Editorial: Un desafío a la humanidad

Editorial: Un desafío a la humanidad

Europa luce sin respuestas ante el fenómeno de migración y sin consenso solucionar esta grave crisis

28 de agosto 2015 , 08:45 p. m.

Los policías austriacos difícilmente podrán olvidar la imagen. Cuando abrieron las puertas de un camión de refrigeración estacionado en una de las áreas de descanso típicas de las carreteras europeas, se estremecieron con lo que vieron: 71 cuerpos de inmigrantes, probablemente sirios, que murieron asfixiados. Entre ellos había varias mujeres y niños, y en principio se contabilizaron solo 51, dado el estado de descomposición en el que estaban.

Ese es el nuevo escenario al que se enfrenta Europa. Si antes los muertos de la inmigración se producían por miles en el mar Mediterráneo, ahora los han tenido que empezar a contar en tierra, sobre sus propias carreteras, como resultado de una nueva vía que las mafias de traficantes de personas han abierto a través de Grecia y Macedonia, para luego subir a Serbia y quedar a un paso de Hungría, el país que les sirve de puerta y etapa de tránsito hacia las naciones más desarrolladas de la UE, como Alemania e incluso Suecia.

La razón es que en estos dos países tienen más posibilidades de que sea aceptada su solicitud de asilo. Hay tanto convencimiento en esto que casi 200.000 personas, no solo de Siria, sino también de Libia, Afganistán y Pakistán, han seguido esta ruta en lo que va corrido del año. Berlín, por ejemplo, solo ha expulsado a 131 de los casi 50.000 sirios que han llegado en el primer semestre del año.

Las cifras son desgarradoras. Según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), 340.000 inmigrantes han conseguido llegar a Europa en los primeros siete meses de este año, contra 123.500 en el mismo periodo del 2014. En el camino han quedado muertas unas 2.300 personas, solo en el Mediterráneo.

Lo peor es que la Europa del alto sentido humanitario, de la solidaridad, de los derechos, parece no encontrar respuestas ante semejante fenómeno, que ha desbordado sus posibilidades de maniobra y que ya califican como la peor crisis migratoria después de la Segunda Guerra Mundial. Y también parecen estar muy divididos sobre qué se puede hacer. Por una parte, los países del sur, como Italia y Grecia, hace tiempo agotaron sus posibilidades para darles acogida a los inmigrantes. Otros, como Hungría, dirigido por un gobierno de derecha, levantan alambradas y vallas para aislarse del fenómeno e incluso tramitan proyectos de ley para castigar con cárcel a los indocumentados. Otros creen que la solución pasa por la militarización de las fronteras.

Se habla de que una salida puede ser asignar cupos para que cada país acoja un número equitativo de inmigrantes, pero los países más pobres de la Unión se quejan, pues dicen no estar en capacidad de comprometerse en tamaño desafío. En el fondo, existe el temor de que cualquier acogida que se haga de esta oleada de inmigrantes sea interpretada como una invitación a que otros miles sigan llegando.

Mientras los países se tiran la pelota y se echan culpas mutuas, la crisis continúa y las noticias sobre hallazgo de nuevos muertos sacuden la conciencia de los europeos, muchos de los cuales no olvidan que en épocas aciagas de su historia fueron lanzados a buscar mejor vida en otras tierras. Como ahora lo hacen los sirios, libios, afganos y demás que, por la guerra que golpea a sus países y la desastrosa situación económica, creen que en cumplir el sueño europeo está la diferencia entre vivir o morir.


editorial@eltiempo.com

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