El tango colombiano

El tango colombiano

No hay por qué pasar de la euforia a la depresión en el campo económico.

12 de septiembre 2015 , 07:39 p. m.

El desengaño es un tema central en la cultura del tango. Las letras de ‘Cambalache’, ‘Contramano’, ‘Uno’ o ‘Nostalgia’ tienen en común la decepción. Y, pese al machismo argentino, en ellos los hombres lloran a rodos. Algo parecido nos está pasando en Colombia. Estamos cayendo en una depresión colectiva en la que todo se ve negro, como sucede siempre después de un período de euforia injustificada. Empresarios que creyeron hasta el año pasado el cuento chino de que Colombia era el niño diferente de América Latina, a pesar de que sufrían los estragos de la revaluación, ahora se quejan de la devaluación (porque se endeudaron mucho en dólares baratos de forma imprudente) y de la desaceleración. Dirigentes gremiales, con ojos llorosos y voz trémula, piden más protección y más subsidios.

Los economistas independientes advertimos que estábamos viviendo un boom prestado, gracias a que el alto crecimiento de China llevó los precios de nuestras exportaciones a máximos históricos y, ante la recesión en los países ricos y tasas de interés internacional cercanas a cero, los capitales nos buscaban afanosamente. Insistimos en que esa situación no iba a durar toda la vida. En que había que ahorrar para el futuro y evitar una revaluación tan fuerte como la que padecimos, por cuanto iba a debilitar nuestra industria y nuestra agricultura. Ni Uribe ni Santos quisieron escuchar. Se dedicaron a gastar a manos llenas y a sacar pecho por un crecimiento que no se debía a sus políticas. Los empresarios andaban embobados con los subsidios y los regalos tributarios. Y la Andi llegó a regañarnos por señalar que había recesión industrial.

Ahora algunos empresarios y gremios pasaron de la euforia al llanto. Es cierto que ha habido una desaceleración fuerte, pero estamos muy lejos de una crisis como la de 1999. La industria y la agricultura se benefician hoy de una tasa de cambio competitiva. Deberían aprovecharla más para aumentar sus exportaciones, ahora que EE. UU. y Europa crecen de nuevo, y para sustituir importaciones. Quienes siguen pidiendo más subsidios y protección y están sacando capitales del país deberían dedicarse más bien a innovar, a mejorar la competitividad de sus empresas y a abrir nuevos mercados. Y los dirigentes gremiales deberían promover este tipo de acciones por parte de sus asociados y dejar su actitud pedigüeña y plañidera. Este es un llamado cordial a gremios como la Andi y la SAC, pero especialmente a Asocaña, que presagia tragedias porque van a bajar el arancel tope del azúcar ¡al 70 %!

Claro que se deben reducir los impuestos excesivos sobre las empresas y acelerar los trámites públicos.

Y hay que reconocer que hay cosas gravísimas, como lo que está sucediendo en la justicia, que sí dan ganas de llorar. Las cortes han pasado de ser instituciones respetables a regirse por la letra de ‘Cambalache’: “Todo es igual. Nada es mejor. Lo mismo un burro que un gran profesor”. “Hoy resulta que es lo mismo ser... ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador”.

La corrupción y la incompetencia, que habían hecho ya estragos en otras cortes (como en el ‘carrusel’ de las megapensiones), llegaron hasta la Corte Constitucional. No se trata solo de los casos Pretelt o Fidupetrol. Algunos fallos recientes demuestran una ignorancia supina, o algo peor. ¡Qué tal la defensa de un ‘salario mínimo vital’ mucho más alto para los ricos que para los pobres! (Sentencia sobre el Imán). O el desconocimiento de normas básicas del comercio internacional (ponencia sobre el TLC con Corea), lo que nos convertiría en el Tíbet de América Latina, como habría dicho el expresidente López Michelsen. Las cortes deben fallar en derecho y no según las opiniones políticas de sus miembros o para favorecer intereses particulares.

GUILLERMO PERRY

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