'La tierra y la sombra'

'La tierra y la sombra'

Hay que ver la película. Y al final pensar macondianamente: paraíso de mierda el que nos tocó vivir.

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28 de agosto 2015 , 07:57 p.m.

Lo primero que se me vino a la memoria después de ver La tierra y la sombra fue El coronel no tiene quien le escriba, y es la idea de que en Colombia muchos desarraigados esperan algo que nunca llegará. Un Estado inválido o inexistente, en ambos casos. Y ya en la forma artística, es la escenificación de un drama íntimo que nos araña la conciencia. Una narrativa, en este caso visual, que nos lleva de la mente estupefactos y recuerda al Bergman de los complejos espacios interiores.

Esta película de César Augusto Acevedo, que fue la mejor ópera prima del Festival de Cannes, sorprende por el virtuosismo de internarse en profundidad en las cosas sencillas. A pesar de su aparente lentitud, de sus pocos personajes, de sus espacios limitados, nos atrapa, y sentimos la impotencia de transformar la realidad. Una historia sencilla, anónima, que, como las tragedias griegas, toca un tema universal: el hombre y la pobreza; aquí, con la metáfora de la tierra y la sombra inmensa que da uno de esos samanes viejos que ilustran nuestros campos en medio de un desierto espiritual y material que termina casi asfixiándonos. Aquí la violencia no son las armas de los ejércitos invisibles de nuestro día a día, sino la historia de una familia que ve cómo los cañaduzales los van cercando, destruyendo su entorno, distanciándolos en una sórdida sobrevivencia que pende de un hilo a punto de romperse. Una violencia de tipo psicológico. El padre que regresa, el hijo enfermo, pues el humo de las quemas de la caña le ha dañado los pulmones; la inocencia del nieto; la madre, dura como un riel, y la nuera, trabajando para sostener lo que se desgajó hace tiempos. Un ciclo que cierran la madre y el padre, en una actuación sobria y brillante.

Nos vemos reflejados en un espejo que no desfigura la realidad, sino que la acentúa a través de la ficción. Sin acudir al panfleto, Acevedo expresa el dolor con una transparencia insólita. Cómo olvidar la tormenta de tierra que producen los camiones que recogen la caña, o el sueño del padre que ve un caballo en la sala de la casa y le abre la puerta para liberar el sufrimiento. Hay que verla –no por el lugar común de la pobreza, sino por la resolución dramática y una narrativa donde los silencios conmueven más que las palabras–. Y al final pensamos macondianamente: paraíso de mierda el que nos tocó vivir.

Alfonso Carvajal

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