Ni las mejores clínicas tienen plata para sus nóminas

Ni las mejores clínicas tienen plata para sus nóminas

138 centros de salud, que son el 8 % de todos, reclaman $ 5,3 billones. Crónica de Juan Gossaín.

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01 de septiembre 2015 , 11:22 p. m.

La eutanasia que le practicaron al padre del caricaturista Matador demuestra que en Colombia se respeta el derecho a la muerte. Lo que no se respeta, en cambio, es el derecho a la vida: los hospitales están a punto de cerrarse porque las empresas de salud no les pagan. El Estado tampoco.

Desde las clínicas más prestigiosas del país, hasta los más humildes hospitales de aldea, no tienen dinero ni para cubrir sus nóminas. Muchos de ellos les adeudan varios meses a médicos, proveedores, empleados. Deben hasta los servicios públicos. Tengo en mis manos mensajes de desesperación, casi mendicantes, en los que imploran a las EPS que les abonen aunque sea una parte de su dinero.

Pero todo es en vano porque las EPS han llegado ya al colmo de la desvergüenza: tras largos meses en que sus administradores escurren el bulto para no pagar, y después de mil mensajes y quinientas llamadas telefónicas, se reúnen con las clínicas perjudicadas. Van y vienen, discuten, alargan el cuento.

Al final, las EPS acceden a firmar un acuerdo para pagar en cuotas mensuales el dineral que se ha ido acumulando. Pero es lo mismo que nada porque, a partir de ahí, vuelven a esconderse y ni siquiera cancelan la primera cuota.

La triste realidad

Juan Carlos Giraldo, director ejecutivo de la Asociación de Clínicas y Hospitales de Colombia (ACHC), me explica que en el país funcionan 1.689 instituciones de esa índole, tanto públicas como privadas. Imagínense ustedes que a 138 de ellos, solo a 138, que apenas son el 8 por ciento del total, les están debiendo en este momento 5,3 billones de pesos. ¿Cuánto le deberán, entonces, al 92 por ciento restante?

–De esa plata –agrega el doctor Giraldo– 3 billones de pesos corresponden a deudas que se vencieron hace más de 60 días.

Es entonces cuando interviene el médico Andrés Aguirre Martínez, presidente de la junta directiva de la asociación, y director, desde hace quince años, del legendario hospital Pablo Tobón Uribe, de Medellín.

–Las EPS se han aprovechado de una figura llamada “integración vertical” –comenta él–. Consiste en que ellas mismas construyen sus propias clínicas. ¿A esas sí les pagarán puntualmente? ¿A esas también les deberán tanto dinero?

El círculo vicioso

El doctor Aguirre calla por un instante. Luego añade, con una profunda voz de tristeza:

–De manera que, quienes manejan la plata que la gente paga por su salud, ahora también son dueños de la infraestructura. Una usted esos eslabones y verá cómo se enlazan el seguro de salud y la prestación del servicio.
Su compañero, el doctor Giraldo, hace más aportes a la conversación.

–Hay que separar esas funciones –exclama con energía–. Hay que romper el vínculo vicioso que convierte en socios a aseguradores y clínicas, porque la independencia del médico y del hospital es lo que garantiza la calidad de la atención. Pero cómo se va a romper el círculo, si ni el propio Gobierno sabe cuántas clínicas son de las EPS.

Y yo, que los estoy oyendo, me hago en silencio una pregunta: si ya tienen sus propios hospitales, y sus propias fábricas de uniformes, ¿no será que los seguros de salud también tienen sus propios laboratorios de medicamentos?

Una revolución de papel

En eso ha quedado el famoso sistema de salud. Lo crearon por ley hace más de veinte años y desde entonces ha venido de mal en peor. El doctor Aguirre levanta la mano.

–Colombia hizo una verdadera revolución con la Ley 100 de 1993 –me explica–, porque la salud pasó de ser una recompensa generosa a volverse un derecho de la gente. Pero la revolución se quedó en el papel. Se volvió teoría. Es triste decirlo: hoy nuestro sistema de salud afilia, pero no garantiza.

Perdonen si parezco muy dramático, pero lo dramático es la realidad: los hospitales están agonizando. Hace unos pocos días la Clínica Minerva, de Ibagué, anunció su cierre definitivo. Los gobernadores de Santander y Valle del Cauca decretaron recientemente la alerta amarilla por la crisis hospitalaria.

Hasta hace un tiempo los que se cerraban por falta de pago eran los hospitales públicos, pero en los últimos meses la situación también se ha vuelto crítica para las clínicas privadas.

