Quién es Ashley Madison

Quién es Ashley Madison

Un grupo de hackers dejaron en claro que nada hay oculto bajo el sol de la red.

28 de agosto 2015 , 08:59 p. m.

No es una persona que está protagonizando el escándalo mundial del 2015, sino una página de internet que pone en contacto a las personas emparejadas que están a punto de ceder a cometer una infidelidad. Su eslogan lo dice todo: ‘La vida es corta. Ten un romance’. Y junto con su imagen principal, la de una mujer que tiene el índice sobre los labios como diciéndole a quien ha caído en la tentación “este será nuestro secreto”, ha conseguido que en un poco más de una década cerca de 40 millones de infieles de 53 países del mundo llenen sus formularios con el corazón en la mano –y de paso dejaran su nombre, su correo electrónico, su dirección– en busca de una relación de aquellas. El problema es que, desde hace un mes, un grupo de hackers presuntamente monógamos han conseguido tener acceso a los datos de todos estos tentados. Y los han publicado en internet sin ninguna clase de recato para dejar en claro que nada hay oculto bajo el sol de la red.

El caso de AshleyMadison.com, como ya se conoce este cisma que ha llevado al suicidio a un par de infieles descubiertos, ha destapado una vez más la dificultad humana para resignarse a las glorias y las miserias de la vida en pareja, y ha puesto a los psicólogos afectos a los medios a interpretar el fenómeno como una derrota de la monogamia. Y prueba sobre todo –más allá de la opinión de cada cual y de la moral de cada quién– que ninguna página de internet es invencible. Puede el lector despreciar, como a una alcahueta, como a una celestina, la página web en cuestión. Pero también tendrá que tener claro que lo que han hecho aquellos hackers ‘restauradores de la moral’, más fundamentalistas que libertarios, es un acto criminal. Circula por las redes, en estos precisos momentos, la lista completa de los infieles. Se busca ponerlos en evidencia. Estigmatizarlos.

Pero no solo se está consiguiendo que tengan que darles la cara a sus familias, sino que se les está exponiendo a todos los peligros que pueden experimentar quienes se encuentran en las manos de los extraños. No se trata de defender la infidelidad, sino de proteger la intimidad.


editorial@eltiempo.com

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