Ramos, un barrio de invasión de calles empolvadas, sin agua y muy peligroso. Mi papá, un mecánico industrial, era un hombre muy responsable y no permitía que mi mamá saliera a trabajar, para que nos cuidara. Incluso, en busca de más ingresos, montó un bailadero en la casa y nosotros nos criamos en medio de esa rumba. Prácticamente no salíamos.

¿Salsa?

Sí. Se llamaba El Nuevo Ritmo. Todo el mundo en el barrio iba a bailar allá. Con eso nos sostuvo a los cinco hermanos. Pero la gente cree que por haberme criado así cogí vicios, y qué va…

Y por supuesto que ahí aprendió a “zapatear”, porque tiene fama de gran bailarina...

Sí, bailo muy bien, gracias. Lo que pasa es que ya me canso. ¡Ja!

¿Es cierto que su primer deporte fue el fútbol y que, particularmente, lo suyo fue la portería? ¿Cómo le fue debajo de los palos?

Me gustaba y lo hacía bien. Pero me gustaba más el “yeimis” [o “yermis”], con un bate y una pelotica. De hecho, yo estaba jugando “yeimis” cuando llegó un reclutador de la Liga de Atletismo del Valle, Daniel Balanta, que me vio correr y me dijo que yo era rápida y potente: “Venga, ¿ha pensado en lanzar?”. Y así nos llevaron a un poco de pelados a la Liga. El tema es que el viaje del barrio al estadio San Fernando era a pie… Una hora a pie, ida y vuelta... ¡Imagínese!

¿Cuándo se encontró en serio con el atletismo?

Inmediatamente me seleccionaron para los nacionales infantiles en Bogotá y ahí hice récord nacional infantil en lanzamiento de bala.

¿A qué edad?

A los 13 años, en 1978. Al año siguiente fui al suramericano infantil de Chile y gané en bala y disco. Ya era la más famosa del barrio. [Risas]. Pero ahí mismo empezaron las dificultades porque mi papá veía eso como algo malo para las mujeres.

¿Por qué?

Machismo, me imagino.

¿Fue buena estudiante?

Muy buena. Pero la situación se puso terrible. Mi papá cerró el bailadero porque cada día el barrio era más y más peligroso y me tocó trabajar y estudiar de noche.

Entiendo que desde muy jovencita, y por muchos años, trabajó en un call center de Cali.

Empecé a los 14 años como operadora en Empresas Municipales de Cali. Llamaban al 113 y al 114 y yo contestaba.

Trabajar, entrenar y estudiar de noche…

Yo me levantaba a las 4:00 a. m. Comenzaba a trabajar a las 6:00 a. m. hasta las 2:00 p. m., y de allí al entreno, de 3:00 a 5:00 p. m., y de allí al colegio, de 6:00 a 10:00 p. m.

¿Cuánto tiempo trabajó en el call center?

23 años. Siempre en el mismo cargo. Cada vez que llovía, y se dañaba todo, me tocaba aguantarme los madrazos de media Cali. Pero no había otra opción por cuenta de mi “entreno”. Y además me dejaban ir a competir.

Toda una vida…

Sí, estoy muy agradecida con esa empresa.

Y, además, todos esos primeros años deportivos solo alcanzó éxitos.

Fui campeona nacional infantil y juvenil, lo mismo que campeona de centroamericanos, suramericanos y panamericanos, tanto infantiles como juveniles.

A los 15 años usted pasó a mayores. ¿Cuáles fueron sus primeros panamericanos?

Indianápolis 87. Me ganaron las cubanas, porque ellas sí estaban dedicadas únicamente al deporte.

En 1988 viajó con el equipo nacional a competir en los Juegos Olímpicos de Seúl en las pruebas de lanzamiento. ¿Cómo le fue y cuál fue su gran recuerdo?

Quedé de 14. No clasifiqué a las finales por lo mismo: los atletas de alto rendimiento solo se dedican a eso. Eso era muy competido y yo sin entrenador… Pero le cuento una… Con varios muchachos del equipo de pesas nos fuimos a pasear y nos metimos una perdida la berraca en Seúl, que hasta nos tuvieron que ir a buscar de la organización, a las once de la noche. [Risas].

¿La deprimió quedar tan lejos y no clasificar a las finales? ¿Pensó que eso no era lo suyo?

Sí, pero ahí fue cuando me salvaron las pesas… Yo me iba a retirar del deporte.

La leyenda dice que, en 1989, usted entrenaba en la Escuela Nacional del Deporte cuando apareció en su vida el legendario entrenador búlgaro Gancho Karouchkov, que le dijo: “Deje esos lanzamientos y entrene pesas que le va a ir mejor”. ¿Usted le hizo caso inmediatamente?

