Porque así como digo una cosa pienso otra

Porque así como digo una cosa pienso otra

En nuestras instituciones se hacen los que planifican, y nosotros debemos hacernos los que creemos.

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03 de septiembre 2015 , 06:08 p.m.

Esta paráfrasis de la famosa declaración de doña María Expropiación Petronila Lascuraín y Torquemada de Botija, más conocida como la Chimoltrufia, me viene a la mente siempre que se discute el problema de la ciencia y la tecnología en Colombia. Demuestra la autora una muy aguda percepción de los mecanismos lógicos y psicológicos que están en el trasfondo de esta discusión. Señala cómo se debe hacer un esfuerzo para entender, detrás de las declaraciones, qué es lo que realmente se está pensando.

Una de las afirmaciones de todos los discursos políticos, sin excepción, es que vivimos en un mundo en el que los países se dividen en ricos y pobres en conocimiento. Los países que desarrollan su ciencia y su tecnología son competitivos y generan bienestar para su gente. Sin embargo, lo que realmente se piensa lo dicen los números: Colombia mantiene su inversión en investigación y desarrollo (I + D) en 0,2 % del PIB, mientras que países de la Ocde invierten desde 4,3 % (Corea e Israel) hasta 1,3% (Brasil).

En la propuesta de presupuesto para el 2016 que el Gobierno presentó al Congreso, se destina para inversión en Colciencias la suma de 270.000 millones. Eso corresponde a un gasto de 1,75 dólares por habitante al año. Añadiéndole regalías y arandelas, no llegaría a 15 dólares (los Estados Unidos invierten por cada ciudadano más de 1.500). Para sentirnos menos incómodos usamos otro indicador: Acti (actividades de ciencia, tecnología e investigación), con el cual llegamos a 0,47 % del PIB. Pero parte de esas actividades no son realmente de investigación; son loables, pero no son ciencia y así lo dicen claro los reportes de la Ocde, que solo nos reconocen 0,2 %.

El presupuesto de Colciencias en el año 2012 fue de 416.000 millones; en el 2013, de 412.000; en el 2014, de 341.000, y para el 2016 será de 270.000. De estos, 208.000 están comprometidos en becas doctorales en curso, de las cuales 400 son en el exterior. En el año 2012 Colciencias aprobó 473 proyectos de 200 millones (y con dólar a 1.800). En el 2014 aprobó 300 proyectos de 150 millones. Si no cambia el presupuesto (y se cumplen los compromisos adquiridos con los becarios), en el 2016 no se financiarán proyectos. De estos pocos datos es fácil deducir qué piensan los que otra cosa dicen.

La Ley del Plan Nacional de Desarrollo, sancionada en junio pasado, contempla una inversión en C y T (incluidas las regalías) de 17 billones de pesos para 4 años. De eso, unos 12,9 billones (el 75 %) aparecen como obligación del sector privado. Hace unos días, en la rendición de cuentas de Colciencias, el Presidente se comprometió para el 2018 en llegar a una inversión del 1 % del PIB, con 50 % por parte del sector privado. Ni el 75 % ni el 50 % de tres meses después tienen alguna justificación fáctica. Lo que pasa es que uno puede decirlo, ya que no es indispensable pensarlo.

En una conversación en la que le señalé a un muy alto funcionario del Estado lo irreal que era el Plan Nacional de Desarrollo, me respondió que una cosa era el plan (aunque es ley) y otra, la realidad. No me lo decía tres años, sino apenas un par de meses después de aprobado. Entonces me quedó claro el pacto: ellos se hacen los que planifican, y nosotros debemos hacernos los que creemos.

Cuando le recordé al mismo funcionario que el 1 % del PIB ya había sido aprobado en un documento Conpes (Consejo Nacional de Política Económica y Social) a mediados de los años 90, me señaló que un Conpes no vale nada si no hay un Confis (Consejo Superior de Política Fiscal) que lo financie. Entendí que el título de esta columna está formalmente soportado en nuestra institucionalidad. En el Conpes se dice algo, no importa qué; en el Confis se revela lo que se piensa, que es otra cosa.


Moisés Wasserman

@mwassermannl

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