Barichara, una obra de arte habitable

Barichara, una obra de arte habitable

A este municipio está dedicada la cuarta crónica de la serie sobre los pueblos patrimonio.

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07 de septiembre 2015 , 08:51 p.m.

Con escasos ocho mil habitantes, Barichara es, proporcionalmente hablando, un lugar más cosmopolita que Bogotá con sus ocho millones. Los turistas nacionales y extranjeros y los patiamarillos conviven y alternan en la panadería del barrio, en la iglesia, llevando el niño al colegio, en el mercado, en el parque, algo que al bogotano promedio solo le sucede rara vez. Familias, grupos de amigos, estudiantes, recién casados o solitarios viajeros llegan atraídos por la belleza proverbial del lugar, más que por emociones fuertes, aun existiendo una Barichara extrema que ofrece rafting, rappel, bungee, parapentismo, caminatas ecológicas e incluso espeleología.

Tanto mochileros como viajeros VIP llevan indefectiblemente una cámara fotográfica o de video. Saben que el pueblo es un banquete para el ojo. De hecho, Barichara es un apetecido destino para filmar y grabar largometrajes y teleseries desde hace años. Es un lugar fotogénico.

Esta joya de la arquitectura colonial, en la provincia santandereana de Guanentá, rica en todas las variantes del paisaje mineral y vegetal, tiene a sus pies una meseta, atravesada por el río Suárez, que salta sobre piedras prehistóricas por entre tierras en barbecho, pastizales, caneyes, casitas con techos de paja y vacas y chivos que abrevan en jagüeyes color jade.

Al fondo, desde el malecón de El Mirador, la colosal cordillera Oriental se bifurca en los Yariguíes, y crece a medida que se aleja entre las nubes; y desde el Bioparque Móncora, que bordea el parque de las Artes –un laberinto de esculturas talladas por artistas de diez países-, se ven la cuadrícula de las calles y el marco de la plaza. Los tejados y la cúpula de la iglesia sobresalen por entre la espuma del caracolí, del algarrobo o del cachimbo. El gusto ancestral de los raizales por los azules turquesa, lilas, grises, marrón, amarillo limón se aprecia en ventanas, balcones, marcos, puertas y portones. Los zócalos verdes u ocres, como trazados con regla sobre la blancura inmaculada de las paredes encaladas, completan el decorado.

La fe mueve ciudades

El párroco local, José Antonio Díaz Gómez, recorre las calles del pueblo solitario a las cuatro y media de la madrugada. Lo hace para mantenerse en forma y afrontar intensas jornadas, que acaban a las diez de la noche en punto y comienzan con la misa de cinco y media de la mañana. Él es un ministro feliz, sin la menor queja de su feligresía. “La devoción a la Virgen hace que la gente esté muy centrada en su fe, y participa. Le puedo mostrar el trabajo de los grupos –dice satisfecho–. Hay comité de pastoral, de niños, de catequesis, de maestros, de la salud. Por ejemplo, invité a doce hombres. Les mandé una notica. Solo doce, para prepararlos para que un día puedan hacer el ministerio del diaconado permanente, de modo que ellos en sus comunidades después puedan casar, bautizar, hacer los entierros. Y vinieron todos”.

Barichara tiene una relación con la Iglesia que se remonta a 1702, cuando cerca de una quebrada, en la finca de Pedro Salgado, alguien creyó ver en una peña de cal la silueta de la Inmaculada Concepción. Eso encendió una fe que creó una ermita y produjo una creciente peregrinación. Así, la finca de Salgado se hizo lugar de culto; luego, tierra sagrada, y, finalmente, un pueblo que acabaría siendo el más bello de un país.

