Colapso

Para que de las escuelas no huyan los jóvenes hacia la muerte es preciso cambiar la educación.

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03 de septiembre 2015 , 06:43 p. m.

Mako Kawai, un bibliotecario japonés, encontró una curiosa manera de promover la lectura. Escribió un tuit: “Si piensas elegir la muerte para no regresar a la escuela, refúgiate en nosotros”. La adolescente parisina que planea cómo incendiar su casa después de desocupar el frasco de somníferos de su mamá tampoco halla en su escuela el aliciente para seguir viviendo sino en la bondad de una mujer humilde que cuida su edificio. Son muchos los suicidios de adolescentes en el Japón, y la mayor parte de ellos ocurre el día que inician las escuelas. ¿De qué huyen los niños? Los estudiosos llaman los hikkikomori a los jóvenes que se encierran en sus habitaciones debido a que no resisten el ritmo enloquecido que les impone la competencia japonesa. ¿El sistema educativo estimula esta feroz competencia? ¿O fomenta la cooperación, la solidaridad y la posibilidad de construir colectivamente un mundo mejor?

No fue siempre así. Este sistema de competencia homicida no es connatural a la condición humana. Y aunque es más joven que el capitalismo, ya es el más elocuente síntoma de su decadencia. Que hace aflorar lo peor que tenemos como especie. La xenofobia, los nacionalismos, las exclusiones, el egoísmo.

¿Para dónde hay que mirar para encontrar el progreso prometido? ¿Para Serbia, Hungría o Siria? ¿Para Trípoli, donde un millón de africanos esperan un barco chatarra para huir hacia Italia? ¿Para Burundi, donde huyen hacia Tanzania, Ruanda, Uganda y el Congo? ¿Para Bombay, donde pasan hambre, o para La Guajira? ¿Para las democracias que eligen sátrapas, locos o payasos?

La admiración acrítica del capitalismo desregulado (la tiranía de los mercados), que hoy se enseña en las universidades como si fuera una virtud de la civilización, no es más que el último eslabón de un mundo despeñado hacia el abismo. Que nunca vio para dónde iba y que hoy no ve que nunca vio y por lo tanto no puede reaccionar. Para que de las escuelas no huyan los jóvenes hacia la muerte es preciso cambiar la educación para las habilidades y los negocios por una educación abierta a las humanidades y concebida como una acción continua de la vida, como sostiene Bauman.

Tanto la desesperanza de los jóvenes del Japón como las migraciones forzadas de Europa central se tocan en el ovillo de un colapso global en ciernes. Métanle a este coctel el cambio climático.


Manuel Guzmán Henessey

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