Sobre la santa colombiana

Sobre la santa colombiana

Desde el principio, Santa Laura se ganó mi respeto, admiración y cariño, con perdón de mi madre.

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31 de agosto 2015 , 05:59 p.m.

Hace tiempos publiqué aquí mismo, con motivo de la canonización de la madre Laura, una nota que por fidelidad con el encabezado dediqué a enrostrarle defectos a la santa antioqueña, influenciado por mi madre, que, con todo lo católica, apostólica y romana que fue, tan poco la quería: ella jamás olvidó el encuentro que tuvieron una vez, cuando la halló soberbia y dueña de un carácter inflexible, poco dado a los sentimientos humanitarios. En la nota cuento cómo habiéndose visto obligada a intrigar ante la fundadora de las lauritas para que le permitiera ingresar en la comunidad a una de sus hermanas sin el costo de la dote, pues eran unas huérfanas de padre y madre cuyo único patrimonio era la casa donde vivían, solo encontró una mujer de una frialdad exasperante. Que le dijo que si la única opción era vender la casa lo hicieran. Y la vendieron. Para que mi tía pudiera seguir su vocación. Y mi tía militó en la comunidad hasta el fin de su vida casi centenaria después de emplearse en el sur de Colombia entre trabajos y terrores, durmiendo a veces sobre las fosas comunes de ‘Tirofijo’, amo y señor de vidas en esas regiones a donde la mandaron.

Muchas cosas tendría para contar sobre la hermana Alicia. Hoy solo quiero decir que, llevado por la curiosidad, me puse en la tarea de ver la serie de televisión sobre la benemérita jericoana. Y que desde el principio se ganó mi respeto, mi admiración y mi cariño, con perdón de mi madre, que también fue una santa a su manera y ha de ocupar un lugar de excepción en el cielo, en el pabellón de los mártires del matrimonio, bien merecido luego de haber soportado la proximidad purificadora de mi padre y yo. Lo que mi madre debió confundir con la soberbia fue la tenacidad, la concentración en una labor que la monja consideró sagrada. Aunque también es posible que fuera orgullosa, pues el orgullo es el pecado que, lo aprendí en mis tiempos de seminarista, deben cargar las personas que optan por la castidad, según Freud la más rara de las aberraciones sexuales.

La serie de Caracol está plagada de inexactitudes antropológicas y descuidos en el lenguaje eclesiástico. Pero consigue impresionar al espectador y conmoverlo. Con un humor inteligente, una narración apacible y unas actuaciones casi siempre acertadas, describe el estado espiritual del país después de la guerra de los Mil Días, y muestra una Laura llena de talentos y una adelantada, por la idea que tuvo sobre el papel de las mujeres en una sociedad de machos cerreros (muy próxima a la de su amigo Tomás Carrasquilla), y ya moderna por la manera de asumir la evangelización desde el respeto por los aborígenes, que defendió con empeño de los abusos de las autoridades y los terratenientes, esos años cuando eran tenidos aún por las personas virtuosas poco más que como recuas de animales.

La producción, de un color agradable, con sus paisajes urbanos y los montaraces y su recreación de la arquitectura y sus diálogos siempre naturales a pesar de sus caídas, y con los dramas humanos alrededor de la historia principal, es un ejemplo de cómo se pueden hacer seriados de televisión edificantes, constructivos y exitosos, incluso enfrentados a las ramplonerías de figurones como Diomedes. La santa colombiana me enriqueció la imagen de una mujer que yo no había sido capaz de apreciar a causa de un chisme de familia. Y me preparó para su autobiografía, que me prometo leer. Por más que haya sido dura con mi tía Alicia, hermana Gertrudis para sus correligionarias.

Una última cosa: Laurita, vos que hiciste milagros por qué no desembobás a los que hoy desgobiernan a Venezuela. Mirá que no hay nada más pernicioso que un par de bobos envalentonados. Y sobre todo no nos dejes caer en la trampa y líbranos de la peste del nacionalismo, amén.

Eduardo Escobar

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