En 1838, cuando ya se llamaba en toda Colombia La Virgen de la Piedra, y en torno a ella prosperaba el único santuario capaz de disputarle el primer lugar a la Virgen de Chiquinquirá en fama y devotos, monseñor José Manuel Mosquera aprovechó una visita a Barichara y, ante el estupor del pueblo, hizo destruir aquella imagen, que había obrado milagros y era glorificada por miles de creyentes. Era un ídolo, explicó luego monseñor. Antonio Guaitiva, un indígena cundinamarqués, hizo, años después, la réplica en piedra de pizarra, que actualmente puede verse en la capilla lateral del templo parroquial.

Barichara, declarada ciudad levítica, las semanas previas a la Semana Santa pone en acción sus dieciséis veredas, que se agitan ante la proximidad de un evento que supera con creces a todos los demás que se celebran aquí. Turistas, fieles y parejas de enamorados acuden entonces a las hermosas capillas de Jesús, San Antonio y Santa Bárbara, tres obras arte colonial que adornan la fama de este pequeño municipio.

Orgullosos y creativos

Diariamente, los lugareños han acabado de barrer el frente de sus casas a las seis y media de la mañana, y cada tercer día un camión recoge las basuras clasificadas. Los baricharas no son solo trabajadores, también son pulcros y orgullosos, mucho. Descienden de la indómita raza guane: son amables sin melosería, hospitalarios sin servilismo; se comprometieron con la causa comunera hasta el sacrificio. Y siguen siendo así.

El creciente flujo de turistas, que en Semana Santa, mitad de año y diciembre aumenta la población hasta casi once mil personas, no ha logrado alterar la esencia de las nuevas generaciones. Adriana Ardila, joven propietaria de una cafetería en el marco de la plaza, considera que este es “un buen lugar para criar a mis hijas. Es sano. Yo puedo mandar a mi hija de 4 años a la tienda. No existen problemas de alcoholismo o drogadicción; y los sitios que atraen a los muchachos, Caracolí, El Mirador, Casa Bakú, buscan más la música y el baile que la bebida”.

También a esos seres que esculpen, componen, dibujan, pintan, modelan, tallan, ensamblan, escriben tocan y diseñan, como Isabel Crooke Ellison. En su casa centenaria, combinación de galería, consultorio médico y hogar, esta historiadora, arqueóloga, ceramista, escultora y pintora, recuerda que hace treinta años “éramos tan pocos los extranjeros en la época que, lógicamente, nos involucramos con los patiamarillos muy rápido”. Isabel es una suerte de canciller que hace de puente entre nativos y artistas patiafueras como Jimena Rueda y Jaime Villa, al igual que Carlos Jaramillo, o Muriel Garderet y Ananda, Javier Martínez, Beatriz Helena Jaramillo, Javier Pinto, Valerye Avril, etc.

Algunos de ellos son maestros en la Fundación Escuela Taller Barichara, creada por Dalita Navarro en el 2007. Allí, oficios ancestrales como la cerámica guane, la panadería, la gastronomía, la confección, los tejidos, la carpintería, la música están al alcance de todos, y gratis.

Dos eventos cinematográficos que se celebran aquí: el Festival Internacional de Cine (Ficba), que llega a su quinta edición, y Festiver (Festival de Cine Verde de Barichara), de contenidos ambientales, ponen en contacto a directores, actores y público, en una cita que recrea y enriquece. Lucho Mejía es un pintor autodidacta nativo que un día decidió estimular a los alumnos de su taller exponiendo sus trabajos en los salones del Liceo Aquileo Parra, y ante el inesperado éxito inicial convocó a artistas regionales a participar en la siguiente muestra de su Festival de Arte, con resultados tan sorprendentes como los once mil visitantes del año pasado. “A mí ni se me ocurrió que pudiera coger tanta importancia, solo quería que los alumnos y sus papás estuvieran satisfechos", dice sonriendo Lucho, quien agrega: “Fíjese que el artista más vendido es un niño de 14 años”.

