De vestidos, emperadores e instituciones

De vestidos, emperadores e instituciones

El derecho debe evolucionar. Pero ello no significa que las constituciones puedan manosearse.

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02 de septiembre 2015 , 07:46 p. m.

Lo que favorece a una democracia es la fortaleza de sus instituciones. La certeza y la seguridad acerca de las reglas de juego que dominan la vida democrática, tanto para la sociedad y sus ciudadanos como para el Estado y los órganos que lo integran, son la garantía de sus pilares fundantes.

Cuando se permite y defiende la implantación de medidas que desconocen los pactos institucionalizados a través de las constituciones, se abona el terreno para gobiernos de facto y regímenes totalitarios disfrazados de democracias.

No importa que el fin sea noble o que a primera vista no aparezca un camino más expedito que ignorar el sistema jurídico y las competencias establecidas para las autoridades instituidas, burlar el ordenamiento constitucional traerá la implantación de un sistema opresor de libertades y derechos que someta al Estado y a la ciudadanía al querer caótico de falsos salvadores arropados bajo el manto de un poder que al fin será ilegítimo.

No es que las normas no puedan modificarse. El derecho debe responder a la dinámica social y así evolucionar. Pero ello no significa que las constituciones puedan manosearse, trozarse y menos ignorarse, como si fueran un traje al que se le quita o añade tela o se tiñe de otro color cada vez que su dueño cambia de talla o tiene un nuevo capricho.

Si la Constitución y las instituciones democráticas se conciben como un vestido de poner, quitar y recortar sin ton ni son, puede suceder lo que le ocurrió al Emperador del cuento de Hans Christian Andersen, que fue timado por dos supuestos sastres embaucadores que prometieron los más hermosos trajes hechos con telas que solo hombres inteligentes, sabios y transparentes podían ver. Como nadie quería aparecer como bruto, ignorante y corrupto, al ser llamados para opinar sobre la evolución de los diseños, se desbordaron en elogios y finalmente, cuando el Emperador desfiló, lo hizo pensando que, aunque él mismo tampoco los veía, llevaba puesto los más finos vestidos. Ante la mirada atónita de súbditos y servidores que se burlaron y lamentaron por el derroche y la banalidad, el Emperador lució su cuerpo desnudo con arrogancia dejando en evidencia cómo la soberbia, la vanidad y la obstinación pueden llevar a un gobernante a abusar de su poder y autoridad, a malgastar su popularidad y peor aún, los recursos que son de los súbditos y para los súbditos.

El fortalecimiento de una identidad basada en el amor a una nación, la lucha contra la corrupción y la exclusión, preservar la paz o instaurarla, son todos nobles ideales que deberían ser banderas obligadas de cualquier Estado y de todo gobierno que se declare democrático.

No obstante, cuando la consecución de estas metas se hace quebrantando el ordenamiento constitucional o apelando a formas o instancias innovadoras y autónomas de creación de normas jurídicas esto es, por fuera de los canales establecidos para ello, como lo hizo Chávez; cuando el gobernante busca absorber más poderes de los que constitucionalmente le corresponden a través por ejemplo de leyes habilitantes, como lo hizo Hitler; o cuando crean órganos que suplanten la institucionalidad para la sagrada función democrática de impartir justicia y así criminalizar a la oposición política y burlar el debido proceso, el fin se pervierte y se convierte en una excusa sin contenido real.

Como el vestido del Emperador, la identidad nacional, la transparencia, la inclusión y la paz logradas de esta manera serán meras ilusiones que solo brutos, corruptos e inescrupulosos saldrán a lucir como si en verdad portaran trofeos dignos de la sociedad a la que sirven pero que al fin engañaron.

No hay que llamarse a engaños: ¡el Emperador está desnudo y las instituciones resquebrajadas!

Claudia Dangond
@cdangond

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