Él me decía: “¡Ey, muchacha! Usted está perdiendo el tiempo. Venga que usted sirve para las pesas”. Y así me convenció.

Entonces, a los 24 años, usted se convirtió en la primera mujer que se tomó en serio el deporte del levantamiento de pesas en Colombia… ¡Y de qué manera!

En realidad, con Gancho armamos el equipo de pesas del Valle del Cauca con chicas de otras disciplinas. Pero sí, fui la primera colombiana en levantar pesas y, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba en un Mundial en Mánchester.

¿Cuándo se oficializó el levantamiento de pesas para mujeres a nivel mundial?

En 1987. Ahí la Federación Mundial de Halterofilia decidió que las mujeres sí podían competir a nivel olímpico.

¿Le costó dejar el lanzamiento de bala y disco?

Lo fui dejando paulatinamente. De hecho, todavía tengo récord nacional en lanzamiento de disco. Lo puse en 1980 y después fui rompiendo mis propias marcas, creo que hasta 1993. Pero yo hice lanzamiento y pesas, al tiempo, hasta el año 96.

En Mánchester 89, con tan solo meses de intentar con una nueva disciplina, logró la medalla de plata mundial. Y al año siguiente, en Sarajevo 90, fue medalla de oro. ¿Cómo vivió ese primer título mundial?

Con barra propia, porque en el levantamiento de pesas no había negros. Así que yo era extraña en medio de tanto blanco. Yo era exótica. [Risas].

Y siguió un rosario de títulos mundiales: Donaueschingen 91 (Alemania), Estambul 94 (Turquía), Cantón 95 (China) y Cracovia 96 (Polonia). Entonces usted se volvió un referente de las pesas mundiales.

Porque además en ese tiempo había muy poquitos negros compitiendo. Entonces yo también era el referente de una raza. Bueno, y también fueron 24 medallas, de las cuales 15 fueron de oro en los campeonatos mundiales.

¿Es cierto que detestó su participación en China donde, además, se lesionó?

Sí, por la comida. Recuerdo que llegamos de noche y comimos en el hotel unos tronquitos ahí de carne medio rara, pero comimos… El caso es que al otro día salí a caminar, crucé la avenida al frente del hotel y me encontré con un mercado donde vi cómo les quitaban el cuero a las culebras y entendí que eso era lo que me había comido. Me dio tanta impresión que no pude comer más que arroz, pan y Coca-Cola por 15 días. Bajé casi 10 kilos. El caso es que en mi última competencia cargué mal y sentí que me había jodido la espalda. Cuando regresé a Colombia y volví al trabajo me di cuenta de que no sentía la pierna derecha. Inmediatamente me fui al Seguro Social, me metí a Urgencias, me atendieron y me dejaron hospitalizada cuatro meses.

¿Qué lesión fue?

Tres hernias discales en la L4 y la L5.

¿La operaron?

No me dejé. Así que me colgaron 4 meses y me estiraron la columna. Ahí me dieron una habitación al lado de cuidados intensivos, ese lugar que yo rebauticé con el nombre de “Salsipuedes”, por la cantidad de muertos que vi salir. [Risas]. Era por molestar. Allá fueron muy queridos conmigo.

Por ese tiempo usted se convirtió en licenciada en Educación Física. ¿Dónde hizo la carrera?

En la Corporación Universitaria Adventista de Medellín. Yo viajé un montón de fines de semana a sacar mi carrera a lo largo de un montón de años. Casi no acabo. [Risas].

¿Usted es cristiana?

Fui. Dejé de ser, pero conservo mis principios. Es que uno ve que es más manipulación del pastor que lo que de verdad dice la Biblia. Y tampoco fui fanática. Yo tengo mi Biblia y hago mis pasos de oración. Así que volví a la Iglesia católica. Es que no te obligan a dar un diezmo, como lamentablemente sí lo hacen las iglesias cristianas. Y el diezmo termina en un hombre y no en una iglesia. Igual yo hago mi labor social y ayudo.

Hablemos de Gancho. ¿Es cierto que él le decía: “Llora ahora, que mañana reirás”?

Era muy duro, muy cruel. Pero, al final, siempre hubo recompensa.

¿Y también le decía: “Los mediocres tienen que morir”?

Y sí, la mediocridad es lo peor que puede existir en la vida, porque el mediocre siempre está pensando en los demás y no en él.

¿Se le iba la mano de estricto?

