Moscas en la boca

Moscas en la boca

Hay quienes piensan que todo debe ser dicho y que solo lo retorcido y atroz es inteligente y feliz.

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09 de septiembre 2015 , 04:36 p.m.

YouTube es sin duda una de las mejores cosas que le han pasado al mundo, si no la mejor. Pero tiene un gran problema, eso sí, y es que uno pisa una sola de sus trampas y ya no tiene salvación: por ahí se va, como si fuera el abismo bajo la madriguera del conejo en Alicia en el país de las maravillas –vayan–, y después no puede parar: esta jugada de James Rodríguez aquí, esta canción de Supertramp allá. Esta entrevista a Norbert Elias, esta monjita haciendo un pastel.

Con la desgracia y la dicha de que uno entra a buscar una sola cosa, como en el Tía, y sale con veinte o treinta más. Aunque en este caso el problema es el contrario, y es que uno no puede salir jamás. Al revés: cada nuevo video (quien lo probó lo sabe) va tragándose más y más a su víctima, hacia ese voraz laberinto en el que uno puede empezar por la historia de la filosofía contada por Gadamer, y acaba viéndose un capítulo entero de Quinceañera, la prodigiosa telenovela mexicana.

Eso me pasó hace poco: entré a ver a Hans-Georg Gadamer y terminé en el Memo y Marimar; lo cual habría halagado muchísimo a Gadamer, dicho sea de paso. Pero para que no digan que estoy delirando –no todavía, no demasiado–, les cuento que después seguí y seguí, como corresponde, hasta dar con una verdadera joya que nunca antes había visto; una rareza por todos sus dobleces: la entrevista a Jorge Luis Borges hecha por Gloria Valencia de Castaño en 1978.

No sé si la entrevista es en Medellín o en Bogotá, pero por la ropa y por el viento creería que es en Medellín; podría ser también en Cartagena, no sé. La ficha técnica dice que fue realizada en 1979, aunque tuvo que ser un año antes, cuando la segunda visita del maestro a nuestro país. No está completa, hay solo unos pocos minutos. Pero con eso basta: todo lo que decía Borges era siempre oro puro, y Gloria Valencia de Castaño es además una magnífica entrevistadora.

Y en un momento de la entrevista, por la mitad de eso que está allí en YouTube, en el minuto 4:12, Borges habla de su hermana Norah, la pintora. Y la elogia de una forma bellísima, como solo él sabía elogiar, y recuerda que alguna vez, ante alguna aspereza suya, alguna bajeza o alguna injusticia, ella le dijo: “Solo hay que decir cosas que den alegría”. Una frase que ya para este momento he repetido no sé cuántas veces, treinta o no sé cuántas. “Solo hay que decir cosas que den alegría”.

La verdad es que me encantó esa frase, y a Gloria Valencia de Castaño también, pues al oírla exclama: “Qué bello”. Y lo es, sin duda lo es. Porque en esa frase, por cursi o simple o tonta que parezca, se resume todo un proyecto filosófico y moral admirable y hoy despreciado: una concepción del mundo que suele ser la de quienes logran el milagro, o casi, de no sumarle a nuestra especie, con sus palabras, motivos adicionales de dolor y de infamia, de oprobio y ultraje y todo lo que aquí ya hay de sobra.

Obvio: nadie niega las virtudes deliciosas del sarcasmo y la maledicencia; nadie pide que se acaben la ironía y la vulgaridad, la gracia y el humor. Ni se trata tampoco de predicar el uso de lindas y azucaradas y falsas palabras, y menos de acudir a ese expediente perverso de la ‘corrección política’ –el fascismo que nos tocó en desgracia–, que en vez de ayudar a nombrar mejor la realidad la envilece aún más y la hunde sin remedio en imposturas y eufemismos y tonterías casi peores que el insulto.

No. Pero hay un límite que sugiere y traza la frase de la hermana de Borges: el que cruzan quienes piensan que todo debe ser dicho y que solo lo retorcido y atroz es inteligente y feliz.

En un mundo, como el nuestro, que solo sabe injuriarse, o sea herirse, y que cree que esa es su gran virtud.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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