El suicidio de Santos

El suicidio de Santos

El presidente declaró que el "referendo es un suicidio", pero sabe que no todo el país traga entero.

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12 de septiembre 2015 , 07:39 p.m.

La primera vez que intenté entrevistarlo, en mayo pasado, se me atravesó un guerrillero en moto. Yo caminaba por la vía destapada que de Río Negro conduce a la finca del ‘Inválido’, el poderoso mafioso que controla el narcotráfico del frente sexto de las Farc. Fuerzas Especiales del Ejército lo habían capturado en su casa un par de meses atrás, pero debieron soltarlo porque un grupo de civiles, entremezclados con milicianos, atacaron a los militares a palos, golpes y disparos. Mataron a un soldado.

“¿Quién es? ¿Qué hace? ¿Qué busca?”, quiso saber el guerrillero. Luego registró el morral, la cámara de fotos. “Entrevistar al ‘Inválido’ ”, respondí. “No siga, doña, no se puede, no tiene permiso. Devuélvase”, ordenó. Discutimos un rato y aproveché para cuestionarle la política de las Farc de plantar minas que pisan labriegos pobres. Una niña acababa de morir por una que ellos sembraron. “Solo con minas la oligarquía se entera de las injusticias”, fue uno de sus argumentos. Río Negro, guarida del capo de las Farc, es una vereda de Corinto (Cauca). Está situada en un cerro de la cordillera Central desde el que se divisa una hermosa llanura alfombrada de cañaduzales.

Regresé el 19 de septiembre. Fui en mototaxi desde Corinto, a solo media hora, y luego hice a pie el mismo trayecto de mayo. Durante largo rato nadie me detuvo y pensé que de pronto el ‘Inválido’ había cambiado de refugio. Me metí en una finca de marihuana y coca, cultivos que abundan en la zona. Pregunté por la casa del capo, que yo sabía estaba cerca. “¿Tiene permiso?”, inquirió un señor. “Sí, claro”, mentí. “Es más adelante”, señaló. Continué y en un rancho una mujer advirtió: “No pregunte. A uno acá lo matan por hablar”.

Minutos después se me atravesaron dos motos. En una iba el guerrillero de la vez anterior. “Vine porque estamos en tregua. Ahora sí puedo ir a la casa del ‘Inválido’, le dije. “Sí, pero acá eso no es así. El señor no deja. Váyase”, respondió. Insistí, pero no lo convencí. Abordó su moto y desapareció.

Di la vuelta y, a pocos metros, dos motos me cortaron el paso. Un miliciano inició idéntico interrogatorio. “Ya hablé con otro guerrillero. Vine a entrevistar al ‘Inválido’ y no me dejaron, por eso me voy”, conté. Pero siguió preguntando hasta que me hizo una seña para que siguiera mi marcha.

Antes de dejar Río Negro, entré a una tienda y me puse a conversar con campesinos. Uno opinó que los cultivos ilícitos trajeron la desgracia a la región. De repente, irrumpió el primer guerrillero junto con uno mayor. De manera grosera, el de más edad esculcó mi mochila, leyó notas del cuaderno, revisó mi grabadora y me obligó a borrar fotos. “¿Por qué viene acá sin permiso?”, peguntó con brusquedad. “Porque me da la gana. Colombia es un país libre, no tengo que pedir permiso a nadie”, respondí en el mismo tono. “Pero ya me voy, su compañero me echó”.

“Espere a ver qué dice el jefe”, indicó de mal genio. Aguardé cerca de una hora. “La llevo en la moto a la Ye, que pasa transporte a Corinto”, decretó al fin. Manejó en silencio y se volvió en cuanto me dejó.

Nunca sacaron un arma, no amenazaron. No era necesario. Son los amos absolutos de un pueblo esclavizado que protege al ‘Inválido’ por interés y por miedo. Ese es el posconflicto de las Farc; serán muchos los Ríos Negros que tendremos. Por eso Santos declara que el “referendo es un suicidio”. Sabe que no todo el país traga entero.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA

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