Algunas veces. Una vez, en un “entreno” en Bulgaria, en pleno invierno, yo me bloqueé de tanto cansancio. Gancho me agarró del brazo y me llevó a la ducha de agua fría. Y con el chorro helado sobre mi ropa me dijo: “¡Piense, piense!”.

¿Cuál es su momento inolvidable en Bulgaria, a donde tuvo que ir a entrenar tantas veces?

Haber visto la entrada de la democracia en un país socialista. Usted no se imagina cómo se despelucó ese pueblo donde antes era prohibido hasta fumar en la calle. Entonces yo le decía a Gancho, para gozármelo: “Ahora sí les llegó la democracia de verdad”. Y él se moría de la rabia porque era coronel socialista retirado.

Está claro que en esos días difíciles usted durmió en el metro y se hizo pasar por refugiada. ¿Alcanzó a trabajar en Europa?

Sí, claro. Si ganaba la competencia me daban platica. Pero si no ganaba, me tocaba rebuscarme: fui mesera, lavé loza, atendí barras de bares... Pero muchas veces terminé durmiendo en el metro. Tampoco es tan grave.

Entiendo que usted se lesionó la rodilla derecha antes de Winnipeg 1999 y que eso la hizo, obligatoriamente, bajar de peso para pasar de la competencia de 82 kilos a la de 75 kilos.

En un entrenamiento, ocho días antes de los Panamericanos, se me rompió todo el cartílago de la rodilla. Pero uno se vuelve tan cabeciduro, tal cual como Gancho, que así competí. Y, claro, perdí, quedé segunda.

A ver, María Isabel, fue medalla de plata…

Perdí, no fui primera. El caso es que de ahí salí para el quirófano, ya se venía mi última oportunidad de Olimpiada… Y yo a mis 34 años. Entonces Gancho fue, me visitó en la clínica, me llevó unas frutas y me mostró un programa de entrenamiento para menos de 75 kilos. Entonces yo le dije: “¿Y si quiere que baje de peso, para qué me trae ese montón de frutas?”. Y él me dijo: “Usted verá si se las come”.

Entonces arrancó con una dieta rigurosa para bajar más de 30 kilos. Por cierto, ¿es verdad que usted podía comerse pollo y medio al almuerzo?

Sin problema. Y pasé de pollo y medio a un cuarto de pechuga. ¡Un cuarto…! ¿Usted sabe lo que es eso? Es que yo pesaba 108 kilos y debía llegar a Sídney con 75 kilos. Y encima de eso, para cuidar mi lesión, Gancho me ponía a levantar las pesas dentro de una piscina, con el agua hasta el cuello, para no forzar la rodilla. Primero en Cali y luego en Bulgaria. ¿Y usted sabe lo que es hacer eso en un invierno en Bulgaria? ¡Ay, mamita! Yo lloraba y peleaba con Gancho, hasta que llegué al peso ideal y la rodilla me respondió.

Y llegó el momento soñado, Sídney 2000 y la primera medalla de oro para Colombia en su historia olímpica. ¿Entonces compitió por la división de 75 kilos?

Antes de viajar yo hice un pacto con Gancho: “Ganamos en Sídney y no nos volvemos a ver. Ni usted me jode a mí, ni yo lo jodo a usted”. Y él me dijo: “Yo tampoco quiero sufrir más con usted, muchas gracias”.

Usted siempre llamaba a su mamá antes de la competencia. ¿Es cierto que el día antes de la medalla de oro ella la bendijo pero la regañó?

Sí, me dijo: “Aquí no vuelva sin esa medalla de oro”. “Ah, bueno, mi señora”, le dije.

Las tres más importantes competidoras del mundo en la categoría de 75 kilos, Ruth Ogbeito de Nigeria, Kou Yi Hang de China y María Isabel Urrutia de Colombia, levantaron el mismo peso: 245 kilos. Pero ganó usted por tener menos peso corporal: 73 kilos. Entonces sirvió la dieta, ¿no?

Esa medalla era para mí. Me la habían guardado.

Una pregunta un poco cruel: ¿nunca más volvió a estar por debajo de los 73 kilos?

Ni a garrote… Es que a mí nunca me ha mortificado ser gordita. [Risas]. La última vez que estuve en 73 kilos antes de Sídney fue a mis 18 años. ¡Ja! Mire, con decirle que en 2002, cuando me retiré, llegue a pesar 127 kilos. Entonces me tocó otra vez bajarle al sancocho.

Paréntesis gastronómico. Sé que su mamá y su abuela fueron grandes cocineras y que usted heredó el talento. ¿Qué es lo que mejor prepara?

Sí. Mi abuela me enseñó todos los trucos del fogón y lo hago muy bien. Hago tres sancochos: el trifásico, el de pescado y el de gallina. Yo como muy poco en la calle. Yo me cocino. Yo creo que es por eso que este medio campo no me baja. [Ríe y se toca el estómago].