La tecnología ha cambiado las ancestrales técnicas de labrar la piedra de la que está hecha Barichara; hoy, los talladores producen en serie, con herramientas muy diferentes al cincel y el martillo. Paradójicamente, este cambio, que representa una mejora en sus economías, conlleva un riesgo letal, puesto que el polvo de la misma piedra que les permite sostener a sus familias ha matado en los últimos tiempos a una treintena de ellos por silicosis.

Un menú para todos

La cocina santandereana, una de las más ricas y variadas del país, sigue ahí, en las estufas de cualquier casa patiamarilla. Las ruyas bravas, el mute de maíz, la carne oreada, el cabro, la pepitoria o las famosas hormigas culonas hacen parte del menú familiar.

Esto y la cordial sensación de sosiego, de tranquilidad en medio de la música incidental de los turpiales, los grillos y las chicharras le dan al pueblo ese toque edénico que en los exclusivos barrios de La Loma y Santa Bárbara es el antídoto contra el mundanal ruido. Algunos de los propietarios de estas exquisitas bellezas de barro y cañabrava –una élite otoñal adinerada que va de salida– las ocupan solo algunos días al año. Otros lo hacen por temporadas, pero hay quienes se han establecido allí. Personalidades del arte, la industria y la política como David Manzur, Belisario Betancur, Jean-Claude Bessudo, Dalita Navarro o Ana María Botero, por citar un puñado, han hallado en Santa Bárbara su nirvana reservado.

Allí, a la sombra de un samán, en medio de sus perros, los vecinos combaten los 27 grados de temperatura con una limonada frappe, una ensalada de frutas, una refrescante mimosa. Y en la noche se reúnen en algún restaurante de la Calle Real, frente a una paella, una trucha al ajillo o los raviolis de Plenilunio, para conversar animadamente, sabiendo que luego volverán a sus casas con unos relajantes vinos de más por las apacibles calles, impecables y tibias.

Pero el municipio tiene delicados problemas de abastecimiento de agua, que obligan por temporadas a racionar el líquido y que, eventualmente, podrían convertirse en crónicos con los nuevos proyectos que urbanizadoras como Bagarí ofertan. Estas y otras más ofrecen cientos de lotes urbanos con energía solar para el alumbrado, piscinas con agua climatizada, amplias zonas verdes, parqueaderos, cámaras de seguridad, etc.

Pero en el pueblo temen que esa población, sin arraigo ni sentido de pertenencia, acabe alterando el carácter colonial, el medioambiente, la cultura autóctona y la especial armonía que cautivan a propios y extraños.

Si usted decide visitar el pueblito más bello de Colombia, seguramente descubrirá cómo, no obstante la escrupulosa limpieza de sus habitantes, el casco urbano parece delineado con óxido de hierro por una pátina que recorre sus contornos, dibujando una maravillosa sanguina renacentista de pétrea belleza.

El municipio de los ‘patiamarillos’

El 29 de enero de 1705, en territorio de los aborígenes guanes, fue fundada por Francisco Pradilla y Ayerbe la población de Barichara, nombre que significa ‘lugar para el descanso’.

Este municipio de Santander está ubicado en la provincia de Guanentá, a 118 kilómetros de Bucaramanga, la capital del departamento, y a 445 Kilómetros de Bogotá.

El gentilicio de los nacidos en esta población es baricharas o patiamarillos. Tiene más de 7.600 habitantes y una temperatura promedio de 22 grados centígrados.

Este municipio también tuvo los calificativos de Monumento Nacional, por sus construcciones de finales del siglo XVIII, o el Pueblito más Lindo de Colombia. En sus suelos se cultiva el tabaco.

GUSTAVO REYES RODRÍGUEZ
Especial para EL TIEMPO

Sobre el autor: Gustavo Reyes Rodríguez, bogotano, es periodista, escritor, fotógrafo y editor desde hace cuatro décadas. Ha trabajado o colaborado con algunos de los más importantes medios nacionales impresos y audivisuales. Hoy participa en diversos proyectos editoriales y literarios.

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