Editorial: ¿El maldito Niño?

Editorial: ¿El maldito Niño?

El actual fenómeno debe lograr una buena gestión de los recursos hídricos.

19 de septiembre 2015 , 07:04 p. m.

Hace poco más de veinte años, una larga sequía, ocasionada por el calentamiento de las aguas superficiales del océano Pacífico –anomalía conocida como fenómeno del Niño–, sumada a la precariedad de las fuentes de generación de energía eléctrica del país, dio pie a un severo racionamiento. Entonces, cuando todos los hogares colombianos sintieron en carne propia las consecuencias de un fenómeno natural, muchos compatriotas modificaron, por necesidad o convicción, su estilo de vida con el fin de reducir el consumo de agua. La nación aprendió la lección y se hizo menos vulnerable en este campo.

Hoy debemos encarar otra vez al indeseado Niño, y ya suenan las alarmas. Su visita estaba anunciada, si bien dio señales equívocas en relación con su intensidad. Ya se sabe que será de mediano a fuerte, y sus consecuencias se están viendo en las regiones andina y caribe. Esta vez se ha hecho sentir, sobre todo, por medio del fuego. Van 85.000 hectáreas afectadas por incendios forestales en todo el 2015. Un área que podría equivaler a casi dos veces el espacio urbano de una ciudad como Bogotá. Para tener una mejor dimensión de la tragedia, basta con recordar que al año, regularmente, la tasa nacional de deforestación es de 120.000 hectáreas.

Pero no solo sufren los bosques. La crisis también está en el agua: 312 municipios ya fueron declarados por el Ministerio de Vivienda vulnerables al desabastecimiento del líquido vital, y otros 656 ya han activado sus planes de emergencia y contingencia. Ríos como el Magdalena, a la altura de Barrancabermeja; el Cali, en Valle del Cauca; el Coello y el Combeima, en Tolima, o el Manzanares, en Santa Marta, ya han alcanzado sus mínimos históricos.

Así, pues, los incendios forestales, el riesgo en la seguridad alimentaria de cientos de poblaciones, los racionamientos de agua, la reducción en los niveles de los embalses y la muerte de cientos de especies de fauna y flora por la ola de calor son apenas algunos de los efectos que el país podría enfrentar en los próximos seis meses.

No obstante la oportuna información que se aportó desde el Ideam y los avances en la coordinación institucional, la situación actual también evidencia que las emergencias ocasionadas por el Niño, que se pueden prever, coinciden en los municipios donde regularmente se ha hecho un uso desbordado del recurso hídrico, es decir, donde más se han presionado las microcuencas, y por eso estas no se han podido recuperar.

Un problema puntual consiste en que en muchas poblaciones la demanda que se hace de agua excede la oferta que la misma naturaleza puede ofrecer, y esto se pasa por alto en el momento en que las corporaciones autónomas regionales (CAR) otorgan las concesiones.

Ante tal hecho, real e ineludible, la nación tiene el reto de aprender que la gestión de sus recursos hídricos debe repensarse y reestructurarse para que un fenómeno de variabilidad climática no nos golpee en extremo. El desafío abarca desde priorizar y financiar obras para tal fin hasta un severo castigo a quienes malgastan el presupuesto, como ha venido ocurriendo con las regalías en varios entes territoriales, pasando por la debida protección de las cuencas, por no mencionar los planes para garantizar el suministro a mediano y largo plazos. Cientos de generaciones han crecido con la consigna de que este es un país rico en agua, pero ¿qué tanto lo somos si una situación de estas devela nuestra gran vulnerabilidad para afrontar una sequía?

Aunque los ministerios de Ambiente y de Vivienda y la Unidad Nacional para la Gestión de Riesgos y Desastres ya han alertado a las autoridades locales para que activen sus planes de contingencia, la responsabilidad de lo que pueda ocurrir en estos meses depende también de la conciencia de ahorro de agua y energía que tengamos los ciudadanos. Para mitigar una temporada de estas, es necesario que cada colombiano haga el ejercicio de identificar cómo puede disminuir el consumo del líquido en su rutina cotidiana.

Por lo pronto, las autoridades deben estar alerta en el caso de los incendios. El Ministerio de Ambiente estima que el 80 por ciento son causados por la mano del hombre. Las acciones van desde una fogata recreativa hasta las quemas controladas, práctica arcaica, dañina para la naturaleza desde todo punto vista y que debe erradicarse con sanciones y pedagogía.

La tarea también es de los agricultores y ganaderos. No se puede pasar por alto el hecho de que estos dos sectores consumen el 52 por ciento de la demanda de agua en Colombia. Su disciplina y compromiso con prácticas no abusivas con nuestros ríos serán fundamentales.

Se trata, en suma, de que no sea necesaria una crisis como la de comienzos de los noventa para que todos, Gobierno y ciudadanos, actuemos y nos preparemos. Sobre todo porque situaciones así, por desgracia, serán cada vez menos anómalas.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com.co

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