Anacronismo del reloj

Anacronismo del reloj

Quienes no usan reloj suelen desarrollar un tic-toc mental, a veces más preciso que un Rolex.

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17 de septiembre 2015 , 04:35 p. m.

“La cita era a las 3 p. m.”, me dijo el padre Giraldo –el legendario decano de la Facultad de Derecho en la Javeriana–. Eran las 3:03 p. m. “Vuelve mañana”, añadió.

Fue una lección de puntualidad. Desde entonces he procurado llegar a las citas con bastante anticipación. A veces llego tan temprano que debo merodear por largo rato para matar el tiempo antes de la hora debida.

El mayor problema que he tenido que superar para cumplir con las citas ha sido mi aversión a los relojes de pulsera, por el fastidio de llevarlo en la muñeca. Perdí repetidamente los primeros que tuve, pues me los quitaba sin darme cuenta a la primera oportunidad en cualquier sitio para liberarme de la molestia. No servía dejarlos en los bolsillos. Dejé de usarlos.

Quienes no usan reloj suelen desarrollar un tic-toc mental, a veces más preciso que un Rolex. Puedo con frecuencia saber la hora casi exacta a pesar de no haber mirado un reloj por mucho tiempo.

Vivo, no obstante, bajo la incertidumbre de la hora, obsesionado con ella, a falta de reloj. Por fortuna, encuentro ayudas por doquier. En Oxford, cuando me movilizo en bicicleta, me apoyo en las torres de reloj, cuyos sitios sé de memoria –en el frontón de Worcester College, o en Carfax, punto de encuentro en el centro de la ciudad, cuyo reloj, instalado en el siglo XIX, marca la hora a campanadas–.

Hasta hace poco me beneficiaba también del uso universal del reloj. En los buses, o el metro, podía con discreción identificar la hora siempre en los relojes de otros pasajeros. Aunque las oportunidades se dificultaban en invierno, cuando los relojes quedaban ocultos bajo lóbregos abrigos.

Como profesor, mis mayores retos por cumplir con la hora son comenzar y terminar mis clases a tiempo. En algún momento adquirí el hábito de traer a las clases un reloj despertador, innecesario, ya que ha sido costumbre instalar relojes en casi todos los salones de la universidad.

Hoy, en la era de los celulares, el reloj se ha vuelto un objeto anacrónico. Los celulares dan la hora en números digitales. Sin el ruido del tic-toc. Y sirven de despertador, con infinidad de tonos musicales. Quienes no usamos celulares quedamos desamparados.

Encontrar relojes despertadores en el mercado es casi un milagro –a excepción quizás de algunos aeropuertos, donde también se encuentran a la venta relojes de pulsera a precios exorbitantes para los pocos que los siguen usando como símbolo de estatus–. Los hoteles han decidido ahorrarse el reloj en las habitaciones.

Nunca he sentido mayor necesidad de portar reloj propio que en Tepoztlán, pueblo encantador en el estado mexicano de Morelos. No sé cuántas iglesias y conventos existan allí. Por el repique eterno de campanas, deben ser un montón. Cada iglesia en Tepoztlán marca los cuartos de hora con campanadas. No lo hacen al unísono. Se suceden en un orden que quizás provenga de tiempos coloniales.

Cuando las campanas de una terminan de dar la hora comienzan las de la otra. Al mediodía, las doce campanadas de una y otras se extienden sin interrupción casi hasta el momento de marcar el próximo cuarto. A medianoche, la música de campanas queda a veces apagada por ruidos de cohetes; Tepoztlán es famoso también por sus fuegos artificiales.

¿Cómo adivinar qué horas son en Tepoztlán siguiendo solo el ritmo de las campanas? Es un juego mental que me ha distraído ocasionalmente, cuando imagino que los habitantes de Tepoztlán viven a distintas horas, dependiendo de la parroquia donde residen. Cierto, no son grandes variaciones de tiempo. Pero habría tenido más dificultades con ellas para cumplir una cita puntual con el padre Giraldo.


Eduardo Posada Carbó

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