Y 'deshabanizar' las relaciones

Y 'deshabanizar' las relaciones

¿Seremos capaces de dar el viraje hacia la diplomacia moderna que requiere este continente?

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29 de agosto 2015 , 07:28 p.m.

Si la diplomacia de este gobierno se midiera por la solidaridad que hemos recibido ante la crisis humanitaria de nuestra frontera, se rajaría. Ninguno de los países de la región ha salido a apoyarnos. Hasta el momento de escribir esta columna, ni siquiera EE. UU., tan aliado, o los europeos, tan defensores de los derechos humanos, se han atrevido a hacer algún gesto en nuestro favor, desconcertados ante el confuso silencio continental. Por fortuna, en el frente interno hay un apoyo total al Presidente, de todos los ciudadanos y todos los partidos, para resistir la agresión de Maduro.

Se suponía que bajo este gobierno no habría más aislamiento. Que habíamos corregido las conflictivas relaciones exteriores heredadas del gobierno Uribe, en cuyo tono confrontacional algo contribuyó el propio Santos cuando denunciaba, con toda razón, las compras desaforadas de Chávez de armamento ruso.

Los colombianos agradecimos el cambio de tono. Los ánimos de los vecinos se moderaron, reabrimos el diálogo con Venezuela y Ecuador y Santos acertó con creces al patrocinar la creación de la Alianza para el Pacífico.

Pero paralelamente arrancó el proceso de paz con las Farc, y el Presidente, con poca capacidad de maniobra, encadenó nuestra suerte a los caprichos de Chávez y, luego, de Maduro. Nos resignamos a tolerar el refugio de las Farc en territorio venezolano, con tal de que ese gobierno propiciara los diálogos de La Habana. Hoy ni siquiera podemos quitarle a Maduro su papel como garante de la paz, como propone el expresidente Pastrana, por una razón elemental: ‘Timochenko’ vive en Venezuela.

Por eso nuestra diplomacia con Maduro es genuflexa: quedó atrapada cuando se tomó la decisión política de aguantarle todo tipo de abusos, desde los de la frontera hasta insultos recurrentes a un expresidente colombiano, sin que Santos o su Canciller previeran que tarde o temprano se nos devolvería. Un país que no protege la honra de sus exmandatarios, que representan su institucionalidad, menos puede hacer respetar a los ciudadanos de a pie, cargados de ollas, cabeceras de camas y colchones por entre las trochas y quebradas limítrofes.

Resultado: las relaciones internacionales de Colombia están totalmente ‘habanizadas’. Se limitan a “paz y pazarela”. Por ahí la Cancillería ha puesto a desfilar como trofeos a decenas de personajes al estilo de los presidentes Putin y Erdogan, sin los cuales, o con los cuales, el proceso de paz estaría tal cual.

Y encima, el Gobierno metió a la canciller Holguín a la mesa de negociación, sin que el país entendiera muy bien por qué la están distrayendo, entre otras funciones, de cuidar nuestras frágiles fronteras.

Esta semana entendimos. Según la politóloga Marcela Prieto, en Semana.com, el propósito de la Canciller es “hacer puntos como negociadora de paz, en un lobby para que la consideren candidata a la Secretaría General de la ONU”, donde apenas tardíamente se ha escuchado una vocecita lejana sobre la crisis humanitaria de la frontera, pero, qué casualidad, nuestra embajadora María Emma Mejía anda encabezando un movimiento para que dicha elección recaiga en una mujer.

Si de verdad existe la motivación burocrática de levantarse esa chanfaina en la ONU, será difícil que Colombia, inspirada por los motivos correctos, dé el viraje hacia la diplomacia moderna e innovadora que requieren todos los cambios que ha vivido este continente en 3 años que ya completamos negociando con las Farc. Venezuela está en los rines, económica y políticamente; la revolución bolivariana por fortuna echó reversa y ya no lidera en el Cono Sur; los precios del petróleo se desplomaron, así como los de los de la mayoría de productos básicos, que les han dado la voltereta a muchas economías latinoamericanas; varios de estos países se encuentran temblando por escándalos de corrupción a escala gubernamental, cuando no están, como en Ecuador, derruidos políticamente. EE. UU. está saliendo de su crisis económica y recupera en la última etapa de Obama su prestigio internacional. Quizás en su alianza con Cuba logre suplir la dependencia económica de la isla con Venezuela, que nos perjudica políticamente.

Ante todos esos fenómenos, es muy claro: el estilo de la diplomacia colombiana se nos quedó estrecho.

Entre tanto… esperamos como prueba una selfi del expresidente Samper con sus paramilitares.

MARÍA ISABEL RUEDA

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