Cómo será que una de las instituciones más emblemáticas de Colombia, el Hospital de San Vicente de Paúl, en Medellín, célebre por sus avances científicos, cuna de los primeros trasplantes de órganos en el país, acaba de anunciar que se ve obligado a cancelar sus actividades académicas y de capacitación. No tiene con qué sostenerlas porque las EPS le deben 250.000 millones de pesos.

Muriéndose por pedazos

Si eso es con semejante institución, y en la capital antioqueña, imagínense ustedes lo que estará pasando en el puesto de salud del Chocó, Amazonas o La Guajira.

–Los hospitales no desaparecen de un día para otro –dice Giraldo–. Se van muriendo poco a poco, lentamente. Hoy cierran un quirófano, mañana eliminan la unidad de cuidados intensivos, el mes entrante se suprime la sección de partos, y así se van apagando.

A duras penas pueden pagarle a un médico el turno de día. De modo que por la noche se cierran los servicios de urgencias.

Me duele en el centro del corazón tener que escribir esto: en los dos últimos años, por falta de pago, se han cerrado 500 camas de pediatría en toda Colombia. Los niños y los pobres son siempre las primeras víctimas.

La inmoralidad campea a sus anchas. En distintas regiones del país se ha descubierto que, para poder cobrarles a las EPS y al Estado, las clínicas son forzadas a contratar a ciertos abogados y políticos, siempre los mismos, que tienen buenas relaciones, y que acaban quedándose con gran parte de lo poco que recaudan.

No hay ni gasas

Como no reciben su dinero por los servicios que prestan, clínicas y hospitales ya no pueden pagar a los médicos especialistas. Tampoco pueden comprar insumos necesarios para atender a sus pacientes. En algunos de ellos ya no hay ni alcohol o gasas.

Para mencionar solo algunos, los hospitales que en este momento atraviesan la situación más crítica por falta de pago son los siguientes:

Bogotá: Hospital El Tunal y Hospital de Meissen.

Medellín: Hospital San Vicente de Paúl e IPS Universitaria de Antioquia.

Cali: Hospital Universitario del Valle.

Barranquilla: Hospital Universitario Cari.

Bucaramanga: Hospital Universitario de Santander.

Cartagena: Hospital Universitario del Caribe.

Ibagué: Clínica Minerva (ya se cerró).

Neiva: Hospital Universitario de Neiva.

Santa Marta: Hospital Fernando Troconis.

Quibdó: Sociedad Médica Vida (Somevi).

… y los que no pagan

Leyes y decretos, que nadie cumple ni nadie hace cumplir, ordenan que los servicios de salud deben cancelarse dentro de los sesenta días siguientes a la presentación de la factura.

Según informes enviados por 138 clínicas y hospitales –de un total de 1.689 que operan en el país–, estos son los diez peores deudores que tiene el sistema de salud, con balance al 31 de diciembre pasado:

1. Nueva EPS. Deuda a más de 60 días: $ 268.811 millones.

2. Caprecom. Deuda a más de 60 días: $ 235.251 millones.

3. Coomeva EPS. Deuda a más de 60 días: $ 199.855 millones.

4. Saludcoop. Deuda a más de 60 días: $ 148.411 millones.

5. Alianza Medellín-Antioquia. Deuda a más de 60 días: $ 128.407 millones.

6. Fosyga. Deuda a más de 60 días: $ 108.786 millones.

7. Emdisalud. Deuda a más de 60 días: $ 75.902 millones.

8. Ecoopsos ESS. Deuda a más de 60 días: $ 67.362 millones.

9. Cafesalud EPS. Deuda a más de 60 días: $ 62.444 millones.

10. Comfenalco Antioquia. Deuda a más de 60 días: $ 62.340 millones.

De esta lista de terribles deudores no se escapa ni el propio Estado: Caprecom, que aparece en segundo lugar, es la más grande EPS estatal. Y el Fosyga, que figura en el sexto puesto, es el organismo encargado de manejar, como fiducia, los dineros oficiales para la salud. Si ese es el ejemplo, calculen ustedes lo que harán los particulares.

Epílogo

¿Qué es peor, la ambición desmedida de los empresarios o la falta de autoridad y controles por parte del Estado? ¿Y el ser humano? ¿Es que aquí no hay nadie que piense en la gente?

–Ay, amigo –exclama el doctor Giraldo–. En Colombia se perdió la sensibilidad humana.

–En nuestro sistema de salud –concluye el doctor Aguirre–, al ser humano lo volvieron una caja registradora.

Luego se levantan y me tienden la mano.

–No se rindan– les digo, a modo de despedida–. Sigan luchando sin claudicar.

–Lo mismo queremos pedirle a usted– me dice Aguirre–. Que no nos abandone.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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