Volvamos a Sídney. ¿Usted entendió ese día, el 20 de septiembre de 2000, la importancia de semejante hazaña?

No. Yo me di cuenta el día que llegué a Bogotá. No se imagina el aguacero que cayó esa tarde; y yo vi desde el aeropuerto hasta Inravisión, de lado y lado, un montón de gente mojándose con la bandera en la mano. Ahí yo dije: “¿Y esto qué fue?”. Al otro día me fui para Cali y peor. Luego, como un año entero, me paseé todo el país mostrando mi medalla. Yo tengo récord Guinness en montarme en carros-bomberos y burros-carros-bomberos. [Risas]. Todas las alcaldías me invitaban. Conocí todo el país.

Entonces vino el retiro.

Volví con Gancho, pero ya como su asistente del equipo nacional de mujeres. No crea que iba a volver a entrenar con él. [Risas].

En marzo de 2002 se hizo representante a la Camára por la Alianza Social Afrocolombiana. ¿Su logró más grande fue sacar adelante la ley que le otorga cuatro salarios mínimos de sueldo vitalicio para quien logre medallas en el ciclo olímpico?

Uno de mis logros. También fui autora de la Ley de No Discriminación. Fui autora de la Ley al No Maltrato a la Mujer. Es que presenté 39 proyectos. Pero la ley que más quiero es la Ley de la Educación Física, para defender los buenos hábitos deportivos en los niños en todos los municipios del país. Lo que pasa es que no se ha aplicado como debe ser. También me siento muy orgullosa de haber metido un artículo tributario para conseguir, con la telefonía celular, recursos para los deportistas. Gracias a esa ley, Coldeportes tiene hoy los recursos que tiene: más de un billón de pesos.

¿Cómo es su trabajo con el proyecto distrital Bogotá 40-40?

Voy a las escuelas y les cuento a los niños mi vida y les trasmito un mensaje muy sencillo y muy directo que es que la pobreza no puede ser pretexto para no salir adelante y que el deporte es una oportunidad de vida. Y que paga hacer deporte porque hoy en Bogotá sí están todos los incentivos. Y que exijan, porque la infraestructura para construir un deportista de alto rendimiento, desde las bases, ya está montada. Y que allá tienen sus implementos y su transporte y su alimentación, no como me tocó a mí.

Entiendo que usted entrena por su cuenta a nuevos talentos, ¿Qué prospectos hay?

Tengo la certeza, y no la ilusión, de que Lady Solís, de 26 años, va a ser medallista en Río de Janeiro. También tengo a un muchacho de 21 años que más adelante va a sonar mucho: Diego Mancilla.

¿Por qué quiere ser alcaldesa de Cali?

Porque lamentablemente Cali es una ciudad que ha crecido en la ilegalidad. En Cali es ilegal desde el transporte masivo hasta andar en una moto. Esa ilegalidad es la que hace que mi ciudad no crezca. Yo propongo legalidad. Que la gente cambie la idea de que somos la capital mundial de la salsa, porque con eso no crecemos. Yo propongo acabar con el narcotráfico y la corrupción en la política, que son lamentablemente elevados. Cali sufre una descomposición social que me duele mucho. Me duele la inseguridad que es desbordada. Me duele ver los índices de mortalidad de nuestros jóvenes. Hay mucho por hacer.

Por cierto, ¿cómo es esa historia de que intentaron robarla en Cali y usted tumbó al malandro?

Yo fui a reclamar a Coldeportes Cali una plata que gané por una medalla. Cuando de pronto, ya andando para la casa, en un semáforo un hombre en una moto me dijo: “Entrégueme el billete”. Yo creí que era un compañero pesista de las Fuerzas Armadas que siempre me molestaba con ese cuento en el parqueadero: “Negra, entrégame el billete”. Cuando miré bien, era un ladrón que me tenía encañonada con un revólver. Entonces yo solo pensé en quitarme el arma de la cabeza y peleé con él hasta que lo tumbé al suelo. Y seguí adelante. Y no me dejé robar.

¿Más cerca de Santos o de Uribe?

De Santos. Yo le apuesto, como él, a la paz. Es hora de que a la nueva generación no le toque la violencia con la que crecimos nosotros. Que la gente pueda pasear el país, disfrutarlo, comer todos sus productos…

Solo para aclarar, ¿hoy hace dieta?

¡Noooo! ¿No le dije que a mí no me molesta estar repuestica?

MAURICIO SILVA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 45 - SEPTIEMBRE 2015

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