Una tragedia

La Cancillería debe buscar campos de acción en los que el terreno le es familiar y la favorece.

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05 de septiembre 2015 , 06:33 p. m.

La Cancillería colombiana está evidentemente en crisis. Debe emprender una reforma a fondo de sus procedimientos, de sus doctrinas, de su manera de pensar. Desde hace años la diplomacia venezolana la ha aislado en el continente, con la complicidad de Brasil, y la ha mantenido en jaque con su capacidad para corromper. Haber perdido frente a Nicaragua en La Haya no solamente fue doloroso y humillante, sino desconcertante. Un gobierno regido por un tirano de pacotilla nos derrotó en buena lid en derecho internacional, campo que hasta entonces había sido considerado nuestro fuerte y en el que habíamos desarrollado una aparente destreza que nos hacía sentir seguros en el hemisferio, a la postre sin fundamento.

A esto hay que sumarle los reveses sufridos la semana pasada. Primero, el veto de Venezuela en Unasur y el “fiasco del intento de convocar a conferencia conjunta a los cancilleres de la OEA”, sin haber asegurado previamente que Colombia contaba con los votos. Tardíamente se comprobó que Venezuela ha conseguido marginar a Colombia y que la elección de Ernesto Samper en Unasur había dado lugar a una quinta columna contra Colombia en esa organización.

Los lamentos públicos de la Canciller, sorprendida por la ausencia de solidaridad y por la negativa de las cancillerías de muchos de nuestros vecinos a que Colombia denunciara los abusos de Venezuela en la OEA, hicieron evidente otra debilidad de la diplomacia colombiana. Se han venido abajo en la región el marco conceptual y el conjunto de reglas, de convenciones y de valores con las que operaba, y ha sido sustituido por otro en el que no sabe cómo actuar. El debido proceso y el respeto de los derechos civiles y humanos eran contenidos de indiscutible valor, como eran las buenas maneras y el respeto a las normas y los procedimientos. El ámbito es otro ahora. Ha cambiado el lenguaje, el contenido de valor es distinto, y lo que antes se conocía como buena fe se interpreta como ingenuidad, y es objeto de burla por quienes apelan a la mentira y a los abusos verbales para imponer a la fuerza su versión de la realidad.

La filósofa norteamericana Martha Nussbaum le dedica el último capítulo de su libro sobre la fragilidad del bien a este fenómeno, utilizando la tragedia Hécuba, de Eurípides (Editorial Antonio Machado, 1995). En ella, la viuda de Príamo se revela inicialmente como vocera de un orden, una convención que se basa en la bondad del ser humano. Luego, como consecuencia del derrumbe de esa convención y de haber sido traicionada brutalmente por uno de sus más valorados amigos, deja de tener fe en la humanidad, queda reducida a buscar la venganza por cualquier medio y pierde su condición humana.

Cosas así no necesariamente tienen que ocurrirle a la Cancillería. Debe buscar campos de acción en los que el terreno le es familiar y la favorece. La ofensiva diplomática debe concentrarse en Europa, en el corto plazo, con los países sensibles a las violaciones de los derechos humanos, con las ONG que se ocupan de estas violaciones y con las agencias de Naciones Unidas especializadas en temas de refugiados y de derechos. Hace pocos días Amnesty International hizo una sentida denuncia de los atropellos contra colombianos.

Aparentemente, Venezuela quisiera evitar que Colombia ventile quejas en esos foros que le son favorables, y desea retornar al ámbito bilateral, en el que la chabacanería, el atropello y la mentira le dan ventaja. Santos ha respondido que no acepta reunirse a menos que se respete a los colombianos en Venezuela. Debe insistir en esto y no debe reunirse con Maduro si no ha conseguido apoyo de otros países a favor de Colombia y de los valores que trata de preservar.

RUDOLF HOMMES

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