Indignación, eso es lo que sentimos

Indignación, eso es lo que sentimos

Al cerrar la frontera en Paraguachón, Maduro ratifica que el problema con Colombia va para largo.

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09 de septiembre 2015 , 06:54 p. m.

¿Qué otro sentimiento distinto a la indignación podemos expresar los colombianos cuando vemos en la pantalla de los televisores las imágenes de cientos de compatriotas cruzando el río Táchira con sus enseres al hombro, huyendo de un país que los está culpando de todo lo malo que le sucede? Un mandatario incapaz de conducir a su país por caminos de progreso ha resuelto, de la noche a la mañana, emprenderlas contra los colombianos residentes en la frontera, culpándolos de ser los responsables del desabastecimiento y la inseguridad reinante en su nación. Solo a un paranoico podría ocurrírsele que unos ciudadanos anónimos constituyen una amenaza para la estabilidad de un país con serios problemas económicos.

Colombia se sintió indignada desde el momento mismo en que los primeros colombianos humildes fueron deportados de Venezuela. La televisión registró cómo por el puente Simón Bolívar, que une el corregimiento de La Parada con el municipio de San Antonio, comenzaron a cruzar cientos de ciudadanos deportados por las autoridades venezolanas después de que el presidente Nicolás Maduro decretó el estado de excepción en la zona de frontera. Fueron dejados en territorio colombiano sin nada entre las manos, apenas con la ropa que tenían puesta, mientras sus humildes viviendas eran destruidas sin consideración alguna. En suelo venezolano quedaron las pocas cosas que habían adquirido durante años de trabajo honrado.

El drama del desplazamiento comenzó a vivirse inmediatamente después de que se presentaron las primeras deportaciones. Cientos de ciudadanos indefensos empezaron a abandonar, por trochas abiertas por contrabandistas, el territorio venezolano. ¿Por qué lo hicieron? Porque las autoridades habían marcado sus humildes viviendas en barrios de invasión con las letras D y R. Antes de que fueran sacados de sus casas, esos colombianos iniciaron la huida ante el temor de que la Guardia Nacional los expulsara. Temían, con razón, que los uniformados los torturaran. Ya habían sido testigos de cómo sacaban a la gente de sus casas y, después de pasarlos a migración, los dejaban al otro lado del puente sin la oportunidad de recoger siquiera sus pertenencias.

La indignación de los colombianos se manifestó cuando el presidente de los venezolanos, Nicolás Maduro, dijo en cadena nacional que los colombianos deportados del estado Táchira pertenecían a grupos de paramilitares que estaban tratando de desestabilizar su país. ¡Por Dios! ¿En qué cabeza cabe que personas humildes, que viven en ranchos a medio construir, donde solo se advierte pobreza, puedan ser delincuentes? Solamente un mandatario prevenido ante lo que pueda suceder en las elecciones de diciembre, donde la oposición puede obtener las mayorías en la Asamblea Nacional, utiliza esa cortina de humo para distraer la atención de sus gobernados sobre los verdaderos problemas que aquejan a su país. Maduro solo quiere justificar la suspensión de las elecciones.

Nuestra indignación por los hechos que vienen ocurriendo en la frontera colombo-venezolana se hace mayor cuando se comprueba la poca solidaridad de los países democráticos de América Latina con una nación que ve atónita cómo un gobierno despótico ultraja a sus ciudadanos. ¿Por qué ese silencio de los demás países frente a los actos del Gobierno venezolano? Ni siquiera en la Organización de Estados Americanos la propuesta del Gobierno colombiano de convocar una reunión de cancilleres para estudiar el problema fronterizo tuvo acogida. ¿Fue más convincente la gestión diplomática venezolana? ¿Le faltaron a Colombia argumentos para lograr respaldo? Que once países se abstuvieran de votar la propuesta colombiana es indicativo de la poca solidaridad con Colombia en un momento de crisis.

Con la decisión de cerrar el paso fronterizo de Paraguachón, Nicolás Maduro ratifica que el problema va para largo. Colombia no es la responsable de lo que sucede en Venezuela. Buscar el ahogado río arriba es un sofisma de distracción que ningún beneficio le aporta en su estrategia de despertar el nacionalismo. La expresión “no se esconda, dé la cara” es propia de alguien que no mide el alcance de sus palabras. Un mandatario debe ser moderado para hablar. Así las cosas, Colombia tiene que denunciar en instancias internacionales los atropellos contra sus ciudadanos.

La violación de los derechos humanos de miles de compatriotas debe ser castigada. Un país indignado exige que el déspota de Miraflores sea denunciado ante la Corte Penal Internacional por delitos de lesa humanidad. Las deportaciones sistemáticas son competencia de ese tribunal.

 

José Miguel Alzate

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